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Ciencia

Un experimento con dientes de ratón explicó por qué te duelen las muelas del juicio: el modelo matemático que predijo, hace casi dos décadas, que la evolución humana las está eliminando

Casi uno de cada cuatro humanos en el mundo ya nace directamente sin alguna de sus muelas del juicio. No es casualidad ni mala suerte genética aislada: es la evolución humana en tiempo real, actuando sobre una regla matemática tan simple que un equipo de investigadores logró describirla estudiando, de todas las cosas posibles, dientes de ratón
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En 2007, un equipo liderado por Kathryn Kavanagh, junto a Alistair Evans y Jukka Jernvall, publicó en la revista Nature un modelo conocido como cascada inhibitoria, que explica cómo el desarrollo embrionario determina el tamaño relativo de los molares a lo largo de la mandíbula. El hallazgo partió de experimentos con dientes de ratón, pero su lógica matemática resultó aplicable a la dentición de los mamíferos en general, incluidos los humanos.

El mecanismo funciona como una especie de trinquete: cada molar que se desarrolla libera una sustancia que viaja hasta el diente vecino y frena su crecimiento. El primer molar en formarse inhibe parcialmente al segundo, y el segundo inhibe al tercero, en una cascada donde cada pieza termina siendo, en promedio, del tamaño resultante entre sus dos vecinos inmediatos. Ese equilibrio predice, entre otras cosas, que el segundo molar debería representar siempre alrededor de un tercio del área total ocupada por los tres molares.

Por qué las muelas del juicio son las que peor la pasan

Muelas Del Juicio
© Alex Mit – Shutterstock

Aplicado a la dentición humana, ese mecanismo explica por qué el tercer molar, la muela del juicio, es el diente más variable y problemático de toda la boca: al ser el último en desarrollarse, depende de una señal de inhibición acumulada a lo largo de toda la cascada, en una mandíbula que además se volvió considerablemente más pequeña que la de nuestros ancestros. La combinación de una señal débil de desarrollo y un espacio físico insuficiente es, según este modelo, la raíz del problema.

Nuestros ancestros tenían mandíbulas más grandes, preparadas para procesar dietas mucho más duras y fibrosas, con espacio suficiente para alojar sin problemas sus 32 piezas dentales, incluidos los terceros molares. La cocción de los alimentos, y más tarde el desarrollo de la agricultura y la comida industrialmente procesada, redujeron drásticamente la necesidad de una capacidad masticatoria tan potente, lo que coincidió con una reducción progresiva del tamaño de la mandíbula humana a lo largo de miles de años.

Un fenómeno que ya es genético, no solo un problema de espacio

Espacio Muelas Del Juicio
© By Ka-ho Chuuploaded byR-E-AL (talk | contribs | Gallery)  (German Wikipedia) – From engl. WikipediaTaken by a dentist in his clinic, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6404314

La ausencia congénita de una o más muelas del juicio, conocida como agenesia del tercer molar, se estima que afecta hoy a alrededor del 22,6% de la población mundial, aunque con variaciones enormes según el grupo poblacional: cerca del 29,7% en poblaciones asiáticas, alrededor del 21,6% en poblaciones europeas, y virtualmente el 100% en algunas comunidades indígenas de México, mientras que resulta prácticamente inexistente entre los aborígenes tasmanos. Los genes PAX9 y MSX1, involucrados en la señalización molecular durante el desarrollo dental, están directamente vinculados a esta variabilidad poblacional.

Para quienes sí desarrollan sus terceros molares, el problema pasa a ser puramente de espacio: la mandíbula moderna suele no tener lugar suficiente para que erupcionen con normalidad, lo que deriva en piezas retenidas o impactadas, uno de los motivos más comunes de extracción quirúrgica en la odontología actual.

No es solo genética: el tipo de alimentación también moldea la mandíbula

Parte de esta reducción no depende únicamente de la genética heredada, sino que responde también a un componente puramente del desarrollo individual: los huesos de la mandíbula crecen en respuesta a las fuerzas mecánicas que reciben durante la infancia. Estudios en animales confirmaron esta relación de forma directa: ratas criadas con dietas blandas desarrollan mandíbulas más pequeñas y con menor masa ósea que aquellas alimentadas con dietas más duras, un mismo principio que parece aplicarse también a los humanos. En poblaciones que todavía mantienen dietas tradicionales, mecánicamente más exigentes, las muelas del juicio suelen encontrar mucho más espacio disponible en la mandíbula.

Evolución observable, aunque no completada todavía

Los especialistas coinciden en que las muelas del juicio se transformaron en estructuras vestigiales, similares al apéndice, y que su desaparición gradual constituye uno de los ejemplos más claros y documentados de evolución humana ocurriendo prácticamente en tiempo real. El proceso, de todos modos, está lejos de completarse: la información genética para desarrollar los terceros molares sigue presente en la gran mayoría de las personas, incluso cuando las condiciones de desarrollo ya no favorecen que ocupen su lugar sin generar complicaciones.

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