En 1974, alguien decidió liberar varios ejemplares de un enorme pez de agua dulce en el embalse de Mequinenza, en el río Ebro. La intención era relativamente sencilla: introducir una especie que pudiera crecer hasta dimensiones extraordinarias y convertirse en un atractivo para la pesca deportiva. Lo que parecía una decisión inofensiva terminó desencadenando un problema ecológico que España todavía intenta controlar.
Más de medio siglo después, el siluro (Silurus glanis) se ha extendido por distintas cuencas españolas y se ha convertido en uno de los grandes depredadores de sus aguas. Algunos ejemplares superan los dos metros y medio y los 100 kilos, unas dimensiones que explican su apodo de monstruo de río. Pero su tamaño es solamente una parte del problema: una investigación reciente ha encontrado que las capturas de otros peces en un embalse andaluz se han desplomado un 76% desde 2008.
El dato procede de un estudio publicado el 9 de octubre de 2026 en Fisheries Management and Ecology, dirigido por Carlos Fernández-Delgado, de la Universidad de Córdoba. Sus resultados ofrecen una nueva perspectiva sobre las consecuencias de introducir grandes depredadores en ecosistemas donde antes no existían.
Un pez que llegó al Ebro para entretener a los pescadores y terminó conquistando otros ríos

El siluro es originario de regiones de Europa y Asia, pero no forma parte de la fauna autóctona de los ríos españoles. Según la ficha oficial del Ministerio para la Transición Ecológica, fue introducido deliberadamente en Mequinenza en 1974, y posteriormente se trasladó a otros lugares con el mismo objetivo: la pesca.
Su expansión fue favorecida por las conexiones fluviales y nuevas liberaciones humanas. Actualmente está presente en cuencas como las del Ebro, Tajo, Guadalquivir y Júcar, donde encuentra aguas profundas, tranquilas y turbias que facilitan su supervivencia.
Su alimentación cambia con la edad. Los ejemplares jóvenes consumen organismos pequeños e invertebrados, mientras que los adultos pueden alimentarse de peces, anfibios e incluso aves acuáticas. Además, toleran condiciones ambientales difíciles, una ventaja que favorece su establecimiento.
El Ministerio advierte de que su presencia altera las relaciones alimentarias, incrementa la presión sobre especies autóctonas y puede modificar las características físicas de los ecosistemas acuáticos.
El dato más preocupante acaba de aparecer en Andalucía: un 76% menos de capturas

Para evaluar sus consecuencias, Fernández-Delgado examinó los resultados de 175 concursos de pesca celebrados entre 2008 y 2025 en el embalse de Iznájar, el mayor de Andalucía.
Los números muestran un cambio considerable: la cantidad media capturada pasó de 4,618 kilos por pescador y hora a solamente 1,121 kilos. Al mismo tiempo, el porcentaje de participantes que terminaban sin capturar ningún pez aumentó del 2,72% al 39,47%.
La caída afecta a la pesca tradicional de carpas y barbos. Aunque los resultados no demuestran que el siluro sea la única causa del descenso, sí muestran una asociación preocupante entre el establecimiento del depredador y el deterioro de esta actividad. Es importante distinguir que el 76% corresponde al peso capturado por unidad de esfuerzo, no a una medición directa de la población total de peces.

El problema también tiene una dimensión económica: las actividades recreativas relacionadas con la pesca generan movimiento turístico y comercial en numerosas localidades rurales.
Las autoridades españolas mantienen al siluro dentro del Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, con restricciones destinadas a impedir nuevas introducciones. La normativa prohíbe trasladar ejemplares vivos o devolverlos al agua cuando son capturados, dentro de las condiciones legales aplicables.
La historia del siluro resume una de las grandes paradojas de las invasiones biológicas: una especie introducida por su atractivo recreativo puede acabar transformando el ecosistema que la hizo tan popular. Lo que comenzó con unos peces liberados en el Ebro se ha convertido, cinco décadas después, en un desafío ambiental que afecta a buena parte de las aguas continentales españolas.