Una extinción masiva no necesita comenzar necesariamente con una colisión. Un objeto de masa planetaria que pasara muy cerca de la Tierra podría ejercer una atracción gravitatoria desigual sobre sus océanos, su corteza y la Luna, generando mareas mucho más intensas que las actuales sin llegar a tocar el planeta.
Esa es la idea central de un trabajo de Daniele Fargion, físico de la Universidad de Roma, que propone que algunos de esos encuentros pudieron contribuir a las grandes crisis biológicas registradas durante los últimos 600 millones de años.
Según el artículo presentado en la conferencia MULTIF2025 y publicado posteriormente en sus actas, los posibles efectos incluirían tsunamis gigantes, deformaciones de la corteza, episodios volcánicos, alteraciones climáticas y el desvío de asteroides hacia el sistema solar interior. El texto fue subido a arXiv en junio de 2026, pero no presenta el descubrimiento de un planeta desconocido ni una prueba geológica directa de que uno haya pasado junto a la Tierra. Se trata de una hipótesis física construida a partir de posibles correlaciones.
No serían necesariamente planetas errantes de otras estrellas

La expresión “planeta errante” puede resultar engañosa en este caso. Normalmente se utiliza para describir mundos que flotan por el espacio interestelar sin orbitar una estrella.
Fargion se refiere principalmente a otra posibilidad: cuerpos de masa planetaria o planetas enanos que permanecerían en órbitas muy lejanas dentro del propio sistema solar, entre el cinturón de Kuiper y las regiones interiores de la nube de Oort. Algunas perturbaciones gravitatorias podrían modificar sus trayectorias y enviarlos temporalmente hacia las proximidades del Sol.
La existencia de numerosos objetos pequeños más allá de Neptuno está bien establecida, pero el trabajo presupone una población mucho más amplia de cuerpos suficientemente masivos y con órbitas capaces de acercarse a la Tierra. El propio autor reconoce que todavía no puede calcular de forma fiable cuántos existirían ni con qué frecuencia podrían producirse esos encuentros.
La propuesta tampoco es completamente nueva. Fargion y el astrofísico Arnon Dar publicaron una versión muy similar en 1998, cuando ya planteaban que sobrevuelos planetarios podían generar mareas, volcanismo, impactos secundarios y alteraciones climáticas. El nuevo trabajo recupera y amplía aquella explicación.
Cómo un planeta podría causar daños sin llegar a chocar
Las mareas no dependen únicamente de la fuerza gravitatoria total, sino de la diferencia entre la atracción ejercida sobre el lado más próximo y el más lejano de un cuerpo. Por eso, un objeto suficientemente masivo que pasara a poca distancia podría generar una deformación enorme.
Según la hipótesis de Fargion, esas fuerzas levantarían el nivel del mar, producirían grandes inundaciones y someterían la corteza terrestre a tensiones extraordinarias. La deformación interna también podría generar calentamiento por fricción y favorecer episodios volcánicos.
El visitante tendría además la capacidad de perturbar asteroides o cometas durante su recorrido. De esta manera, un mismo encuentro podría desencadenar varias catástrofes aparentemente independientes: mareas extremas, vulcanismo, cambios del nivel del mar y una posterior lluvia de impactos.
El problema es que la posibilidad física no demuestra que el fenómeno haya ocurrido. Para causar efectos globales, el cuerpo tendría que pasar extremadamente cerca, y un encuentro de esa magnitud también debería dejar señales dinámicas reconocibles en las órbitas de la Tierra, la Luna y otros objetos del sistema solar.
El artículo no identifica un candidato concreto, no reconstruye una trayectoria antigua ni presenta una simulación que conecte inequívocamente un sobrevuelo con una extinción determinada. Su argumento consiste en que un único mecanismo podría explicar la coincidencia de varias perturbaciones observadas en algunos límites geológicos.
Las grandes extinciones ya tienen explicaciones respaldadas por numerosas pruebas
La hipótesis utiliza como punto de partida el hecho de que no todas las grandes extinciones dejaron un cráter comparable con Chicxulub. Sin embargo, la ausencia de un impacto no significa que esas crisis carezcan de explicaciones geológicas bien apoyadas.
La extinción del final del Cretácico ocurrió hace unos 66 millones de años, no 64 millones como señala el texto original. De acuerdo con investigaciones publicadas en Science, el cráter de Chicxulub y una capa global enriquecida en elementos procedentes del asteroide conectan directamente el impacto con la desaparición de cerca de tres cuartas partes de las especies, incluidos los dinosaurios no avianos.
La crisis del Pérmico-Triásico ocurrió hace aproximadamente 252 millones de años y fue la mayor extinción conocida del Fanerozoico. Tal como explica un estudio de Nature Communications, alrededor del 90% de los taxones de invertebrados marinos desaparecieron durante un intervalo geológicamente breve, coincidiendo con las gigantescas erupciones de las Trampas Siberianas.
El mecanismo exacto todavía se investiga, pero existe una extensa combinación de dataciones y señales geoquímicas que relaciona aquel vulcanismo con calentamiento extremo, acidificación de los océanos, pérdida de oxígeno y alteraciones del ciclo del carbono. La falta de un cráter no constituye, por sí sola, un vacío que necesite ser ocupado por un planeta desconocido.
Esto no impide que un factor externo pudiera haber influido indirectamente. Lo que falta es una evidencia que conecte el supuesto sobrevuelo con las erupciones o demuestre que estas necesitaron un desencadenante extraterrestre.
El argumento de los corales del Devónico es especialmente discutible

Los esqueletos de algunos corales conservan anillos de crecimiento diarios y estacionales. Al contarlos, los investigadores pueden estimar cuántos días tenía un año en diferentes periodos geológicos. Como la Luna frena gradualmente la rotación terrestre mediante las mareas, los días eran más cortos y los años contenían más jornadas en el pasado.
El trabajo interpreta ciertos cambios en esos registros como una posible señal de que la Luna se alejó repentinamente debido a la atracción de un objeto visitante. No obstante, las reconstrucciones de la evolución Tierra-Luna son complejas y están afectadas por variaciones en los océanos, los continentes y la disipación de las mareas.
Como explica una revisión publicada en Reviews of Geophysics, el ritmo de alejamiento lunar no ha sido constante y no puede extrapolarse de manera sencilla a partir del valor actual. Los corales ofrecen datos valiosos sobre la rotación antigua, pero no constituyen por sí solos una prueba de un encuentro planetario al final del Devónico.
Una idea espectacular que aún necesita encontrar su huella
El escenario de un mundo desconocido pasando junto a la Tierra resulta físicamente imaginable y narrativamente poderoso. También podría explicar, mediante una sola perturbación, fenómenos que normalmente se estudian por separado.
Sin embargo, el nuevo trabajo no demuestra que estos sobrevuelos hayan sucedido durante los últimos 600 millones de años. Tampoco permite afirmar que exista actualmente un planeta enano en trayectoria hacia el sistema solar interior o que este mecanismo represente un peligro conocido para la humanidad.
Para que la propuesta avance, necesitaría producir predicciones comprobables: alteraciones orbitales concretas, anomalías sedimentarias simultáneas en diferentes continentes, deformaciones características de las mareas o una cronología que conecte el encuentro con el volcanismo y la extinción.
La idea de utilizar observatorios para descubrir cuerpos lejanos es razonable por múltiples motivos científicos. Pero las redes de defensa planetaria actuales se concentran en asteroides y cometas cuyas órbitas pueden determinarse, no en una población demostrada de mundos ocultos que visite periódicamente la Tierra.
El trabajo de Fargion no ha resuelto el origen de las extinciones masivas. Ha recuperado una posibilidad extrema que la ciencia deberá intentar refutar o respaldar con datos. Hasta entonces, los planetas visitantes pertenecen más al terreno de las hipótesis provocadoras que al de la historia confirmada de nuestro planeta.