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Putin dijo que los ataques no podían causar consecuencias graves dentro de Rusia. Cinco días después, las colas por combustible y los almacenes incendiados cuentan una historia muy distinta

La guerra ha comenzado a colarse en la vida cotidiana de los rusos: falta gasolina en varias regiones, los drones alcanzan centros comerciales a cientos de kilómetros del frente y el Kremlin ya prepara al Estado para intervenir infraestructuras privadas consideradas vulnerables.
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Vladímir Putin quiso transmitir tranquilidad. Los ataques ucranianos contra los grandes almacenes logísticos de Rusia causaban daños, admitió el presidente, pero no habían provocado ni podían provocar “consecuencias críticas”. El mensaje era claro: la guerra podía acercarse a las ciudades rusas, pero el país continuaba funcionando.

El problema es que la realidad comenzó a moverse mucho más rápido que el discurso. Cinco días después de aquellas declaraciones, Putin firmó un decreto que permite al Estado tomar temporalmente el control de infraestructuras críticas que no estén suficientemente protegidas. La medida abarca instalaciones energéticas, industriales, logísticas, de transporte y comunicaciones.

No significa que la economía rusa esté a punto de derrumbarse. Pero sí revela hasta qué punto Moscú está dejando de considerar estos ataques como incidentes aislados.

La guerra ya no termina en las refinerías

Putin dijo que los ataques no podían causar consecuencias graves dentro de Rusia. Cinco días después, las colas por combustible y los almacenes incendiados cuentan una historia muy distinta
© Exilenova / Telegram.

Durante buena parte del conflicto, Ucrania concentró sus ataques de largo alcance en bases militares, depósitos de munición y refinerías. Ahora la estrategia se ha extendido hacia las arterias que permiten que la economía rusa funcione cada día.

Desde mediados de julio, los drones han golpeado al menos 24 almacenes vinculados a Wildberries, el mayor comercio electrónico del país. Algunos de esos centros almacenaban productos de miles de pequeños vendedores, por lo que cada incendio puede dejar detrás una cadena de pérdidas mucho mayor que el edificio destruido.

El siguiente objetivo ha sido Ozon, el segundo gigante ruso de las compras por Internet. La compañía confirmó ataques contra varios centros logísticos del sur del país, con incendios, evacuaciones y operaciones suspendidas. La reacción financiera fue inmediata: sus acciones llegaron a caer cerca de un 30%.

Los almacenes no son el único problema. Rusia atraviesa una segunda oleada de escasez de combustible después de nuevos ataques contra refinerías. Al menos diez regiones han endurecido las restricciones de venta y algunas gasolineras de los alrededores de Moscú se han quedado sin gasolina.

El Gobierno ha respondido prohibiendo exportaciones, relajando los requisitos de calidad e importando derivados del petróleo. Es una paradoja incómoda para uno de los mayores productores de crudo del mundo.

Putin minimiza los daños mientras el Estado prepara la reconstrucción

Putin dijo que los ataques no podían causar consecuencias graves dentro de Rusia. Cinco días después, las colas por combustible y los almacenes incendiados cuentan una historia muy distinta
© Getty Images / AFP.

La contradicción más llamativa no está únicamente en las imágenes de los incendios, sino en la respuesta oficial. Mientras aseguraba que los ataques no podían tener consecuencias críticas, Putin también ordenaba crear un programa estatal para reconstruir los almacenes destruidos.

Ahora el nuevo decreto va un paso más allá. El Kremlin podrá intervenir instalaciones privadas si considera que sus propietarios no han logrado protegerlas. En la práctica, Rusia está preparando un mecanismo de emergencia para mantener operativos sectores esenciales en caso de que los ataques continúen.

Todo ocurre, además, sobre una economía que ya soporta una presión considerable. El propio Banco de Rusia mantiene el tipo de interés en el 14% y sitúa la inflación anual en el 6%, muy por encima de su objetivo oficial del 4%. El banco central también reconoce que las expectativas inflacionarias aumentaron durante el verano.

El “Agosto Negro” ruso ya no parece una simple superstición

Putin dijo que los ataques no podían causar consecuencias graves dentro de Rusia. Cinco días después, las colas por combustible y los almacenes incendiados cuentan una historia muy distinta
© Meduza.

En Rusia, agosto arrastra desde hace décadas una reputación siniestra. El golpe contra Mijaíl Gorbachov en 1991, el colapso financiero de 1998, el hundimiento del submarino Kursk en 2000 y la guerra de Georgia en 2008 ocurrieron durante este mes. Por eso se habla del “Agosto Negro” o de la “maldición de agosto”.

Como explica el análisis original de CNN, no existe ninguna maldición: lo que hay es una acumulación de episodios traumáticos que convirtió el mes en un símbolo nacional.

En 2026, el problema tampoco es una única catástrofe. Es la suma de gasolineras sin combustible, almacenes incendiados, precios elevados y ataques cada vez más profundos. Putin continúa proyectando control, pero la guerra ya no aparece únicamente en los mapas del frente. Para muchos rusos, empieza a sentirse al hacer una compra o intentar llenar el depósito.

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