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Ciencia

Los extraterrestres realmente podrían existir… pero los expertos revelan que hay tres motivos que impiden que lleguen hasta nosotros

La posibilidad de vida más allá de nuestro planeta sigue fascinando a millones de personas, pero la ciencia plantea obstáculos tan enormes que las visitas extraterrestres podrían ser mucho menos probables de lo que imaginamos.
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La idea de que una civilización alienígena haya llegado hasta la Tierra ha dejado de ser un tema exclusivo de la ciencia ficción. La desclasificación de documentos relacionados con fenómenos aéreos no identificados y el renovado interés por los ovnis han alimentado el debate en todo el mundo. Sin embargo, una especialista en astrobiología sostiene que, aunque la existencia de vida extraterrestre es perfectamente posible, eso no significa que esos seres hayan puesto un pie en nuestro planeta. La explicación no se basa en conspiraciones, sino en tres enormes barreras impuestas por las leyes de la física y la biología.

Las distancias del universo convierten cualquier viaje en una hazaña casi imposible

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© NASA.

El primer gran problema para cualquier civilización que quisiera visitar la Tierra es la inmensidad del universo. Las estrellas están separadas por distancias difíciles de imaginar incluso para los astrónomos.

El sistema estelar más cercano al Sol es Próxima Centauri, ubicado a unos 4,3 años luz. Traducido a cifras más familiares, eso equivale a cerca de 40 billones de kilómetros. Aunque parezca una distancia alcanzable en términos astronómicos, para la tecnología actual representa un trayecto prácticamente imposible.

La sonda Parker Solar Probe, una de las naves más veloces construidas por la humanidad, alcanza aproximadamente 191 kilómetros por segundo. Aun así, esa velocidad apenas representa una fracción diminuta de la velocidad de la luz. Manteniendo ese ritmo constante, un viaje hasta Próxima Centauri tomaría alrededor de 6.650 años.

La astrobióloga Carol Oliver, autora de un análisis publicado en The Conversation, plantea incluso un escenario mucho más optimista: una civilización capaz de viajar cerca de la velocidad de la luz. Sin embargo, ese supuesto tampoco resuelve el problema.

Según la teoría de la relatividad de Albert Einstein, cuando un objeto se mueve a velocidades extremadamente altas aparece el fenómeno conocido como dilatación temporal. En otras palabras, el tiempo transcurre más lentamente para quienes viajan que para quienes permanecen inmóviles.

Un ejemplo real ocurrió con el astronauta Scott Kelly, quien pasó un año en la Estación Espacial Internacional. Al regresar, era apenas unos milisegundos más joven que su hermano gemelo debido a este efecto relativista.

En un hipotético viaje interestelar, la diferencia sería muchísimo mayor. Una tripulación podría regresar a su planeta y descubrir que allí han pasado décadas o incluso siglos. Para cualquier sociedad avanzada, emprender una expedición de ese tipo significaría aceptar un costo temporal enorme, convirtiendo a los viajeros en auténticos desplazados del tiempo.

La energía necesaria para cruzar el espacio supera cualquier referencia conocida

La segunda dificultad es todavía más contundente: la cantidad de energía necesaria para mover una nave a velocidades cercanas a la de la luz.

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© ESA.

Las leyes de la física establecen que cuanto más rápido viaja un objeto, mayor energía necesita para seguir acelerando. Esa demanda energética aumenta de forma desproporcionada hasta el punto de que alcanzar exactamente la velocidad de la luz requeriría una cantidad infinita de energía, algo considerado imposible según el conocimiento científico actual.

Pero incluso dejando de lado ese límite, existe otro problema menos conocido. Aunque solemos imaginar el espacio como un vacío absoluto, en realidad contiene pequeñas cantidades de hidrógeno y otras partículas dispersas.

Para una nave convencional esas partículas apenas representan un inconveniente. Sin embargo, al desplazarse a velocidades relativistas podrían convertirse en proyectiles extremadamente energéticos capaces de generar radiación intensa, deteriorar los sistemas electrónicos e incluso erosionar la estructura de la nave.

Existen propuestas teóricas para viajar más rápido que la luz mediante conceptos como motores de curvatura o deformaciones del espacio-tiempo. No obstante, estas ideas permanecen muy lejos de convertirse en tecnologías viables y también implican requerimientos energéticos extraordinarios.

Oliver añade además un argumento práctico. Si una civilización dispone del conocimiento y los recursos para realizar semejante inversión tecnológica, resulta razonable pensar que también habría aprendido a producir en su propio planeta casi todos los materiales y recursos que pudiera encontrar en la Tierra. Desde esa perspectiva, el incentivo para realizar una expedición tan costosa sería sorprendentemente pequeño.

Incluso si llegaran, la Tierra podría ser un lugar peligroso para ellos

El tercer obstáculo tiene que ver con la propia biología terrestre.

Toda la vida del planeta evolucionó junto con su entorno durante miles de millones de años. La composición de la atmósfera actual es consecuencia de un proceso extremadamente largo impulsado por organismos como las cianobacterias, responsables de liberar grandes cantidades de oxígeno hace unos 2.400 millones de años.

Para los seres humanos, ese oxígeno resulta indispensable. Sin embargo, para organismos que evolucionaron bajo condiciones completamente distintas podría convertirse en un elemento altamente tóxico.

Su elevada reactividad química podría dañar procesos biológicos incompatibles con la química terrestre. Lo que para nosotros representa la base de la vida, para otra especie podría actuar como un potente agente corrosivo o incluso como un veneno.

Es cierto que una civilización suficientemente avanzada podría utilizar trajes de protección, del mismo modo que los astronautas necesitan equipos especiales para sobrevivir en la Luna o Marte. Sin embargo, muchas de las historias populares sobre supuestos visitantes extraterrestres describen seres que caminan libremente por la Tierra sin ningún tipo de protección ambiental, un detalle que difícilmente encaja con lo que sabemos sobre biología y evolución.

Todo esto, sin embargo, no significa que estemos solos en el universo. Los astrónomos ya han confirmado la existencia de unos 6.200 exoplanetas distribuidos en más de 4.700 sistemas estelares, mientras que se estima que la Vía Láctea alberga más de 100.000 millones de estrellas, muchas de ellas acompañadas por planetas.

Además de buscar mundos lejanos, la ciencia también continúa explorando nuestro propio vecindario cósmico. Marte, Europa (la luna de Júpiter), así como Encélado y Titán, satélites de Saturno, siguen siendo algunos de los lugares más prometedores donde podría existir o haber existido vida microscópica.

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