¿Cuánto puede jugar un niño a videojuegos antes de que empiece a ser demasiado?
La respuesta más tentadora sería dar una cifra: media hora, una hora o dos horas diarias. El problema es que la ciencia no ha establecido un número capaz de separar automáticamente un uso saludable de una adicción.
Un niño puede jugar varias horas durante un fin de semana sin presentar ningún problema y otro puede jugar menos tiempo, pero mostrar irritabilidad extrema cuando debe parar, descuidar el colegio o abandonar actividades que antes disfrutaba.
La Organización Mundial de la Salud utiliza precisamente estos comportamientos, y no únicamente el tiempo, para definir el trastorno por videojuegos.
Un famoso estudio encontró una frontera alrededor de nueve horas semanales
Una de las investigaciones más citadas sobre el tema fue publicada en 2016 en Annals of Neurology.
El equipo dirigido por Jesús Pujol estudió a 2.442 niños de entre 7 y 11 años y comparó cuánto jugaban cada semana con su rendimiento cognitivo, su comportamiento y diferentes indicadores sociales. Un subgrupo de 260 niños también fue estudiado mediante resonancia magnética.
Los niños que jugaban alrededor de una hora semanal mostraban respuestas visuomotoras más rápidas y consistentes. A partir de aproximadamente dos horas semanales, aumentar el tiempo de juego ya no aportaba mejoras adicionales claras en esa habilidad.
Pero la tendencia era diferente cuando se observaba el comportamiento.
A medida que aumentaban las horas de juego también lo hacían los problemas de conducta y los conflictos con compañeros, mientras disminuían algunas conductas prosociales. Estas diferencias se volvían especialmente evidentes entre quienes jugaban nueve horas semanales o más.
Eso equivale a algo más de una hora diaria de promedio.
Sin embargo, los propios investigadores hicieron una advertencia fundamental: el estudio era principalmente observacional. No permitía saber si jugar mucho provocaba esos problemas o si niños que ya tenían determinadas características tendían a jugar más.
Y tampoco significa que nueve horas sean el punto en el que aparece una adicción.

La OMS no diagnostica una adicción contando horas
Para la OMS, el denominado gaming disorder implica tres características principales: dificultad para controlar cuánto y cuándo se juega, dar prioridad creciente a los videojuegos sobre otras actividades y continuar jugando pese a que ya existan consecuencias negativas.
Además, el comportamiento debe causar un deterioro significativo de la vida familiar, social, educativa u otras áreas importantes y normalmente mantenerse durante al menos 12 meses.
Por tanto, jugar diez horas semanales no convierte automáticamente a un niño en adicto.
La señal de alarma sería que esas horas comiencen a desplazar sistemáticamente el sueño, las comidas, el colegio, el ejercicio, las amistades o la vida familiar y que el menor tenga cada vez más dificultades para reducirlas.
La propia OMS señala que el trastorno afecta únicamente a una pequeña proporción de las personas que juegan videojuegos.
Las recomendaciones pediátricas también están cambiando
Durante años fue habitual recomendar límites muy concretos de tiempo frente a pantallas.
Pero en enero de 2026 la Academia Americana de Pediatría publicó una nueva política que sustituye sus recomendaciones anteriores y propone mirar más allá del simple contador de horas.
Para niños en edad escolar no establece una cifra universal de videojuegos válida para todas las familias.
La pregunta pasa a ser qué está sustituyendo ese tiempo.
Si el niño duerme lo necesario, hace actividad física, mantiene sus relaciones, cumple con el colegio, participa en otras actividades y puede apagar el juego sin grandes conflictos, el número aislado de minutos proporciona relativamente poca información.
La AAP recomienda establecer momentos y espacios sin pantallas, proteger especialmente el sueño —incluida la hora anterior a acostarse—, jugar ocasionalmente junto a los niños y crear reglas familiares adaptadas a su edad y madurez.
#Qatar's Ministry of Interior (@MOI_Qatar) is encouraging parents to stay closely involved in their #children's gaming habits by helping them choose age-appropriate video games to support their safety and security. Swipe to see the ministry's guidance for parents on supervising… pic.twitter.com/3IZ9mNpdss
— Doha News (@dohanews) August 8, 2026
Hay señales más importantes que mirar el reloj
Por eso, una familia debería prestar especial atención cuando el niño empieza a ser incapaz de parar, miente sobre cuánto juega, abandona deporte o amigos, pierde horas de sueño, baja notablemente su rendimiento escolar o continúa jugando aunque el videojuego ya esté provocando problemas familiares.
También importa el diseño del juego.
Muchos videojuegos actuales incorporan recompensas diarias, eventos temporales, cajas de recompensa, pases de temporada y otros mecanismos diseñados para prolongar la interacción. La nueva política de la AAP señala precisamente que numerosas plataformas digitales están construidas para maximizar el tiempo que los menores permanecen conectados.
La conclusión es menos sencilla que decir “una hora al día”.
El estudio de Pujol sugiere que cantidades pequeñas de videojuegos pueden coexistir con algunos beneficios visuomotores y que un uso mucho más frecuente se asocia con más dificultades de conducta. Pero ninguna investigación ha encontrado una cifra mágica que garantice evitar una adicción.
Más importante que contar minutos es comprobar algo mucho más básico: si el niño controla el videojuego o si, poco a poco, el videojuego empieza a controlar el resto de su vida.