Un pasillo vacío, paredes amarillentas y luces fluorescentes que parecen no apagarse nunca. No hay monstruos a la vista, tampoco sangre ni señales evidentes de peligro. Sin embargo, algo resulta profundamente inquietante.
Ese es el fenómeno detrás de los Backrooms, un universo de terror nacido en internet que consiguió transformar escenarios completamente ordinarios en auténticas pesadillas psicológicas.
Su popularidad creció hasta llegar al cine con Backrooms, estrenada en mayo de 2026 y producida por A24. Pero lo verdaderamente interesante no es su éxito cinematográfico, sino la explicación científica de por qué estos espacios generan tanto miedo.
De una fotografía de internet a un fenómeno mundial de terror
La historia comenzó en 2019, cuando apareció en el foro 4chan una fotografía de una habitación vacía, con alfombra, paredes amarillas y una iluminación artificial.
La imagen había sido tomada originalmente en 2002 durante la renovación de un establecimiento de muebles en Wisconsin, Estados Unidos.
Un usuario imaginó que aquella habitación formaba parte de un laberinto infinito al que las personas podían acceder accidentalmente, quedando atrapadas en una dimensión sin salida.
Así nacieron los Backrooms. En 2022, el creador Kane Parsons, conocido como Kane Pixels, publicó en YouTube un cortometraje que recreaba este universo mediante animación digital y grabaciones de apariencia casera. El video se convirtió en un fenómeno viral y abrió el camino hacia su adaptación cinematográfica.

La psicología explica por qué los lugares vacíos pueden aterrarnos
La clave del fenómeno se encuentra en lo que los investigadores denominan creepiness: una sensación de inquietud provocada por situaciones ambiguas.
A diferencia del miedo tradicional, donde identificamos claramente una amenaza, esta reacción aparece cuando sospechamos que algo está mal, pero no conseguimos comprender exactamente qué ocurre. Los Backrooms aprovechan esa incertidumbre.
Sus habitaciones parecen conocidas, pero carecen de una función evidente. Los pasillos no conducen a ningún destino y los espacios se repiten sin ofrecer referencias para orientarse.
Nuestro cerebro intenta interpretar el entorno utilizando patrones familiares. Cuando esos patrones fallan, aparece el desconcierto.
El valle inquietante también existe en la arquitectura
Una investigación de Alexander Diel y Michael Lewis, publicada en 2022 en el Journal of Environmental Psychology, encontró evidencia de que determinados espacios construidos pueden provocar una reacción comparable al conocido valle inquietante.
Los científicos analizaron cómo respondían las personas ante habitaciones que presentaban anomalías arquitectónicas.
Entre los elementos más perturbadores aparecieron las puertas colocadas en lugares ilógicos, las proporciones extrañas, la ausencia de objetos esperados y la repetición excesiva de determinados patrones.
También descubrieron que la presencia de personas puede reducir la inquietud en espacios públicos, mientras que puede aumentarla en ambientes privados.

Qué tienen en común los Backrooms y El resplandor
Este recurso no es completamente nuevo en el cine.
En El resplandor, Stanley Kubrick utilizó el Hotel Overlook como una estructura laberíntica cuyos espacios no siempre respetaban una distribución arquitectónica coherente. Ventanas imposibles, habitaciones desproporcionadas y corredores desconcertantes contribuían a generar una sensación constante de desorientación.
Los Backrooms llevan esa idea todavía más lejos: convierten el propio espacio en la principal amenaza.
El verdadero terror está en lo que nuestro cerebro no puede explicar
Los especialistas relacionan este fenómeno con los llamados espacios liminales, lugares de transición como aeropuertos, oficinas, hoteles o centros comerciales que resultan extraños cuando están completamente vacíos.
Son escenarios diseñados para ser habitados o recorridos, pero donde falta la actividad humana que normalmente esperamos encontrar.
Esa contradicción puede generar una sensación de aislamiento, incertidumbre y pérdida de control. En definitiva, los Backrooms demuestran que el terror no necesita criaturas sobrenaturales para funcionar.
A veces, basta con colocar a nuestro cerebro frente a un lugar que parece perfectamente normal, pero que no consigue entender.