En el México antiguo existía la creencia de que la muerte no terminaba cuando una persona dejaba de respirar. Para muchos difuntos, apenas comenzaba un viaje hacia un lugar al que ningún ser vivo podía llegar fácilmente. Había que atravesar territorios peligrosos, superar obstáculos y encontrar el camino hacia las profundidades del inframundo. Pero los mexicas, el pueblo que encabezó el Imperio azteca, creían que algunos muertos no tenían que enfrentarse solos a ese recorrido. Un perro podía acompañarlos.
No se trataba de una criatura imaginaria. Era un animal de piel oscura, grandes orejas y una apariencia tan particular que todavía hoy llama la atención: el xoloitzcuintle, conocido popularmente como el perro mexicano sin pelo. Su historia combina mitología, descubrimientos arqueológicos y una particularidad genética. Y siglos después, esa misma leyenda acabaría inspirando a uno de los personajes más entrañables del cine de animación.
El perro que, según los aztecas, conocía el camino hacia el mundo de los muertos

Para los mexicas, el destino después de la muerte dependía de las circunstancias en que una persona había fallecido. Quienes debían llegar al Mictlán, el inframundo, afrontaban un largo recorrido que tradicionalmente se describía mediante nueve niveles. Entre sus desafíos aparecía el cruce de un río que separaba al difunto de las siguientes etapas de su viaje. Allí entraba en escena el perro, capaz de ayudarlo a atravesar aquellas aguas.
La creencia era tan importante que, en determinados contextos funerarios, se colocaban perros u ofrendas relacionadas con ellos junto a los fallecidos. El Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH) documenta esta práctica y explica que los xoloitzcuintles podían representar a los acompañantes del difunto hacia el Mictlán. Su papel estaba vinculado con Xólotl, una divinidad asociada con la transformación, la noche y el mundo de los muertos, representada en ocasiones con rasgos caninos.
La relación no significaba que todos los difuntos fueran enterrados con un xoloitzcuintle. Las costumbres variaban según las comunidades, las épocas y las circunstancias de cada muerte. Pero la imagen del perro como guía espiritual quedó profundamente arraigada en las tradiciones mesoamericanas.
La ciencia descubrió que su extraña apariencia también esconde una historia

Más allá de su significado espiritual, el xoloitzcuintle presenta características biológicas poco habituales. Muchos ejemplares carecen casi completamente de pelo y también pueden tener menos dientes que otros perros. Esto se debe a una variante del gen FOXI3, relacionada con el desarrollo del pelo y de determinadas estructuras dentales. No todos los xoloitzcuintles nacen sin pelo: también existe una variedad con pelaje.
Un estudio publicado en 2018 en Journal of Archaeological Science examinó restos de ocho perros antiguos encontrados en Tizayuca, México. Los investigadores identificaron alteraciones dentales compatibles con las que presentan los xoloitzcuintles actuales y estudiaron su ADN mitocondrial. Encontraron conexiones genéticas con perros sin pelo modernos, aunque no consiguieron identificar directamente la variante responsable de esa característica en los restos arqueológicos.
El hallazgo aporta pistas sobre la presencia histórica de estos animales, pero no permite afirmar que los xoloitzcuintles actuales sean genéticamente idénticos a los perros venerados por los mexicas hace siglos.
El perro de Coco no fue elegido por casualidad: Dante es un xoloitzcuintle y su historia esconde una leyenda milenaria

En 2017, millones de espectadores conocieron a un perro desgarbado, de lengua colgante y aspecto algo extravagante que acompañaba a Miguel en su aventura por el mundo de los muertos. Su nombre era Dante y, aunque muchos lo recuerdan como el personaje cómico de Coco, su presencia escondía una referencia mucho más antigua.
Dante es un xoloitzcuintle. Y su papel en la historia recupera precisamente la función que las culturas mesoamericanas atribuían a estos perros. Durante la película, el animal acompaña a Miguel cuando cruza la frontera entre ambos mundos. Más adelante, se revela su verdadera naturaleza como guía espiritual, representado mediante la colorida estética de los alebrijes.
La propia Pixar confirma en su descripción oficial de los personajes que Dante pertenece a esta raza mexicana. Incluso su lengua permanentemente fuera de la boca tiene una explicación relacionada con las particularidades dentales de los xoloitzcuintles.
La película no reproduce literalmente las creencias mexicas: combina elementos de diferentes tradiciones mexicanas con una historia de ficción. Sin embargo, conserva una idea central de aquella antigua cosmovisión: la posibilidad de que un perro fiel acompañe a una persona más allá de la muerte. Y esa conexión sigue presente en México.
Durante las celebraciones del Día de Muertos, la figura del xoloitzcuintle continúa apareciendo en actividades culturales, representaciones artísticas y homenajes a las tradiciones prehispánicas. El INAH ha documentado celebraciones dedicadas a este simbolismo, como las organizadas en Colima para explicar el papel de los perros en el tránsito hacia el Mictlán.
Han transcurrido siglos desde que los mexicas imaginaron aquel largo viaje por el inframundo. Hoy conocemos mucho mejor la genética de estos animales y sabemos que las historias sobre su capacidad para guiar a los muertos pertenecen al terreno de la mitología. Pero el xoloitzcuintle sigue representando algo que trasciende la ciencia y las leyendas. Para quienes crearon aquellas historias, la compañía de un perro no tenía por qué terminar con la vida. Y quizá por eso, tantos siglos después, su figura sigue despertando fascinación.