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Ciencia

Los “químicos eternos” llevan décadas contaminando el agua. Un nuevo filtro desarrollado en Rice podría eliminarlos hasta 100 veces más rápido

Durante años parecieron imposibles de destruir. Los PFAS, conocidos como “químicos eternos”, se acumulan en ríos, acuíferos y organismos humanos. Un nuevo filtro creado en la Universidad de Rice promete capturarlos y descomponerlos con una velocidad muy superior a la de las tecnologías actuales.
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Los PFAS se han ganado un apodo inquietante: “químicos eternos”. No porque fueran especialmente abundantes, sino porque prácticamente no se degradan. Una vez liberados al medio ambiente, permanecen durante años —a veces generaciones— circulando entre el agua, el suelo, los animales y las personas.

Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Rice ha desarrollado una tecnología que podría cambiar esa historia. Su nuevo sistema de filtración logra capturar estos compuestos hasta 100 veces más rápido que los métodos tradicionales y, además, permite destruirlos posteriormente sin recurrir a temperaturas extremas ni generar residuos peligrosos adicionales.

El contaminante que nunca se va

Los PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) están presentes en una enorme cantidad de productos cotidianos: espumas contra incendios, textiles impermeables, envases alimentarios, cosméticos, recubrimientos industriales y utensilios antiadherentes.

El problema no es solo su uso, sino su persistencia. Los enlaces carbono-flúor que los componen son de los más resistentes de toda la química orgánica. Ni la luz solar, ni las bacterias, ni el paso del tiempo logran romperlos con facilidad.

Por eso terminan acumulándose en:

  • ríos y lagos
  • plantas potabilizadoras
  • acuíferos subterráneos
  • tejidos humanos

Y por eso eliminarlos se ha convertido en uno de los mayores desafíos ambientales actuales.

Un filtro que atrae lo que nadie quiere

Los “químicos eternos” llevan décadas contaminando el agua. Un nuevo filtro desarrollado en Rice podría eliminarlos hasta 100 veces más rápido
© Unsplash / A M.

El núcleo del nuevo sistema es un material llamado hidróxido doble laminar (LDH), una estructura mineral formada por capas microscópicas apiladas entre sí. En el laboratorio de Rice, los investigadores modificaron ese material sustituyendo parte del aluminio por átomos de cobre. El cambio parece menor, pero altera por completo su comportamiento químico.

El resultado es una superficie con carga positiva, perfecta para atraer a los PFAS, que suelen tener carga negativa. La interacción es directa: las moléculas contaminantes se adhieren al material y quedan atrapadas dentro de su estructura interna.

No se dispersan. No atraviesan el filtro. No siguen circulando. Simplemente quedan concentradas en un volumen pequeño y manejable.

Más rápido que los sistemas actuales

Las pruebas de laboratorio mostraron que este material puede absorber determinados PFAS hasta cien veces más rápido que tecnologías ampliamente utilizadas hoy, como:

  • carbón activado
  • ósmosis inversa
  • resinas de intercambio iónico

La diferencia no es solo de velocidad.

Mientras los sistemas tradicionales acumulan contaminantes en filtros que luego deben almacenarse como residuos peligrosos durante décadas, el LDH permite pasar al siguiente paso: la destrucción.

Romper los enlaces sin hornos extremos

Una vez saturado, el material se somete a un proceso térmico controlado de entre 400 y 500 grados centígrados. Es una temperatura alta, pero muy inferior a la que requieren los hornos industriales actuales, que superan con frecuencia los 1.000 grados para intentar degradar PFAS.

En ese calentamiento, los enlaces carbono-flúor finalmente se rompen. El flúor liberado se combina con calcio y forma un residuo químicamente estable, que puede gestionarse como material inerte.

No se generan gases tóxicos. No quedan subproductos peligrosos. No hay necesidad de almacenamiento subterráneo a largo plazo.

Pensado para el mundo real

Uno de los aspectos más interesantes del sistema es su compatibilidad con infraestructuras existentes. El material puede integrarse en plantas de tratamiento actuales sin rediseñarlas por completo. En términos técnicos, es una solución “drop-in”: se instala donde hoy ya hay filtros.

Eso abre la puerta a aplicaciones reales en:

  • depuradoras municipales
  • instalaciones industriales
  • zonas afectadas por vertidos históricos
  • aeropuertos y bases militares, donde el uso de espumas contra incendios ha sido masivo

No se trata de un concepto futurista, sino de una tecnología pensada para escalar.

Prudencia antes del entusiasmo

Los propios investigadores reconocen que aún quedan pruebas clave por delante. El agua real no es una muestra de laboratorio. Contiene sales, metales, detergentes, restos de pesticidas y materia orgánica que compiten por espacio en los filtros.

Comprobar cómo se comporta el material en ese entorno complejo será decisivo para evaluar su viabilidad industrial. Aun así, el avance marca una diferencia importante: por primera vez, captura y destrucción se combinan en un mismo proceso sin recurrir a métodos extremos.

Una pieza más en un problema global

Los PFAS ya están presentes en aguas de Europa, Estados Unidos y Asia, y muchas regiones han superado los límites de seguridad propuestos por las autoridades sanitarias. Eliminar lo que ya está en el entorno es tan urgente como reducir su producción futura.

Si esta tecnología logra escalar con éxito, podría integrarse en estrategias de saneamiento de cuencas, reutilización de aguas residuales y protección de acuíferos en un contexto de sequías cada vez más frecuentes. No borrará décadas de contaminación de un día para otro.

Pero sí ofrece algo que hasta ahora faltaba: una forma realista de empezar a hacerlo. Y en el problema de los “químicos eternos”, avanzar aunque sea un poco ya es una enorme diferencia.

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