Imagen: WC

Cuando millones de estadounidenses se sienten en la mesa con la familia y amigos para celebrar el día de Acción de Gracias, no deberían olvidarse de expresar gratitud a los excrementos del mamut. Esta caca extinta fue clave para la degustación del pastel de calabaza.

En ese banquete que va a tener lugar a lo largo del día no faltará el tradicional pavo, generalmente acompañado con un relleno de pan de maíz y salvia. Además, se sirve con una jalea (o salsa de arándanos rojos) acompañada de papa dulce, judías verdes, verduras, puré de patata y mil y una combinaciones más.

Para cuando llega el postre, entonces es el momento del más popular de todos, el increíblemente apetitoso pastel de calabaza. Y es aquí donde se enlaza con la criatura ya extinta y la gigantesca materia fecal que producía.

Pastel de calabaza. Wikimedia Commons

Hoy, la mayoría de las calabazas comunes que puedes encontrar guardan una estrecha relación con los humanos. Sin embargo, decenas de miles de años atrás, en América del Norte, la calabaza (Cucurbita spp.) tenía socios evolutivos muy diferentes: mastodontes, mamuts lanudos y elefantes. Una relación que influyó para que se diera un tipo de calabaza mucho más pequeña de lo que la conocemos hoy. Además, con un detalle que iba a marcar su futuro: una carne amarga y tóxica.

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La amargura se convirtió en la defensa natural de la planta contra pequeños herbívoros y roedores que de otra forma habrían mordisqueado y comido las semillas de la calabaza. La cucurbitacina, el compuesto que causó el sabor amargo, también es una toxina, un segundo elemento disuasorio para algunos animales.

Sin embargo, los mastodontes, mamuts y otros herbívoros gigantes comieron estas calabazas silvestres y se tragaron las semillas, principalmente porque sus papilas gustativas no registraban la amargura. Sus cuerpos también eran lo suficientemente grandes como para absorber las toxinas sin daño alguno.

Tipos de calabaza. Wikimedia Commons

Tal y como informan en Smithsonian Insider, un estudio del 2015 publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, mostraba que las semillas de calabaza encontradas en estiércol de mamut fosilizado eran una clara evidencia de que estos gigantes prehistóricos se comieron la calabaza amarga y que la planta silvestre dependía de ellos para dispersar sus semillas. Según los investigadores:

La estrategia de la planta era permitir que los grandes herbívoros comieran sus calabazas, y luego las semillas pasaban y se depositaban a cierta distancia con un poco de fertilizante en forma de caca de mastodonte o mamut para ayudarlos a comenzar a crecer.

Lo increíble es que la estrategia funcionó. La calabaza silvestre alguna vez fue prolífica en todo el paisaje de América del Norte.

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Siguiendo esta teoría, los investigadores analizaron los genomas, un perfil de ADN completo incluidos todos sus genes, de una serie de mamíferos de diversos tamaños, específicamente buscando genes que permitieran la detección de los compuestos amargos.

Mamut. Wikimedia Commons

Encontraron que los mamíferos pequeños con dietas diversas tienden a tener más genes para la recepción del sabor amargo. Los animales más grandes como los elefantes tienen menos de este tipo de genes y, por tanto, tienen menos capacidad para saborear los compuestos de plantas amargas. De hecho, en la actualidad los elefantes devoran y dispersan varias especies amargas de calabaza.

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Con los años, cuando el mamut se extinguió de las Américas, la calabaza también sufrió un declive drástico, “las plantas perdieron su principal medio de dispersión de semillas”, comentaron los científicos.

En algún punto de esta evolución que siguió la calabaza, apareció la mano del hombre para “domesticarla”, quienes durante un largo proceso de cientos de años fueron seleccionando las menos (o nada) amargas, cultivando y seleccionándolas a través de las semillas de forma selectiva hasta la planta que es hoy, más grande y dulce.

Esta fue la pequeña historia evolutiva que siguió la famosa calabaza que hoy devoramos en tantos tipos de dulces y recetas. Así que mientras cavas en tu pastel de calabaza de este año, recuerda las pilas de excrementos que hicieron posible el delicioso pastel de Acción de Gracias. [PNAS, Smithsonian Insider]