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Ciencia

Un fósil de pterosaurio encontrado en Brasil guardó sus moléculas intactas durante 113 millones de años y ahora revela qué comía este reptil volador

Un equipo internacional liderado por la Universidad de Curtin publicó en iScience el primer análisis molecular de un fósil de pterosaurio: una falange de ala hallada en el estado de Ceará que conservó esteroides intactos durante 113 millones de años. Las moléculas señalan una dieta de peces y calamares, y su preservación desafía lo que se sabía sobre cómo funcionan los procesos de fosilización
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Los fósiles guardan huesos, dientes, escamas y en los casos más afortunados tejidos blandos. Lo que casi nunca conservan son moléculas orgánicas: las proteínas, los lípidos y los esteroides de un animal tienden a descomponerse en cuestión de miles de años, mucho antes de que el tiempo geológico los pueda petrificar. Por eso el hallazgo publicado en iScience por un equipo internacional liderado por la Universidad Curtin de Australia resulta tan inusual: una falange de ala de pterosaurio encontrada en el noreste de Brasil conservó esteroides identificables después de 113 millones de años.

Es la primera vez que se recuperan moléculas de cualquier tipo de un fósil de pterosaurio. Y lo que esas moléculas dicen sobre el animal es tan interesante como el hecho de que hayan sobrevivido.

El fósil y lo que contiene

Pterodactilo
Ejemplo de fósil de pterodactilo del Solnhofen Limestone © By Daderot – Own work, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8557865

El ejemplar, catalogado como MPSC R 1395, es una porción de la falange izquierda del ala de un pterosaurio anhanguérido del Cretácico Inferior. Fue encontrado en el yacimiento Sítio Baixa Grande, en la cuenca del Araripe, en el estado de Ceará, una de las formaciones geológicas más célebres del mundo por la calidad de sus fósiles de vertebrados. El hueso llegó encapsulado en una concreción de caliza que actuó como escudo protector durante millones de años.

Lo que distingue a este fósil de otros de su clase es que se conservó en tres dimensiones con una fidelidad estructural inusual y, sobre todo, que retuvo compuestos orgánicos. El equipo de la profesora Kliti Grice (directora fundadora del Centro de Geoquímica Orgánica e Isótopos de Australia Occidental en Curtin) aplicó técnicas avanzadas de imagen y análisis geoquímico en el Centro John de Laeter de Curtin para caracterizar esas moléculas. Lo que encontraron fueron esteroides con una firma isotópica de carbono de -19,1‰, consistente con una dieta marina: peces o calamares.

Grice resumió el significado del hallazgo en el comunicado oficial de Curtin University, recogido también por EurekAlert: «Este fósil es una auténtica cápsula del tiempo. No solo está magníficamente conservado, sino que por primera vez hemos detectado rastros de esteroides en un pterosaurio, lo que aporta nuevas pruebas de que estas criaturas probablemente se alimentaban de peces o calamares.»

Por qué el oxígeno no destruyó el fósil: un mecanismo que reescribe la paleontología

Quetzalcoatlus
El Quetzalcoatlus, uno de los animales voladores más grandes que jamás haya existido en la Tierra © Roberto Dani – Shutterstock

El aspecto más disruptivo del estudio no es la dieta del pterosaurio sino lo que revela sobre cómo se forman los fósiles. La visión convencional de la fosilización asume que el oxígeno es un enemigo de la preservación: los tejidos orgánicos se oxidan y se destruyen. Lo que este caso muestra es que, bajo ciertas condiciones, ocurre exactamente lo contrario.

Según la reconstrucción propuesta por el equipo, cuando el pterosaurio murió y se hundió en el lecho marino del Cretácico, una cadena de procesos microbianos y químicos lo «selló» en lugar de descomponerlo. Bacterias oxidantes de azufre comenzaron a degradar los tejidos blandos y las grasas del animal, pero ese proceso activó simultáneamente la mineralización alrededor del cuerpo, precipitando minerales que fueron reemplazando y recubriendo los tejidos capa por capa antes de que se perdieran. Con el tiempo, ese mecanismo en múltiples etapas fijó tanto la estructura ósea como algunas de las moléculas orgánicas originales.

Discover Magazine, que cubrió el estudio en detalle, señaló que este caso invierte la lógica habitual: el oxígeno, considerado un enemigo de la conservación fósil, puede bajo las condiciones adecuadas hacer exactamente lo opuesto. Lo que importa no es la presencia o ausencia de oxígeno per se, sino la química del entorno en el que el organismo queda enterrado y los microorganismos que lo habitan.

Un mecanismo global que podría estar operando en otros yacimientos

Para el equipo de Curtin, el valor más amplio del hallazgo está en lo que implica para la paleontología molecular como disciplina. Si este tipo de preservación microbiana ocurrió en la cuenca del Araripe hace 113 millones de años, puede estar ocurriendo en otros Lagerstätten (los yacimientos geológicos con condiciones especiales que producen fósiles de excepcional calidad) alrededor del mundo.

«Esto se suma a la creciente evidencia de que los microbios desempeñaron un papel importante en este proceso, algo que ahora estamos identificando en otros yacimientos fósiles», declaró Grice. «Representa un nuevo mecanismo global de Lagerstätten que hace posible una preservación excepcional.»

El pterosaurio estudiado pertenecía a un linaje de reptiles voladores que compartió el mundo con los dinosaurios durante más de 160 millones de años. Algunas especies alcanzaron envergaduras de hasta 12 metros, convirtiéndolas en los animales voladores más grandes que hayan existido. Sus huesos huecos los hacían ligeros en vida, pero en determinadas condiciones ambientales esa misma estructura facilitó el tipo de preservación que ahora permite leer, por primera vez, qué había en el estómago de uno de ellos.

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