Hayabusa2 debería haber terminado su historia hace años. La sonda japonesa llegó al asteroide Ryugu, recogió material de su superficie y en 2020 dejó caer sobre la Tierra una cápsula cargada con muestras. Pero la nave seguía funcionando, todavía tenía combustible y JAXA decidió enviarla de nuevo al espacio profundo.
Ese inesperado segundo capítulo acaba de producir una maniobra que nunca se había conseguido durante un encuentro de este tipo: disparar pulsos láser contra un pequeño asteroide mientras la nave pasaba junto a él a unos cinco kilómetros por segundo y medir correctamente la distancia mediante el reflejo.
El objetivo se llama Torifune, mide aproximadamente 450 metros y tiene una curiosa estructura formada por dos lóbulos. Hayabusa2 pasó junto a él el pasado 5 de julio, llegando a unos 744 metros de su centro.
Tenía menos de dos segundos para acertar con un haz de apenas unas decenas de metros

Hablar de “disparar un láser” puede sonar bastante más destructivo de lo que ocurrió realmente. El instrumento utilizado es el LIDAR de Hayabusa2, un altímetro que lanza pulsos láser y mide cuánto tarda la luz en rebotar en una superficie y regresar. La nave ya lo había utilizado para estudiar Ryugu, pero allí trabajaba alrededor del asteroide y podía realizar mediciones relativamente controladas.
Torifune era otra historia. Hayabusa2 pasó junto a él a aproximadamente 5 km/s. El LIDAR emitió un pulso cada segundo desde cuatro minutos antes del máximo acercamiento hasta un minuto después, pero la geometría era tan exigente que el asteroide solo debía atravesar correctamente el estrechísimo haz durante menos de dos segundos. Y acertaron.
JAXA detectó dos mediciones válidas, tomadas cuando la nave se encontraba aproximadamente a 20 y 15 kilómetros del asteroide, apenas cuatro y tres segundos antes del encuentro más cercano. A 20 kilómetros, el láser iluminaba un círculo de solo unos 30 metros de diámetro sobre Torifune; desde 15 kilómetros, unos 23 metros.
La propia agencia comparó la operación con el yabusame, el tiro con arco japonés realizado desde un caballo en movimiento: nave, objetivo y orientación tenían que coincidir durante una fracción diminuta del encuentro.
Saber exactamente dónde está un asteroide puede importar mucho más que obtener una bonita fotografía

Las cámaras tienen una limitación bastante básica en el espacio: sin atmósfera, perspectiva ni objetos cercanos con los que comparar, una roca pequeña y próxima puede parecerse mucho a una grande situada más lejos.
El láser elimina esa ambigüedad porque devuelve directamente una distancia. Si se consiguen varias mediciones durante un encuentro, los datos pueden combinarse con la trayectoria conocida de la nave para calcular con mayor precisión posición, velocidad, tamaño y órbita del objeto. JAXA señala explícitamente que esa capacidad tiene aplicaciones en defensa planetaria, donde pequeñas mejoras en una órbita pueden marcar la diferencia a la hora de determinar si un asteroide representa o no una amenaza para la Tierra.
El propio sobrevuelo de Torifune ya tenía ese componente. La nave tuvo que realizar ajustes de navegación tardíos porque el asteroide es pequeño y oscuro, y JAXA aprovechó el encuentro para ensayar maniobras relacionadas con las que serían necesarias en una futura misión de impacto cinético, la estrategia de golpear deliberadamente un asteroide para modificar ligeramente su trayectoria.
Todo esto era un ensayo para un objetivo tan pequeño que casi rivaliza con la propia nave
Hayabusa2 todavía tiene un destino más extraño. En 2031 deberá encontrarse con 1998 KY26, un asteroide que durante años se creyó de unos 30 metros de diámetro. Nuevas observaciones realizadas desde la Tierra redujeron esa cifra a apenas 11 metros y descubrieron además que completa una rotación aproximadamente cada cinco minutos.
Nunca una misión espacial se ha encontrado de cerca con un asteroide tan pequeño. ESO señala incluso que sus dimensiones son comparables a las de la propia nave, y su velocidad de rotación convierte cualquier intento de aproximación o contacto en un problema mucho más difícil de lo previsto. Ahí es donde los dos impactos de luz contra Torifune cobran otro sentido. El experimento no dañó al asteroide ni intentó desviarlo. Lo que hizo fue demostrar que una nave puede apuntar a una diminuta roca mientras ambos se cruzan a velocidades enormes y obtener una distancia precisa en cuestión de segundos.
Para Hayabusa2 fue una prueba improvisada durante una misión que oficialmente ya había cumplido su objetivo hace seis años. Para futuras sondas que tengan que encontrar, medir o incluso desviar un asteroide peligroso, podría terminar siendo bastante más importante.