Photo: Tim Paza May (Flickr)

¬ŅPor qu√© menstr√ļan las mujeres? ¬ŅCu√°l es el beneficio evolutivo de la menstruaci√≥n? ¬ŅPor qu√© no nos podemos quedar embarazadas sin el ciclo menstrual? La respuesta a estas preguntas es una de las historias m√°s esclarecedoras e inquietantes de la biolog√≠a evolutiva, y casi nadie la conoce.

Contrariamente a la creencia popular, la mayor√≠a de los mam√≠feros no menstr√ļan. De hecho, es una caracter√≠stica exclusiva de los primates superiores y de ciertos murci√©lagos (los perros sufren sangrados vaginales, pero no menstr√ļan). Adem√°s, las mujeres modernas menstr√ļan much√≠simo m√°s que cualquier otro animal. Y es incapacitante, un desperdicio de nutrientes y una clara ventaja para cualquier depredador cercano. Para saber por qu√© lo hacemos, primero tienes que entender que desde peque√Īa te han mentido sobre la relaci√≥n m√°s √≠ntima que jam√°s experimentar√°s: el v√≠nculo madre-feto.

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¬ŅAcaso no es hermoso el embarazo? Mira cualquier libro sobre el tema. Ah√≠ est√° la futura madre, con una mano descansando tiernamente sobre su vientre. Sus ojos brillan de amor y felicidad. Sientes que har√≠a cualquier cosa por nutrir y proteger a su beb√©. Y cuando abres el libro, aprendes un poco m√°s sobre esta gloriosa simbiosis y el incre√≠ble altruismo de la fisiolog√≠a femenina, que dise√Īa un ambiente perfecto para el crecimiento del hijo.

Si has estado embarazada, en cambio, sabrás que la historia es diferente a como la pintan. Esos momentos de puro altruismo existen, pero se intercalan con semanas o meses de agobiantes náuseas, agotamiento, un dolor de espalda que paraliza, incontinencia, problemas de presión arterial y la ansiedad de saber que podrías estar entre ese 15% de mujeres que experimentan complicaciones potencialmente letales.

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Desde la perspectiva de la mayor√≠a de los mam√≠feros, esto es una locura. Casi todos los mam√≠feros atraviesan el embarazo con bastante alegr√≠a, esquivando a depredadores y atrapando a sus presas, incluso cuando esperan camadas de 12 cr√≠as. Entonces, ¬Ņqu√© nos hace tan especiales? La respuesta est√° en nuestra extra√Īa placenta. En la mayor√≠a de los mam√≠feros, la placenta, que es parte del feto, simplemente interact√ļa con la superficie de los vasos sangu√≠neos de la madre para que los nutrientes lleguen al reto√Īo. Los marsupiales ni siquiera dejan que sus fetos entren en contacto con la sangre: simplemente secretan una especie de leche a trav√©s de la pared uterina. Solo unos pocos grupos de mam√≠feros, incluidos los primates y los ratones, han evolucionado con lo que se conoce como una placenta ‚Äúhemocorial‚ÄĚ, y la nuestra es posiblemente la m√°s inquietante de todas.

Todo esto significa que el feto en crecimiento ahora tiene acceso directo y sin restricciones al suministro de sangre de su madre. Puede fabricar hormonas y usarlas para manipularla. Puede, por ejemplo, aumentar su nivel de az√ļcar en sangre, dilatar sus arterias y subir su presi√≥n arterial para obtener m√°s nutrientes. Y lo hace. Algunas c√©lulas fetales atraviesan la placenta y llegan al torrente sangu√≠neo de la madre. Crecer√°n en su sangre y √≥rganos, e incluso en su cerebro, durante el resto de su vida, convirti√©ndola en una quimera gen√©tica.

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Esto puede parecer un poco irrespetuoso, pero es una rivalidad evolutiva en toda regla. Ver√°s, la madre y el feto tienen intereses evolutivos bastante distintos. La madre ‚Äúquiere‚ÄĚ dedicar recursos aproximadamente equitativos a todos sus hijos vivos (incluidos los posibles futuros hijos) y ninguno a los que morir√°n. El feto ‚Äúquiere‚ÄĚ sobrevivir, y toma todo lo que pueda obtener de su madre. (Las comillas indican que no se trata de lo que quieren conscientemente, sino de lo que la evoluci√≥n tiende a optimizar).

Tambi√©n hay un tercero en juego: el padre, cuyos intereses se alinean a√ļn menos con los de la madre porque es posible que sus otros hijos no sean suyos. A trav√©s de un proceso llamado impresi√≥n gen√©tica, ciertos genes fetales heredados del padre pueden activarse en la placenta. Estos genes promueven despiadadamente el bienestar de la descendencia a expensas de la madre.

¬ŅC√≥mo llegamos a adquirir esta voraz placenta hemocorial que da a nuestros fetos y a sus padres un poder tan inusual? Si bien podemos ver cierta tendencia hacia las placentas cada vez m√°s invasivas dentro de los primates, la respuesta completa se pierde en el tiempo. Los √ļteros no fosilizan bien.

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Las consecuencias, sin embargo, son claras. El embarazo de los mamíferos es un asunto bien ordenado porque la madre es una déspota. Su descendencia vive o muere a su voluntad; ella controla su suministro de nutrientes y puede expulsarlos o reabsorberlos en cualquier momento. El embarazo humano, por otro lado, está administrado por un comité; y no cualquier comité, sino uno cuyos miembros a menudo tienen intereses en conflicto y comparten solo información parcial. Es un tira y afloja que no pocas veces deriva en una pelea y, ocasionalmente, en una guerra total. Muchos desórdenes potencialmente letales, como el embarazo ectópico, la diabetes gestacional y la preeclampsia, están causados por un paso en falso de este juego tan íntimo.

¬ŅQu√© tiene que ver todo esto con la menstruaci√≥n? Estamos llegando a eso.

Desde una perspectiva femenina, el embarazo siempre es una gran inversi√≥n. A√ļn m√°s si tu especie tiene una placenta hemocorial. Una vez que la placenta est√° en su sitio, no solo pierdes el control total de tus propias hormonas, sino que corres el riesgo de sufrir una hemorragia al expulsarla. Por lo tanto, tiene sentido que las mujeres quieran seleccionar embriones con mucho cuidado. Pasar por un embarazo con un feto d√©bil, inviable o incluso inferior no vale la pena.

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Aqu√≠ es donde entra el endometrio. Probablemente hayas le√≠do que el endometrio es ese entorno c√≥modo y acogedor que espera envolver al delicado embri√≥n con su abrazo protector. En realidad es todo lo contrario. Los investigadores, benditos sean sus peque√Īos corazones curiosos, han probado a implantar embriones por todo el cuerpo de los ratones. El lugar m√°s dif√≠cil para hacerlos crecer fue el endometrio.

Lejos de ofrecer un abrazo protector, el endometrio es un campo de pruebas letal donde solo los embriones más resistentes sobreviven. Cuanto más pueda retrasarse la llegada de la placenta al torrente sanguíneo, más tiempo tendrá la hembra para decidir si desea deshacerse de ese embrión sin un coste significativo. El embrión, por el contrario, quiere implantar su placenta lo más rápido posible, tanto para obtener acceso a la rica sangre de su madre como para aumentar sus posibilidades de supervivencia. Por esta razón, el endometrio se volvió más grueso y más duro, y la placenta fetal más agresiva.

Pero este desarrollo plantea un problema adicional: ¬Ņqu√© hacer cuando el embri√≥n muere o queda atascado medio muerto en el √ļtero? El suministro de sangre a la superficie del endometrio debe ser restringido, de lo contrario el embri√≥n plantar√≠a all√≠ su placenta. Pero restringir el suministro de sangre hace que el tejido responda d√©bilmente a las se√Īales hormonales de la madre, y potencialmente mejor a las se√Īales de los embriones cercanos, que naturalmente desean persuadir al endometrio para que sea m√°s amigable. Adem√°s, esto lo hace vulnerable a las infecciones, especialmente cuando ya contiene tejidos muertos y moribundos.

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La soluci√≥n, en los primates superiores, fue desprenderse de todo el endometrio superficial (embriones moribundos incluidos) despu√©s de cada ovulaci√≥n que no resultara en un embarazo saludable. No es exactamente brillante, pero funciona, y lo m√°s importante, se logra f√°cilmente con algunas alteraciones en una v√≠a qu√≠mica normalmente utilizada por el feto durante el embarazo. Es el tipo de efectos por el que la selecci√≥n natural es reconocida: soluciones y hackeos extra√Īos que funcionan para resolver problemas inmediatos. No es tan malo como parece: si vivi√©ramos de forma salvaje, las mujeres experimentar√≠amos muy pocos periodos, probablemente no m√°s de unas pocas decenas de veces en nuestras vidas entre la amenorrea de la lactancia y los embarazos.

Lo que no sabemos es qu√© relaci√≥n hay entre nuestra placenta hiperagresiva y otros rasgos que se combinan para hacer que la humanidad sea √ļnica. Pero estos rasgos surgieron juntos de alguna forma, y eso significa que en cierto sentido nuestros ancestros tal vez tuvieran raz√≥n. El d√≠a que metaf√≥ricamente ‚Äúnos comimos el fruto del conocimiento‚ÄĚ, cuando comenzamos nuestro viaje hacia la ciencia y la tecnolog√≠a que nos separar√≠a de los inocentes animales y tambi√©n nos llevar√≠a a nuestro peculiar sentido de la moralidad sexual, quiz√° al mismo tiempo las mujeres empezamos a experimentar el sufrimiento √ļnico de la menstruaci√≥n, el embarazo y el parto. Todo gracias a la evoluci√≥n de la placenta hemocorial.

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Referencias:

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Suzanne Sadedin es doctora en biología evolutiva por la Universidad de Monash. Esta historia fue publicada originalmente en Quora.