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Pompeya acaba de devolver algo más que objetos y cenizas. Un análisis químico ha revelado qué sustancias quemaban realmente los romanos para comunicarse con sus dioses en casa

Un nuevo estudio ha identificado restos de plantas leñosas, compuestos de uva y una resina aromática importada en dos incensarios hallados en Pompeya y Boscoreale. La combinación ayuda a reconstruir, con una precisión poco habitual, cómo olían y cómo se vivían los rituales domésticos romanos.

Pompeya suele devolvernos imágenes congeladas: paredes pintadas, pan endurecido, mosaicos, cuerpos inmóviles, utensilios cotidianos detenidos por la erupción del Vesubio. Pero hay algo que casi siempre se nos escapa cuando pensamos en el mundo romano: cómo olía. Ese vacío sensorial acaba de estrecharse un poco.

Un equipo internacional de investigadores ha logrado identificar qué sustancias se quemaban realmente en dos incensarios romanos hallados en el entorno de Pompeya, y el resultado no solo confirma prácticas rituales conocidas por textos y frescos. También añade una capa mucho más física y cotidiana a la escena: humo vegetal, resinas aromáticas importadas y posibles restos de vino usados como parte de una misma ofrenda.

Dicho de forma sencilla: ya no solo sabemos cómo rezaban los romanos en casa. Empezamos a saber también qué olía allí mientras lo hacían.

Dos pequeños recipientes han abierto una ventana bastante íntima a la religión doméstica romana

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© Cambridge University.

Los objetos analizados no son grandes tesoros imperiales ni piezas monumentales. Son, precisamente por eso, más interesantes.

El primero es un quemador de terracota con forma de copa, hallado en 1954 en la llamada Officina di Sabbatino, un edificio de Pompeya que estaba siendo transformado en posada cuando el Vesubio arrasó la ciudad en el año 79 d.C. El segundo es un objeto más elaborado: un cuenco hemisférico decorado con tres figuras femeninas en relieve, encontrado en 1986 dentro de un santuario doméstico perfectamente conservado en una villa rústica de Boscoreale, muy cerca de Pompeya.

Ambos parecen discretos. Pero su contenido fosilizado cuenta bastante más de lo que parecía posible.

La gran novedad no es solo que quemaran plantas. Es que algunas venían de muy lejos

Los investigadores combinaron varias técnicas (microscopía, análisis de fitolitos, estudio de cenizas y espectrometría de masas) para averiguar qué se había quemado dentro de estos recipientes. Lo primero que apareció fue algo relativamente esperable: restos de plantas leñosas.

Entre ellas identificaron rastros compatibles con:

  • Encina
  • Laurel
  • Moreras u otros frutales de hueso

Es decir, materiales vegetales plausibles en el entorno itálico y bastante coherentes con ofrendas domésticas o combustibles rituales. Pero lo realmente importante apareció en el segundo incensario, el hallado en Boscoreale.

Ahí surgieron marcadores químicos de una resina aromática importada, probablemente del género Canarium, conocida comúnmente como elemi. Y eso cambia bastante la escala de la historia.

Pompeya no solo estaba conectada con Roma. También con África y Asia a través del olor

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© J. Eber.

El elemi no es una resina local. Procede de árboles de la familia Burseraceae, presentes en regiones tropicales de África subsahariana y Asia. Aunque los autores no descartan del todo que pudiera tratarse de algún tipo de incienso de Boswellia, los datos químicos apuntan con más fuerza hacia el elemi.

Eso convierte este hallazgo en algo muy potente: la primera evidencia arqueológica concreta de una resina aromática importada usada en un contexto doméstico pompeyano.

No es un detalle menor. Significa que productos exóticos, costosos y transportados a través de rutas comerciales inmensas no solo llegaban al mundo romano como lujo abstracto o mercancía de élite. También acababan integrándose en algo muchísimo más íntimo: los rituales cotidianos dentro de casa. Es decir, el comercio global del mundo romano también se olía.

Y no solo había humo. También parece haber habido vino

Aquí es donde la escena se vuelve todavía más romana. Además de la resina, los análisis detectaron una combinación de compuestos químicos (entre ellos ácido tartárico, málico, fumárico y succínico) que sugiere la presencia de un producto derivado de la fruta, muy probablemente uva. En términos más llanos: vino o vinagre.

Eso encaja bastante bien con lo que ya sabemos por fuentes escritas y representaciones artísticas. En la religión doméstica romana era común realizar una praefatio, una ofrenda preliminar de incienso y vino antes del sacrificio o del acto ritual principal. Y de pronto todo empieza a encajar mejor.

Ya no estamos solo ante un recipiente con cenizas. Estamos ante una escena reconstruible: humo aromático elevándose, líquido derramado como libación, un altar doméstico encendido, figuras protectoras en la pared, una familia cumpliendo con sus dioses y quizá también con sus muertos.

Lo más interesante de este hallazgo es que no habla de templos. Habla de cocina, patio, familia y memoria

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© J. Eber.

Eso es lo que vuelve este estudio especialmente atractivo. Porque no nos lleva a la gran religión pública de Roma, con sacerdotes, sacrificios oficiales y ceremonias estatales. Nos mete en algo mucho más cercano: la espiritualidad doméstica.

Los romanos convivían con pequeños altares en casa, los famosos lararios, dedicados a los Lares y Penates, divinidades protectoras del hogar, del linaje y de la despensa. También podían incluir culto a los antepasados. Y el segundo incensario, con sus tres figuras femeninas, parece apuntar precisamente en esa dirección: la memoria familiar ritualizada dentro del espacio doméstico.

Eso hace que el hallazgo no sea solo químicamente interesante. También es emocionalmente poderoso. Porque, al final, lo que estos residuos cuentan no es solo qué se quemaba. Cuentan qué se quería invocar, proteger o recordar dentro de una casa romana.

En el fondo, este estudio no solo recupera materiales. Recupera una atmósfera entera

La llamada arqueología sensorial lleva años intentando hacer algo muy ambicioso: no limitarse a reconstruir objetos y edificios, sino también las experiencias físicas del pasado. Cómo sonaban los lugares. Cómo se movía la gente en ellos. Y sí, también cómo olían. Este hallazgo encaja de lleno en esa línea.

Porque entre las paredes de Pompeya y Boscoreale no solo había arquitectura, estatuillas y decoración. También había humo, resina, combustión, vino, plantas aromáticas y un tipo de presencia invisible que formaba parte de la relación con lo divino. Y quizá eso sea lo más fascinante de todo.

Que casi dos mil años después, entre cenizas y terracota, Pompeya no solo nos siga devolviendo imágenes. También empieza a devolvernos algo mucho más difícil de conservar: la sensación de haber estado allí.

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