La idea parecía impecable para los propietarios de los cañaverales puertorriqueños del siglo XIX. Si las ratas estaban destruyendo la cosecha, bastaba con introducir un animal especializado en cazarlas.
Durante la década de 1870 llegaron desde India las pequeñas mangostas asiáticas. Eran rápidas, agresivas y capaces de alimentarse de prácticamente cualquier cosa que pudieran atrapar. El experimento debía proporcionar una forma barata de control biológico.
Las plantaciones de azúcar acabaron desapareciendo de buena parte de Puerto Rico. Las ratas nunca fueron eliminadas. Y las mangostas encontraron en la isla todo lo necesario para multiplicarse durante los siguientes 150 años.
El plan tenía un agujero de unas doce horas
Las mangostas desarrollan la mayor parte de su actividad durante el día. Las ratas de los cañaverales, en cambio, salen principalmente durante la noche. El depredador y la presa podían vivir en el mismo terreno sin encontrarse durante buena parte de la jornada.
La separación no fue absoluta: las mangostas sí cazaban algunas ratas. Sin embargo, investigaciones realizadas en otras islas invadidas por la misma especie encontraron que las poblaciones de roedores podían volverse todavía más nocturnas para evitar al nuevo depredador, reduciendo aún más la efectividad del plan.
Las mangostas tampoco necesitaban esperar a que aparecieran las ratas. Comenzaron a alimentarse de aves, huevos, anfibios, reptiles y pequeños mamíferos que habían evolucionado sin enfrentarse a un cazador terrestre semejante.
El animal importado para controlar una plaga terminó convertido en otra. El CDC confirma que las mangostas fueron introducidas desde India durante el siglo XIX y que, después de establecerse, pasaron a desempeñar un papel mucho más peligroso que el previsto originalmente.
De protectoras del azúcar a principal escondite de la rabia

El primer gran brote de rabia confirmado en mangostas puertorriqueñas apareció en 1950. El virus encontró una población abundante, extendida por numerosos hábitats y con territorios que se solapan entre sí.
Un estudio sobre sus movimientos comprobó que las mangostas compartían gran parte de sus áreas de actividad y también coincidían con perros que circulaban libremente. Esa proximidad crea oportunidades para que el virus salte desde la fauna salvaje hacia animales domésticos.
En 2021, las mangostas representaron más del 70% de los casos animales de rabia comunicados en Puerto Rico. Un análisis más amplio, realizado con 464 ejemplares capturados entre 2014 y 2021, encontró anticuerpos contra el virus en el 17% de los animales. El porcentaje variaba considerablemente dependiendo del hábitat.
Tener anticuerpos no significa necesariamente que una mangosta padezca rabia activa: indica que estuvo expuesta al virus. Entre los ejemplares implicados en mordeduras o contactos peligrosos, el riesgo es mucho mayor. Los datos actuales del CDC señalan que más del 80% de las mangostas analizadas después de exponer a personas o mascotas tienen rabia.
La consecuencia más dramática ocurrió en 2015. Un hombre de 54 años fue mordido mientras atendía su gallinero y no buscó tratamiento. Semanas después presentó fiebre, dificultad para tragar y alteraciones neurológicas. Murió poco después, y los análisis identificaron la variante caribeña asociada a las mangostas. Fue la primera muerte documentada en Norteamérica causada directamente por la mordedura de una mangosta. El tratamiento administrado inmediatamente después de una exposición puede evitar la enfermedad, pero, una vez que aparecen los síntomas, la rabia resulta prácticamente siempre mortal.
La nueva solución consiste en esconder vacunas dentro de comida
Eliminar todas las mangostas de una isla del tamaño de Puerto Rico sería extraordinariamente difícil. Por eso, los investigadores están buscando una forma de inmunizarlas sin necesidad de capturarlas una por una.
La estrategia consiste en distribuir cebos que esconden una dosis oral de la vacuna. Los primeros ensayos comprobaron que las mangostas preferían los sabores de queso frente a los de coco o pescado. Las ratas, irónicamente, se encuentran entre los principales animales que intentan robar esos cebos.
En pruebas realizadas en el suroeste de Puerto Rico, una distribución de 200 unidades por kilómetro cuadrado logró que el 74% de las mangostas estudiadas consumiera al menos un cebo experimental.
La vacunación todavía no funciona como un programa generalizado para toda la isla. En 2026, el Departamento de Agricultura estadounidense continúa desarrollando vacunas, cebos y estrategias específicas para las mangostas de Puerto Rico.
Hace 150 años, la solución fue liberar un depredador para que se comiera una plaga. Ahora el reto consiste en conseguir que los descendientes de aquel depredador se coman la vacuna necesaria para controlar las consecuencias.