Durante años, la lógica parecía bastante simple: si un cohete puede llevar más carga en cada lanzamiento, el coste por kilogramo debería bajar. Esa idea explica buena parte de la carrera actual por construir vehículos gigantes capaces de transportar decenas o incluso cientos de toneladas a la órbita terrestre baja. SpaceX lo intenta con Starship, Blue Origin con New Glenn, la NASA con el SLS y China con sus futuros Long March 9 y 10.
Pero un nuevo informe de The Aerospace Corporation introduce una duda importante. Según el análisis, los cohetes superpesados pueden ofrecer ventajas claras, pero también pueden llegar a un punto en el que su tamaño empiece a jugar en contra. La razón es sencilla: a mayor escala, también aumentan la complejidad, los tiempos de preparación, los costes de infraestructura y los problemas operativos.

Más capacidad no siempre significa mejor negocio
The Aerospace Corporation define como cohetes de carga superpesada a aquellos capaces de llevar más de 50 toneladas métricas a la órbita terrestre baja. Bajo esa categoría entran vehículos como Falcon Heavy y el Space Launch System de la NASA, además de sistemas en desarrollo como Starship, New Glenn y los grandes lanzadores chinos.
El problema aparece cuando la capacidad máxima no se aprovecha. Un cohete enorme puede parecer muy eficiente sobre el papel, pero si despega medio vacío o con cargas que no necesitan tanto volumen, la cuenta cambia. El informe plantea que, pasada cierta escala, el coste por kilogramo puede dejar de bajar y empezar a subir, porque los gastos adicionales superan las ventajas de cargar más masa en cada misión.
El paralelismo que usa el informe es el Airbus A380. El avión fue una proeza técnica, pero nunca terminó de funcionar como gran negocio porque las aerolíneas encontraron más rentable operar aviones más pequeños, flexibles y eficientes. Con los cohetes podría pasar algo parecido: no alcanza con poder llevar muchísimo peso, también hace falta que exista una demanda constante para llenar cada lanzamiento.
Starship the largest and most rocket ever built. pic.twitter.com/rqyqVAxYCd
— Tesla Owners Silicon Valley (@teslaownersSV) January 12, 2025
La gran pregunta es si habrá suficientes cargas gigantes
Hoy, el caso más llamativo es Starship. SpaceX presenta su sistema Starship y Super Heavy con 124 metros de altura, lo que lo convierte en el cohete más grande de su generación. Por su parte, el SLS de la NASA, usado para las misiones Artemis, mide 322 pies, unos 98 metros, y sigue siendo uno de los lanzadores operativos más potentes del mundo.
La cuestión es que el mercado todavía no ha demostrado necesitar tantos cohetes gigantes. Falcon Heavy debutó en 2018 y, hasta ahora, ha volado muchas menos veces que Falcon 9, el caballo de batalla de SpaceX. El informe no dice que Falcon Heavy sea un fracaso, pero sí lo usa como señal de advertencia: si un cohete ya probado y capaz de mover grandes cargas no tuvo una cadencia enorme, conviene preguntarse cuánta demanda real habrá para vehículos todavía más grandes.
Eso no significa que los cohetes superpesados no tengan futuro. Al contrario, podrían ser imprescindibles para desplegar megaconstelaciones de satélites, construir infraestructuras orbitales, lanzar estaciones comerciales, transportar módulos lunares o incluso enviar grandes cargas hacia Marte. El punto es que esos mercados todavía están madurando, y algunos, como los centros de datos orbitales o la fabricación industrial en el espacio, siguen siendo más promesa que negocio consolidado.
La advertencia de fondo es bastante clara: la industria espacial no debería medir el éxito solo por el tamaño del cohete. Un vehículo gigante puede ser una maravilla de ingeniería y, aun así, no encontrar suficientes clientes para justificar sus costes. En el espacio, como en la aviación, ser el más grande no siempre garantiza ser el más rentable.