El problema no empieza únicamente al superar cierta cantidad de horas
Cuando terminan las clases, desaparecen buena parte de las obligaciones que estructuraban la jornada. Los niños se levantan más tarde, pasan más tiempo en casa y encuentran en el móvil, la consola o la televisión una fuente inmediata de entretenimiento.
La Universidad Católica San Antonio de Murcia sostiene que el consumo de dispositivos entre niños y adolescentes puede aumentar más de un 30 % durante el verano. Sin embargo, su publicación no identifica los estudios utilizados para obtener esa cifra, por lo que no debe interpretarse como un incremento idéntico en todas las familias.
El verdadero problema no es que un menor utilice más las pantallas durante las vacaciones, sino que estas terminen desplazando el sueño, el juego, la actividad física, las relaciones familiares y otras actividades que antes disfrutaba.
Las recomendaciones ya no se reducen a contar minutos
Durante años, buena parte de los consejos se concentraron en establecer una cantidad máxima diaria. Las orientaciones actuales son más complejas y no siempre coinciden entre organizaciones.
La Asociación Española de Pediatría mantiene una posición especialmente restrictiva: recomienda evitar las pantallas hasta los seis años y limitar su uso recreativo a aproximadamente una hora diaria entre los seis y los doce. También destaca la relación entre los hábitos digitales de los padres y los de sus hijos.
La Academia Estadounidense de Pediatría actualizó sus recomendaciones en 2026 y propone mirar más allá del cronómetro. Para valorar el uso digital considera la edad, el contenido, el contexto, las características del menor y aquello que la pantalla está desplazando. Un video educativo visto con un adulto no tiene el mismo impacto que varias horas de reproducción automática antes de dormir.

Mantener la rutina no significa reproducir el horario escolar
Durante las vacaciones es razonable acostarse algo más tarde y permitir mayor flexibilidad. Mantener una rutina significa conservar algunos puntos estables: horarios relativamente previsibles para dormir y comer, momentos sin dispositivos y actividades fuera de casa.
Uno de los límites mejor respaldados consiste en apagar las pantallas al menos una hora antes de acostarse y dejar teléfonos, tabletas y consolas fuera del dormitorio. La luz, las notificaciones y el propio contenido pueden retrasar el sueño, mientras que tener el dispositivo al alcance facilita continuar utilizándolo de madrugada.
También resulta útil acordar previamente cuándo se podrá jugar o mirar videos. Una regla estable suele generar menos conflictos que retirar el dispositivo de manera inesperada cuando el adulto considera que ya fue suficiente.
El enfado al apagar la consola no siempre es abstinencia
Un niño puede protestar, mostrarse aburrido o irritarse cuando termina una actividad muy placentera. Estas reacciones no demuestran automáticamente una adicción ni un síndrome de abstinencia.
Carlos Valls, investigador de la UCAM, sostiene que en la mayoría de los casos se trata de frustración ante la pérdida de una recompensa inmediata. El aburrimiento posterior tampoco debe resolverse entregando rápidamente otra pantalla: puede convertirse en el punto de partida para inventar juegos, dibujar, leer o buscar una actividad diferente.
La señal de alarma aparece cuando el uso interfiere de forma sostenida con el descanso, las responsabilidades, los vínculos sociales o las aficiones. También merece atención que el menor pierda interés por planes que antes disfrutaba o que sea incapaz de interrumpir el dispositivo sin conflictos intensos y repetidos.

Las reglas funcionan mejor cuando incluyen a los adultos
Pactar horarios con niños mayores y adolescentes puede ser más efectivo que imponer prohibiciones repentinas. El acuerdo puede definir los momentos de uso, los espacios libres de dispositivos y qué debe ocurrir antes: ordenar, comer, salir, realizar alguna tarea o compartir tiempo en familia.
Pero ninguna estrategia resulta demasiado convincente cuando los adultos consultan constantemente el teléfono durante las comidas o responden mensajes mientras exigen que los menores se desconecten. La Academia Estadounidense de Pediatría insiste en que el plan digital debe involucrar a toda la familia y que los padres funcionan como modelos de comportamiento.
Las vacaciones no necesitan convertirse en una etapa sin pantallas. El objetivo es impedir que la ausencia de clases deje un vacío ocupado exclusivamente por algoritmos, videojuegos y videos infinitos. Mantener ciertas rutinas, negociar límites y ofrecer alternativas permite que la tecnología forme parte del verano sin convertirse en su única actividad.