En el centro de la Vía Láctea hay un gigante que, por ahora, apenas come. Sagitario A* posee una masa equivalente a unos cuatro millones de soles, pero emite mucha menos energía que los agujeros negros supermasivos activos observados en otras galaxias. Está allí, a unos 26.000 años luz de la Tierra, capturando pequeñas cantidades de gas y produciendo llamaradas ocasionales sin alterar demasiado la tranquila apariencia de nuestro vecindario galáctico.
Esa calma, sin embargo, no será eterna. Las simulaciones realizadas por investigadores de la Universidad de Durham sugieren que la Gran Nube de Magallanes, una galaxia enana que acompaña a la Vía Láctea, terminará precipitándose hacia nosotros. El encuentro podría proporcionar a Sagitario A* el combustible que le falta y desencadenar una fase de actividad tan intensa que cambiaría el aspecto del centro galáctico.
No ocurrirá mañana, ni dentro de un millón de años. El escenario se sitúa a miles de millones de años en el futuro y tampoco supone que un agujero negro vaya a engullir la Tierra. Pero sí permite anticipar uno de los episodios más violentos y espectaculares que atravesará la Vía Láctea.
Sagitario A* está tranquilo, pero no completamente dormido

Los agujeros negros no brillan por sí mismos. La luz aparece cuando el gas, el polvo y otros materiales comienzan a caer hacia ellos. Antes de atravesar el horizonte de sucesos, esa materia gira en un disco, se comprime y alcanza temperaturas extremas, liberando radiación en diferentes longitudes de onda.
Sagitario A* dispone actualmente de muy poco material para mantener ese proceso. Las observaciones del telescopio Chandra de la NASA indican que menos del 1% del gas atrapado inicialmente por su gravedad consigue acercarse al horizonte de sucesos. Gran parte es expulsada antes de que el agujero negro pueda alimentarse, lo que ayuda a explicar su débil emisión de rayos X.
No obstante, existen pruebas de que en el pasado fue bastante menos discreto. En 2023, la NASA informó de que su misión IXPE había detectado el eco de una intensa llamarada ocurrida aproximadamente dos siglos atrás. La radiación rebotó en enormes nubes moleculares cercanas, conservando una especie de reflejo tardío de aquel episodio.
Según el análisis combinado de IXPE, Chandra y el observatorio XMM-Newton de la Agencia Espacial Europea, Sagitario A* habría devorado repentinamente una concentración de materia alrededor del comienzo del siglo XIX. El estallido fue intenso, pero breve, y después el agujero negro regresó a su estado habitual de relativa calma.
La Gran Nube de Magallanes será el combustible que necesita

La futura reactivación a gran escala no fue predicha por la NASA, sino por un estudio liderado por el astrofísico Marius Cautun y publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. El equipo reconstruyó la evolución orbital de la Gran Nube de Magallanes teniendo en cuenta su movimiento y, sobre todo, la enorme masa de su halo de materia oscura.
Aunque esta galaxia parece alejarse actualmente, la fricción dinámica le hará perder energía. Dentro de aproximadamente 1.000 millones de años, su movimiento se invertiría y comenzaría a caer hacia el centro de la Vía Láctea. La fusión tendría lugar unos 2.400 millones de años después del presente, con un margen estimado de entre 1.600 y 3.600 millones de años.
La colisión no sería como el choque entre dos objetos sólidos. Las enormes distancias entre las estrellas hacen poco probables los impactos directos. El verdadero cambio aparecería en la distribución del gas, las estrellas y la materia oscura. Las fuerzas gravitatorias deformarían ambas galaxias y empujarían grandes cantidades de material hacia la región central.
Para averiguar qué le ocurriría a Sagitario A*, los investigadores estudiaron ocho sistemas similares dentro de la simulación cosmológica EAGLE. En todos ellos, la fusión alimentó el agujero negro central y aumentó su masa entre 1,5 y ocho veces, con un crecimiento medio cercano a 2,5 veces. Los ocho casos también atravesaron periodos de intensa actividad galáctica durante el encuentro.
La Vía Láctea podría entonces desarrollar un núcleo galáctico activo. El gas acelerado alrededor de Sagitario A* emitiría una enorme cantidad de energía y podría alimentar chorros de partículas capaces de extenderse por el centro de la galaxia. Algo parecido ocurre actualmente en otras galaxias, aunque nuestro agujero negro permanece demasiado desabastecido para producir un espectáculo semejante.
Será un despertar colosal, pero la Tierra no necesita prepararse
El escenario es impresionante, pero el titular de que “no estamos preparados” exagera lo que realmente plantean los astrónomos. Sagitario A* se encuentra a unos 26.000 años luz, una distancia enorme incluso para la radiación producida por un núcleo galáctico activo. Además, el acontecimiento no ocurrirá hasta dentro de miles de millones de años.
El propio estudio señala que la fusión no destruiría el disco de la Vía Láctea. Sí transformaría su halo estelar, dispersaría parte de las estrellas y aumentaría considerablemente la masa del agujero negro central, pero nuestra galaxia conservaría buena parte de su estructura.
La NASA también recuerda que Sagitario A* no puede devorar la galaxia entera ni atraer a la Tierra desde el centro galáctico. La influencia gravitatoria directa de un agujero negro, incluso uno supermasivo, es limitada frente a las dimensiones de toda una galaxia.
Por tanto, no se trata de una cuenta atrás para una catástrofe. Es la historia de un gigante que ya ha despertado brevemente, que continúa produciendo pequeñas llamaradas y que, algún día, recibirá suficiente combustible para dejar de esconderse. Cuando eso ocurra, la Vía Láctea no desaparecerá, pero su corazón nunca volverá a verse igual.