Cuando siete alces salieron de un remolque en Kentucky el 17 de diciembre de 1997, el estado llevaba más de un siglo sin una población salvaje. La caza sin regulación y la transformación del territorio habían eliminado a los últimos ejemplares locales hacia mediados del siglo XIX.
Aquella primera liberación fue solo el comienzo. Entre 1997 y 2002, el Departamento de Pesca y Vida Silvestre de Kentucky trasladó 1.541 animales procedentes de Utah, Kansas, Oregon, Dakota del Norte, Arizona y Nuevo México.
La diversidad de orígenes ayudó a evitar que la nueva población dependiera de un grupo genético demasiado reducido. También permitió iniciar el programa con suficientes individuos para soportar enfermedades, mortalidad y las inevitables pérdidas de sus primeros años.
El experimento funcionó mucho mejor de lo previsto. Según el último informe oficial disponible, Kentucky mantiene actualmente más de 10.000 alces en libertad y posee la población más numerosa al este del río Mississippi. Algunas organizaciones han publicado estimaciones superiores, pero los dos modelos utilizados por el estado respaldan la cifra más prudente de “más de 10.000”.
Las minas dejaron un paisaje que los alces podían aprovechar

El sudeste de Kentucky está dominado por bosques, pendientes pronunciadas y valles estrechos. Es un entorno capaz de ofrecer protección, pero no siempre proporciona las grandes extensiones de hierbas y plantas bajas que necesitan los alces.
La minería superficial cambió esa geometría. Después de retirar cimas y extraer carbón, muchas compañías estabilizaron los terrenos creando mesetas de pendientes suaves cubiertas con gramíneas, tréboles y arbustos. El resultado no fue la restauración del bosque original, sino un mosaico completamente nuevo de zonas abiertas junto a fragmentos forestales.
Para los alces, la combinación resultó especialmente favorable. Los pastizales ofrecían alimento y los bosques cercanos proporcionaban sombra, refugio y cobertura para las crías.

Las investigaciones más recientes confirman que los animales seleccionan con fuerza las antiguas minas recuperadas. Las hembras también prefieren para parir terrenos menos accidentados, una cobertura arbórea intermedia y paisajes con numerosos límites entre bosque y zonas abiertas.
Eso no convierte a la minería en una actividad beneficiosa para la naturaleza. Esos espacios contienen especies vegetales invasoras, suelos alterados y una biodiversidad diferente de la que existía antes de la extracción. Los pastos sembrados inicialmente también pierden calidad conforme envejecen y son sustituidos por plantas menos nutritivas.
El éxito depende, por tanto, de mantener zonas abiertas mediante quemas controladas, plantaciones, eliminación de invasoras y otras actuaciones. Sin esa gestión, los terrenos evolucionan y dejan de ofrecer el mismo alimento.
De recibir alces a enviarlos por todo el país

La población creció tan deprisa que Kentucky autorizó una caza controlada en 2001, cuando todavía continuaban las liberaciones. Aquella primera temporada ofreció únicamente doce permisos. En 2024 se concedieron 500.
La caza forma parte del sistema de gestión: limita la densidad en determinadas zonas, reduce conflictos con carreteras y explotaciones agrícolas y genera fondos para conservar el hábitat. El impacto económico asociado específicamente a la caza del alce supera los 3,5 millones de dólares anuales, según el departamento estatal.
El cambio más llamativo llegó cuando Kentucky dejó de necesitar animales y se convirtió en proveedor. Durante una década capturó y envió 322 alces a Missouri, Virginia y Wisconsin. El programa finalizó en 2019, pero permitió crear nuevas poblaciones y reforzar otras que necesitaban mayor diversidad genética.
Solo Wisconsin recibió 164 ejemplares en varias operaciones realizadas entre 2015 y 2019. Virginia utilizó otros 75 animales de Kentucky para acelerar la formación de su propia manada.
El proyecto recibió en 2023 el premio de restauración de The Wildlife Society. No porque una mina abandonada se transforme automáticamente en naturaleza, sino porque los gestores supieron aprovechar un paisaje profundamente alterado, combinarlo con los bosques supervivientes y mantenerlo durante décadas.
Kentucky comenzó intentando recuperar una especie perdida. Veinticinco años después, tenía suficientes alces para empezar a devolverlos al resto del país.