El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) acaba de anunciar siete nuevas adquisiciones para su colecci├│n de dise├▒o y arquitectura, y no son ning├║n Kandinsky, ni un Picasso o un Van Gogh. Lo que el MoMA ha adquirido son seis videojuegos y una consola.

Dicho tan crudamente, casi parece que la experta en arquitectura y dise├▒o del museo, Paula Antonelli, se aburre en su despacho por las tardes, pero es que los juegos no son cualquier cosa. Son piezas cl├ísicas que han marcado una era como Pong (1972), Space Invaders (1978), Asteroids (1979), Tempest (1981), o YarÔÇÖs Revenge (1982). Los acompa├▒a el popular Minecraft (2011) y una Magnavox Odyssey (1972), la primera consola dom├ęstica de la historia.

Las adquisiciones han despertado un encendido debate sobre si los videojuegos o las consolas merecen estar en un museo de arte moderno o no. El cr├ştico Jonathan Jones, del peri├│dico The Guardian, por ejemplo, cree que no porque el arte debe ser una reacci├│n ├║nica del artista ante el mundo. Antonelli replica que los videojuegos son fundamentales para entender el actual arte interactivo y se pregunta por qu├ę un juego no puede ser la reacci├│n de sus creadores ante el mundo.

No somos capaces de decidirnos por ninguno de los dos bandos. Los videojuegos nos parecen expresiones de talento a veces tan incre├şbles e innovadoras que merecen una posici├│n por lo menos equivalente a la del cine o la m├║sica en la cultura popular. ┬┐Merecen entonces el apelativo de arte comparable a una obra de Warhol? Probablemente la cuesti├│n no es decidir si los videojuegos son arte o no, sino revisar el concepto que tenemos de arte en la ├ępoca que vivimos. Sea como sea, y a tenor de las ├║ltimas exposiciones de esta y otras galer├şas, el debate no ha hecho m├ís que empezar.

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