La Tierra nunca fue una esfera perfecta: gira sobre su eje a más de 1.600 kilómetros por hora en el ecuador, y esa rotación genera un ligero abultamiento ecuatorial mientras achata los polos. El resultado es lo que los geodestas llaman un esferoide oblato, una forma parecida a una pelota suavemente aplastada, como un frisbee. Ese aplanamiento es tan sutil que resulta imperceptible a simple vista desde el espacio, pero es una consecuencia normal y bien conocida de la física rotacional del planeta.
Dos formas distintas de medir la forma de la Tierra

La forma «física» de la Tierra (la roca sólida bajo nuestros pies) no es lo mismo que su forma «gravitacional», conocida como geoide: la superficie irregular, con forma de papa, que definen las variaciones del campo gravitatorio terrestre según cómo se distribuye la masa del planeta. Desde los años 70, los geodestas vienen monitoreando ambas por separado, principalmente con satélites equipados con láseres de altísima precisión.
Un nuevo estudio de Christopher Kotsakis, geodesta de la Universidad Aristóteles de Tesalónica, en Grecia, publicado en la revista Journal of Geophysical Research: Solid Earth, comparó ambas mediciones y encontró que están evolucionando en direcciones opuestas.
Lo que muestran los satélites de gravedad
Durante los años 80 y buena parte de los 90, el geoide venía volviéndose progresivamente más redondo, con su abultamiento ecuatorial gravitacional achatándose, como si el planeta se acercara cada vez más a una esfera perfecta desde el punto de vista de la gravedad. Pero a fines de los años 90 esa tendencia se invirtió: desde entonces, el geoide viene volviéndose cada vez más achatado, justo lo opuesto de lo que se había observado en la década anterior.
Lo que muestran las estaciones GNSS

Kotsakis quiso comprobar si la corteza terrestre sólida, el «esqueleto rocoso» del planeta, estaba cambiando de la misma manera que el geoide. Para eso, analizó mediciones de estaciones terrestres de posicionamiento satelital (GNSS) entre 1997 y 2015 y encontró el patrón contrario: los polos se están elevando a un ritmo cada vez mayor, de unos 0,5 milímetros por año a fines de los 90 hasta cerca de 1 milímetro por año en 2015, mientras que la franja ecuatorial se está hundiendo a un ritmo comparable.
«Nuestros resultados indican una aceleración del levantamiento polar acompañada de una tasa de subsidencia ecuatorial que aumenta de forma comparable», escribió Kotsakis en el paper. «Esto significa que la forma general de la Tierra sólida se está volviendo ligeramente menos achatada»: la roca del planeta se está redondeando, justo cuando su campo gravitatorio se está aplanando.
La explicación: el hielo que se derrite
La clave para entender esta aparente contradicción está en el derretimiento acelerado de Groenlandia y la Antártida. A medida que esas enormes masas de hielo pierden volumen, retiran una carga de peso considerable que durante milenios mantuvo hundida a la corteza terrestre bajo ellas, permitiendo que esa roca vaya recuperando altura poco a poco, un fenómeno conocido como ajuste isostático glacial.
Al mismo tiempo, esa agua de deshielo se redistribuye por los océanos de todo el planeta y termina concentrándose, en mayor proporción, en latitudes más bajas, cerca del ecuador, donde ese peso adicional presiona hacia abajo al fondo marino y aumenta la masa acumulada en esa franja, lo que a su vez hace que el campo gravitatorio se vuelva más pronunciado justamente ahí.
Dos historias verdaderas al mismo tiempo
En definitiva, la corteza rocosa del planeta se está volviendo menos achatada porque los polos suben y el ecuador baja; mientras que el campo gravitatorio se está volviendo más achatado porque la masa de agua se está acumulando cerca del ecuador. No hay ningún error de medición detrás de la aparente contradicción: son, sencillamente, dos maneras distintas y complementarias de describir cómo está cambiando la Tierra, una que sigue el movimiento físico real de la roca y otra que sigue el rastro de hacia dónde se está desplazando la masa del planeta.