Hay un problema bastante evidente cuando intentamos reconstruir la historia de una civilización que vivió en mitad de la Amazonia: la selva es extraordinariamente buena borrando aquello que queremos encontrar. No necesariamente porque destruya las construcciones, sino porque las cubre.
Durante décadas, buena parte de nuestra imagen de las sociedades amazónicas precolombinas estuvo condicionada por lo que podíamos observar desde tierra o mediante fotografías aéreas y satélites. Si no había pirámides de piedra sobresaliendo entre los árboles, grandes murallas o ruinas fácilmente reconocibles, resultaba tentador imaginar poblaciones relativamente pequeñas y dispersas.
Un estudio publicado ahora en Nature está demostrando hasta qué punto esa impresión podía estar equivocada.
Un equipo internacional dirigido por Martti Pärssinen, de la Universidad de Helsinki, utilizó LiDAR aerotransportado para mirar debajo de la cubierta vegetal del suroeste de la Amazonia. En aproximadamente 4.500 km² examinados aparecieron 432 obras de tierra. Solo 36 se conocían previamente. Las otras 396 habían permanecido esencialmente invisibles bajo el bosque. Y esas 432 estructuras son probablemente apenas una muestra.
El láser encontró cinco veces más construcciones que las imágenes de satélite

LiDAR funciona lanzando pulsos láser hacia el terreno desde un avión y midiendo cuánto tardan en regresar. Parte de esos pulsos consigue atravesar pequeños huecos entre hojas y ramas hasta alcanzar el suelo. Con millones de mediciones es posible eliminar digitalmente la vegetación y reconstruir la topografía escondida debajo.
El resultado puede parecer casi una radiografía de la selva. En una de las áreas analizadas por los investigadores, las imágenes convencionales de Google Earth, Bing y otros satélites habían permitido reconocer 30 estructuras. Cuando esas mismas líneas fueron estudiadas mediante LiDAR aparecieron 156. Cinco veces más.
Lo que surgió fueron recintos geométricos excavados en el terreno, terraplenes y carreteras sorprendentemente rectas. Algunos centros monumentales alcanzaban enormes dimensiones: el mayor conocido ocupa alrededor de 50 hectáreas.
Muchas de esas estructuras se relacionan con lo que los investigadores denominan civilización Aquiry, una red multicultural que habría ocupado el suroeste amazónico aproximadamente entre el 600 a.C. y el 850 d.C. No se trataba de un imperio centralizado ni de una única ciudad gigantesca. Eran numerosas comunidades distribuidas por un territorio enorme y conectadas mediante prácticas culturales, centros ceremoniales y vías de comunicación. Y ahí aparece la cifra que cambia completamente la escala del problema.
No son 183.000 km² de ruinas: es el territorio en el que podrían esconderse hasta 30.000 obras humanas

Decir que los arqueólogos han descubierto una «estructura de casi 200.000 km²» sería espectacular, pero también incorrecto. Los 183.000 km² corresponden al área cultural que los autores delimitan para los Aquiry, aproximadamente comparable en superficie con la actual Siria. Dentro de ese territorio se distribuían las diferentes obras de tierra.
A partir de la densidad observada mediante LiDAR y de estructuras conocidas previamente, el equipo estima que podrían existir aproximadamente 24.000 a 30.000 earthworks en toda la región. Cerca de dos tercios corresponderían al periodo Aquiry. Eso tiene consecuencias directas sobre otra pregunta: cuánta gente vivía allí.
Los datos arqueológicos y las dataciones sugieren que el momento de máxima ocupación estuvo aproximadamente entre los años 100 y 300 d.C. Los autores estiman que entre un 25% y un 60% de los centros Aquiry pudieron estar utilizándose simultáneamente en aquel periodo.
Su modelo conduce a una población de entre 1,25 y 3 millones de personas, con una posible cifra superior de hasta 3,8 millones si se consideran estructuras que el propio LiDAR podría no haber detectado debido a la densidad del bosque.
Estamos hablando de menos del 3% de la Gran Amazonia.
La selva que hoy consideramos «natural» todavía conserva las decisiones de personas que murieron hace siglos
Quizá esta sea la consecuencia más interesante del hallazgo. Los Aquiry no solo construyeron zanjas y carreteras. Modificaron activamente el bosque.
Las evidencias indican que quemaban zonas dominadas por bambú para abrir espacio a campos donde cultivaban maíz, mandioca y calabaza. También gestionaban árboles útiles y favorecían especies como la nuez de Brasil, la palma de pejibaye y otros frutales. Es decir, parte de la distribución vegetal que encontramos actualmente podría contener todavía la huella de decisiones humanas tomadas hace más de mil años.
Eso complica también la vieja imagen de una Amazonia completamente virgen antes de la llegada europea. El bosque era un ecosistema extraordinario, pero en muchas regiones también era un paisaje cultural, gestionado durante generaciones por poblaciones indígenas numerosas. La Universidad de Helsinki señala incluso que esta intervención histórica debería tenerse mejor en cuenta cuando reconstruimos el balance de carbono antiguo de la región y elaboramos modelos climáticos.
Todavía quedan muchas preguntas. No sabemos exactamente qué idiomas hablaban todas aquellas comunidades ni cómo se denominaban a sí mismas. Tampoco está claro por qué este sistema experimentó un rápido declive alrededor del año 850. Pero el LiDAR acaba de introducir una sospecha fascinante.
Durante mucho tiempo, la ausencia de grandes ruinas visibles ayudó a construir la idea de una Amazonia antigua poco habitada. Ahora empezamos a descubrir que las ruinas posiblemente estaban allí todo el tiempo. Solo que había millones de árboles delante.