Hubo una época en la que muchos niños salían de casa después de desayunar y regresaban cuando empezaba a oscurecer. Andaban en bicicleta sin que nadie pudiera rastrear su ubicación, inventaban juegos para combatir el aburrimiento y resolvían discusiones con sus amigos sin llamar inmediatamente a sus padres. Para quienes crecieron durante los años 60 y 70, esas experiencias eran parte de una infancia relativamente cotidiana.
Hoy, esa libertad puede parecer impensable. Los teléfonos permiten conocer la ubicación de los hijos, las actividades están cada vez más organizadas y muchos adultos intervienen rápidamente para evitar frustraciones o pequeños riesgos. Pero la psicología está encontrando algo interesante en ese cambio: determinadas experiencias de autonomía parecen desempeñar un papel importante en el desarrollo de la regulación emocional. La pregunta ya no es si antes se criaba mejor, sino qué oportunidades de aprendizaje podrían estar perdiéndose.
La sobreprotección puede tener consecuencias que aparecen años después

Un metaanálisis publicado en Development and Psychopathology reunió 52 artículos científicos para estudiar las relaciones entre la crianza excesivamente controladora y distintos indicadores de salud mental.
Los investigadores Qi Zhang, de la Universidad de Wisconsin-Madison, y Wongeun Ji, de la Universidad Global de Handong, encontraron asociaciones pequeñas pero estadísticamente significativas entre la sobreprotección parental y síntomas de ansiedad, depresión y malestar emocional.
La mayoría de las personas estudiadas tenían alrededor de 20 años, por lo que los resultados describen principalmente experiencias de adolescentes mayores y adultos jóvenes. Sin embargo, los autores advierten que la investigación no demuestra que la sobreprotección provoque directamente esos problemas. La relación podría funcionar en ambas direcciones: los padres pueden intervenir más porque sus hijos muestran ansiedad, y esa intervención también podría reducir sus oportunidades de ganar autonomía.
Lo importante es distinguir entre acompañar y controlar. Un adulto que ofrece seguridad y orientación no actúa necesariamente de forma sobreprotectora. La diferencia aparece cuando interviene incluso en situaciones que los niños podrían gestionar por sí mismos.
Jugar sin instrucciones podría enseñar algo que las clases no pueden reemplazar

La autorregulación emocional consiste en reconocer lo que sentimos y gestionar nuestras respuestas ante la frustración, el miedo o los desacuerdos. No es una capacidad que aparezca completamente formada: se desarrolla mediante experiencias repetidas.
Un estudio longitudinal publicado en Early Childhood Research Quarterly analizó información de 2.213 niños australianos para investigar la relación entre el juego libre y estas habilidades.
El equipo dirigido por Yeshe Colliver encontró que quienes dedicaban más tiempo a actividades no estructuradas durante sus primeros años tendían a mostrar mejores capacidades de autorregulación aproximadamente dos años después. La asociación se mantuvo incluso al considerar las habilidades anteriores y otros factores relevantes. Aun así, se trata de resultados observacionales, no de una demostración de causalidad.
Otro trabajo, una revisión sistemática encabezada por Mariana Brussoni, examinó los beneficios del juego al aire libre con riesgos manejables, como trepar, explorar o realizar actividades físicas desafiantes.
Los resultados asociaron estas experiencias con mayor actividad física y determinados beneficios sociales, aunque la calidad de la evidencia variaba entre estudios. La explicación es sencilla: cuando un niño tiene que decidir cómo bajar de un árbol o resolver una discusión con sus amigos, practica la evaluación de riesgos y la gestión de emociones en situaciones reales.
La infancia cambió, pero no solamente porque los padres tengan más miedo
Sería fácil atribuir el cambio exclusivamente a los estilos de crianza, pero existen factores mucho más amplios. La expansión del tráfico, las transformaciones urbanas y la desaparición de espacios accesibles para jugar también han reducido la movilidad independiente de los niños.
Un informe internacional elaborado por el Policy Studies Institute para la Fundación Nuffield examinó cómo cambiaron las oportunidades de desplazamiento autónomo en distintos países. Los investigadores identificaron el tráfico como una de las principales preocupaciones de las familias y recomendaron diseñar ciudades que permitan a los niños desplazarse con mayor seguridad.
Esta distinción resulta fundamental. Permitir autonomía no significa abandonar la supervisión ni exponer a los menores a peligros que no pueden evaluar. Tampoco existen pruebas suficientes para afirmar que quienes crecieron en los años 60 y 70 sean psicológicamente más resistentes que las generaciones actuales. Además, la infancia de aquellas décadas no fue igual para todos. La libertad dependía del barrio, las condiciones familiares, el género y los recursos disponibles.
La investigación apunta a una conclusión más útil que la nostalgia: los niños necesitan protección, pero también oportunidades graduales para equivocarse, aburrirse, negociar y resolver problemas. Quizá la lección de aquellas infancias no esté en recuperar exactamente cómo se vivía hace medio siglo, sino en reconocer que algunas habilidades emocionales necesitan algo que ninguna tecnología puede proporcionar automáticamente: espacio para desarrollarse.