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Ciencia

Los incas pudieron guardar algo más que cuentas y tributos en sus quipus. Nuevos hallazgos sugieren que algunos nudos también funcionaron como archivos del clima andino

Investigaciones recientes sobre los quipus de Santa Leonor de Jucul, en Perú, apuntan a una posibilidad fascinante: algunas de estas cuerdas anudadas no solo registraban información administrativa o ritual, sino también respuestas comunitarias frente a sequías, lluvias y cambios ambientales. Si se confirma y se cruza con otros datos paleoclimáticos, podrían convertirse en una fuente inesperada para reconstruir el clima andino antes de los registros modernos.
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Durante mucho tiempo, la imagen más repetida sobre los incas fue que habían construido un imperio enorme sin escritura. Una frase cómoda, casi escolar, pero cada vez menos suficiente. Porque los quipus (esas cuerdas con nudos, colores, torsiones y fibras distintas) no eran simples ayudas de memoria ni calculadoras rudimentarias. Eran sistemas de registro. Y, en algunos casos, quizá también algo más parecido a un archivo del mundo natural.

La pista viene de Santa Leonor de Jucul, una comunidad andina de Perú donde se conserva una colección excepcional de quipus que durante siglos no había sido mostrada a investigadores externos. Según informó la Universidad de St Andrews, la antropóloga Sabine Hyland fue invitada a estudiar ese conjunto y encontró 97 quipus, entre ellos uno de más de 68 metros, descrito como el más largo conocido hasta ahora.

Lo realmente llamativo no es solo su tamaño. Es su función. De acuerdo con St Andrews, estos quipus fueron conservados y consultados como registros de condiciones ambientales pasadas: sequías, lluvias, ofrendas rituales y respuestas comunitarias frente a cambios del clima. Si esa interpretación se sostiene, estaríamos ante los primeros quipus probados como registros de este tipo.

No eran “nudos misteriosos”: eran una forma andina de guardar información

Los quipus se usaron en el mundo andino para registrar información mediante cuerdas, nudos y materiales. Durante décadas se los estudió sobre todo como instrumentos administrativos: censos, tributos, cosechas, almacenes, obligaciones laborales. Pero esa lectura nunca terminó de explicar todo el sistema.

El caso de Jucul obliga a mirar más lejos. Según el proyecto Knotted Survivors, financiado por el programa Endangered Material Knowledge del Museo Británico, los habitantes de la comunidad sostienen que cada quipu registraba ofrendas rituales realizadas en distintos lugares sagrados, y que esos lugares estaban asociados a efectos ambientales concretos, como la lluvia o los terremotos.

La idea cambia el encuadre. No se trata de imaginar a los incas como meteorólogos modernos escondidos detrás de nudos, sino de reconocer que muchas sociedades andinas observaron el ambiente durante generaciones y crearon sistemas propios para conservar esa memoria. Allí donde hoy un climatólogo cruza datos de satélites, estaciones meteorológicas y modelos, una comunidad podía consultar cuerdas, ofrendas y relatos asociados a un paisaje sagrado.

Sequías, lluvias y una memoria ambiental guardada en fibras

Un archivo climático escondido en nudos: los quipus podrían reescribir la historia del tiempo
© Pixabay.

En los quipus de Jucul aparecen elementos poco habituales. Algunos incluyen borlas, bolsas rituales con coca y cigarros de tabaco, además de una figura del siglo XVIII asociada a un ser sagrado de la tierra, según detalla el proyecto del Museo Británico. Esa mezcla de registro, objeto ritual y memoria comunitaria es justamente lo que vuelve tan delicado interpretarlos.

La hipótesis central es potente: cuando una comunidad enfrentaba una sequía o un exceso de lluvias, realizaba ofrendas en sitios sagrados y después registraba en el quipu qué se había ofrecido y dónde. Según St Andrews, cada quipu documentaba cómo los habitantes respondían a cambios ambientales, incluyendo rituales para pedir lluvia durante periodos secos.

Eso no convierte a los quipus en un termómetro ni en un pluviómetro. Pero sí podría transformarlos en algo igual de valioso para la historia climática: un registro humano de eventos extremos. Un archivo de cuándo la sequía preocupó lo suficiente como para activar rituales, desplazamientos, decisiones colectivas y memoria.

La ciencia moderna puede leer lo que los nudos no dicen por sí solos

La dificultad es evidente: los quipus no vienen con una traducción al margen. Muchos están descontextualizados en museos, separados de las comunidades que los usaron y de las tradiciones orales que les daban sentido. Por eso el caso de Jucul importa tanto. Allí todavía existe memoria local sobre su uso, aunque el conocimiento está en riesgo porque solo las personas mayores lo conservan con claridad, según el proyecto de documentación del Museo Británico.

La investigación no depende únicamente de testimonios. St Andrews señala que un quipu inca con cabello humano fue datado por radiocarbono en torno a 1480 d.C., y que el análisis isotópico de ese cabello sugiere que quien lo elaboró tenía una dieta de persona común, no de élite. Eso también desafía otra vieja idea: que la lectura y fabricación de quipus habría estado reservada a una burocracia muy reducida.

Si los quipus climáticos pueden compararse con otros registros, el valor crece. La paleoclimatología reconstruye climas pasados usando fuentes indirectas como anillos de árboles, núcleos de hielo, corales, estalagmitas y sedimentos oceánicos o lacustres, según explica la NOAA. Los quipus podrían sumarse a ese mapa no como sustituto, sino como una capa cultural: la memoria humana de eventos ambientales que dejaron huella en una comunidad.

El Niño, los Andes y una historia climática todavía incompleta

Un archivo climático escondido en nudos: los quipus podrían reescribir la historia del tiempo
© Pixabay.

Los Andes son una región clave para entender la relación entre clima, agricultura, ritualidad y poder. Las sequías, las lluvias intensas y los cambios asociados a fenómenos como El Niño no eran simples anomalías meteorológicas: podían alterar cosechas, caminos, almacenamiento de alimentos y equilibrios políticos.

Ahí los quipus pueden ofrecer algo que los registros naturales no siempre capturan. Un árbol puede guardar una señal de humedad. Un sedimento puede sugerir una crecida. Pero un quipu vinculado a una ofrenda puede mostrar cómo una comunidad interpretó y respondió a ese evento. No solo qué pasó en el clima, sino qué significó para quienes lo vivieron.

Esa es la parte más interesante. La historia del clima suele escribirse con datos físicos. Aquí aparece la posibilidad de sumar datos culturales, rituales y comunitarios. No para romantizarlos ni para tratarlos como pruebas automáticas, sino para integrarlos con cuidado en una reconstrucción más completa.

El archivo está vivo, pero también está en peligro

El hallazgo tiene una urgencia material. Los quipus de Jucul fueron encontrados guardados en bolsas plásticas, una forma de conservación precaria para objetos hechos de fibras, cabello, textiles y materiales orgánicos. El proyecto Knotted Survivors busca limpiarlos, conservarlos, registrar entrevistas con quienes todavía recuerdan su funcionamiento y crear una muestra local para que ese conocimiento no desaparezca.

Hay algo muy poderoso en esa escena: un archivo climático que no está enterrado en hielo ni escondido en el fondo de un lago, sino colgado de cuerdas, transmitido por ancianos, amenazado por insectos, humedad, moho y olvido.

Si los quipus de Jucul terminan confirmando su valor climático, no solo cambiarán una parte de la historia inca. También nos recordarán que la información científica no siempre se parece a una tabla de datos. A veces puede tener forma de fibra torcida, de nudo, de borla de llama o de una ofrenda registrada hace siglos para pedir lluvia. Y quizá esa sea la enseñanza más incómoda y hermosa de todo esto: el pasado no estaba mudo. Simplemente, todavía no habíamos aprendido a leerlo del todo.

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