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Quiero pensar que ninguno de nuestros lectores se ha planteado que, tras la muerte de un familiar cercano, le gustar√≠a llevarse el cr√°neo del abuelo a casa para recordarlo cada d√≠a desde el sal√≥n. Sin embargo, y de existir alg√ļn alma con tales gustos, deber√≠a saber que en la mayor parte del planeta lo tiene dif√≠cil.

De esto y otras cosas habla la funeraria Caitlin Doughty en el libro Will My Cat Eat My Eyeballs?: Big Questions From Tiny Mortals About Death, donde recientemente The Atlantic extraía parte de esta mórbida cuestión.

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Y es que, en Estados Unidos y en muchas partes del mundo, incluso si el ser querido que ha muerto había dejado anteriormente constancia por escrito indicando el permiso para alojar su cráneo en casa de un familiar, simplemente no es suficiente, y no lo es por dos razones principales.

Como explican en Doughty, en primer lugar la mayor√≠a de las funerarias carecen del equipo necesario para decapitar un cad√°ver y limpiarlo hasta dejarlo en un simple cr√°neo. La misma funeraria admite que ni siquiera sabe lo que implicar√≠a ese proceso, aunque suponen una limpieza adecuada involucra escarabajos dermestidos, aquellos que los museos y laboratorios forenses suelen usar para ‚Äúcomer delicadamente la carne muerta de un esqueleto sin destruir los huesos‚ÄĚ.

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Desafortunadamente, las funerarias promedio no tienen escarabajos carnívoros como parte del equipo.

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La segunda raz√≥n que argumentan es de tipo legal. Para mantener el respeto por los muertos, las leyes de abuso de cad√°veres se dan en muchas partes del mundo, y con ellas se evita que las funerarias entreguen cad√°veres o huesos, aunque los t√©rminos difieren de cada lugar. En Estados Unidos, la ley de Kentucky, por ejemplo, proh√≠be el uso de un cad√°ver de cualquier manera que ‚Äúindigne la sensibilidad familiar ordinaria‚ÄĚ, eso s√≠, deja la puerta abierta a la interpretaci√≥n de c√≥mo se comportar√≠a una ‚Äúfamilia ordinaria‚ÄĚ.¬†

Para entenderlo, Doughty relata el caso de Julia Pastrana, quien sufría de hipertricosis, una condición que le causó el crecimiento de vello en toda la cara y cuerpo. Su esposo hizo que su cadáver fuera taxidermizado y lo exhibió en espectáculos extravagantes durante el siglo XIX como un plan para ganar dinero. Por supuesto, estamos ante un claro ejemplo de abuso de cadáveres. Sin embargo, debido a que las leyes son tan ambiguas, los profesionales de funerarias se muestran cautelosos a la hora de afirmar qué entra o no en la lista.

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Además, normalmente las funerarias también deben presentar un permiso de entierro y tránsito para cada cuerpo, de forma que el estado o ciudad tenga un registro de dónde fue ese cuerpo.

Las opciones habituales son el entierro, la cremaci√≥n o la donaci√≥n a la ciencia, ‚Äúy no hay ‚Äúcortar la cabeza, limpiarla, preservar el cr√°neo y luego incinerar el resto del cuerpo‚ÄĚ como opci√≥n. Nada, ni siquiera remotamente cerca‚ÄĚ, zanja Doughty en el libro. [The Atlantic]