Hace aproximadamente 176.500 años, un grupo de neandertales se internó en una cueva del actual suroeste de Francia. Avanzaron cientos de metros bajo tierra, llegaron a una cámara alejada de la superficie y comenzaron a romper estalagmitas. Con sus fragmentos construyeron varias estructuras circulares cuya finalidad continúa siendo un misterio.
El escenario es la cueva de Bruniquel, uno de los yacimientos más extraordinarios para comprender las capacidades de nuestros parientes evolutivos. Sus construcciones eran conocidas desde hace décadas, pero existía una pregunta fundamental: ¿cómo habían conseguido llegar hasta allí?
Una investigación publicada en 2026 en Quaternary Science Reviews ha reconstruido digitalmente la entrada original de la cueva. Y sus resultados añaden una dificultad considerable a aquella expedición prehistórica: los neandertales tuvieron que adentrarse en la oscuridad prácticamente desde el comienzo de su recorrido.
Una construcción de 176.500 años escondida a 336 metros de la entrada

La cueva de Bruniquel fue descubierta por espeleólogos en 1990. En su interior aparecieron dos grandes estructuras anulares y varias acumulaciones menores construidas con aproximadamente 400 fragmentos de estalagmitas, conocidos como espeleofactos.
Las piezas no estaban distribuidas aleatoriamente. Habían sido seleccionadas, fragmentadas y colocadas deliberadamente, algunas apiladas en varios niveles y otras utilizadas como elementos de soporte. En 2016, un estudio publicado en Nature estableció mediante dataciones de uranio que las construcciones tenían unos 176.500 años, con un margen de incertidumbre de 2.100 años. Esto situó su fabricación mucho antes de la llegada de Homo sapiens a Europa.
Los investigadores también encontraron evidencias de fuego en distintos sectores, incluidos fragmentos de huesos quemados y alteraciones térmicas de las formaciones minerales. Pero había un detalle particularmente intrigante: las estructuras se encontraban a 336 metros del acceso conocido, en una región donde no llegaba la luz solar. Su construcción requería iluminación artificial y una organización considerable.
Los científicos reconstruyeron una entrada desaparecida hace más de 140.000 años

Hasta ahora, los arqueólogos estudiaban una cueva cuyo acceso original había desaparecido. La abertura utilizada actualmente fue despejada artificialmente en 1990, atravesando sedimentos y materiales acumulados durante miles de años. Para descubrir cómo era en tiempos neandertales, un equipo liderado por Kim Génuite, de la Universidad de Burdeos, combinó escaneos láser tridimensionales, cartografía geológica, tomografía eléctrica del subsuelo y dataciones de uranio.
Según el estudio original publicado en Quaternary Science Reviews, la entrada antigua tendría aproximadamente diez metros de ancho y unos dos de altura. Su orientación era hacia el noroeste y su tamaño limitaba considerablemente la penetración de luz natural.
La reconstrucción también permitió establecer que la entrada quedó completamente bloqueada por derrumbes y sedimentos hace al menos unos 143.000 años. El resultado cambia nuestra interpretación del recorrido. Los neandertales no accedían a una gran cavidad iluminada que se oscurecía progresivamente. Desde los primeros metros necesitaban afrontar un ambiente con escasa visibilidad.
La oscuridad de Bruniquel revela otra dimensión de la inteligencia neandertal
La nueva reconstrucción no demuestra exactamente qué instrumentos utilizaron los neandertales para iluminarse. Tampoco permite determinar si emplearon antorchas, lámparas primitivas u otros métodos de combustión. Sin embargo, la falta de luz natural hace evidente que necesitaron alguna solución artificial para recorrer la cueva y desarrollar allí sus actividades.
La investigación, presentada también por el Departamento de Ciencias Arqueológicas de la Universidad de Burdeos, indica que el recorrido más probable atravesaba el sector norte de la antigua entrada.
La capacidad para explorar un entorno subterráneo, desplazarse sin luz natural y construir estructuras utilizando grandes cantidades de material revela comportamientos complejos. Implica, como mínimo, habilidades prácticas para orientarse, controlar fuentes de iluminación y organizar actividades en un espacio poco accesible. Lo que todavía no sabemos es por qué eligieron aquel lugar. Las construcciones pudieron tener funciones sociales, prácticas o simbólicas, pero ninguna interpretación cuenta con pruebas suficientes para establecerla definitivamente.
Bruniquel demuestra que los neandertales fueron capaces de desarrollar actividades organizadas en las profundidades de una cueva hace más de 176.000 años. La nueva reconstrucción añade una pieza fundamental: ahora comprendemos mejor las dificultades físicas que tuvieron que superar para conseguirlo.