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Ciencia

Un fósil sobrevivió más de 230 millones de años en el Ártico y casi se destruyó en solo 37. Lo que quedaba escondía al mayor depredador conocido de su extraña familia

Fue descubierto en Svalbard en 1948, pero buena parte del esqueleto quedó abandonada a la intemperie hasta 1985. Ahora, unas viejas fotografías y los huesos supervivientes han permitido reconstruir un animal acuático de 2,7 metros que cambia lo que sabíamos sobre todo su linaje.
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Hay fósiles que desaparecen durante millones de años. Este estuvo a punto de hacerlo después de ser encontrado.

En 1948, una expedición británica descubrió en Bjørnøya, la Isla del Oso del archipiélago noruego de Svalbard, el esqueleto articulado de un enorme animal del Triásico. El equipo fotografió el hallazgo y recuperó parte del material, pero una porción importante quedó sobre el terreno. El fósil no sería recuperado completamente hasta 37 años después. Para entonces, el clima ártico había hecho su trabajo: numerosos huesos visibles en aquellas fotografías ya se habían deteriorado o desaparecido.

Paradójicamente, esas imágenes tomadas casi como documentación de campo terminaron siendo esenciales. Un estudio publicado ahora en Papers in Palaeontology las ha utilizado junto con los restos conservados para reconstruir al animal y ha llegado a una conclusión inesperada: era una especie desconocida y, con unos 2,7 metros de longitud, el plagiosáurido más grande identificado hasta ahora.

Su nombre es Arctobatrachus urdensis.

Tenía una cabeza de 70 centímetros de ancho y una boca preparada para presas grandes

Un fósil sobrevivió más de 230 millones de años en el Ártico y casi se destruyó en solo 37. Lo que quedaba escondía al mayor depredador conocido de su extraña familia
© Rainer R. Schoch et al., Papers in Palaeontology (2026).

Llamarlo simplemente “anfibio” puede generar una imagen bastante equivocada. Los plagiosáuridos eran temnospóndilos acuáticos del Triásico con una anatomía extremadamente peculiar: cuerpos aplanados, patas reducidas y cabezas extraordinariamente anchas. Muchos habrían vivido cerca del fondo, esperando a sus presas en ambientes acuáticos.

Arctobatrachus llevó ese diseño a una escala desconocida.

Su cráneo medía apenas 21 centímetros desde la parte delantera hasta la trasera por la línea media, pero alcanzaba unos 70 centímetros de ancho. Visto desde arriba, formaba prácticamente un semicírculo. La articulación de la mandíbula estaba además situada muy atrás, aumentando considerablemente la abertura de la boca.

Dentro había otra pista sobre su forma de vida: grandes dientes muy juntos, acompañados por colmillos, además de numerosas piezas más pequeñas en otras regiones de la mandíbula.

La combinación de tamaño corporal, dentición y enorme apertura bucal lleva a los autores a interpretarlo como algo que hasta ahora no se había documentado entre estos animales: un plagiosáurido capaz de ocupar el papel de gran depredador. El propio estudio lo describe como el primer miembro conocido del grupo que habría alcanzado esa posición ecológica.

El fósil muestra cómo una criatura acabó convirtiéndose en una especie de “cabeza gigante con cuerpo”

Un fósil sobrevivió más de 230 millones de años en el Ártico y casi se destruyó en solo 37. Lo que quedaba escondía al mayor depredador conocido de su extraña familia
© Rainer R. Schoch et al., Papers in Palaeontology (2026).

Su tamaño no es lo único importante.

El análisis evolutivo coloca a Arctobatrachus cerca de la base de los Plagiosauridae, antes que miembros más especializados del grupo. Eso permite observar una especie de etapa intermedia en la construcción de aquel extraño cuerpo.

La cabeza ya presentaba varios de los rasgos extremos que caracterizarían a sus familiares posteriores, pero otras zonas del esqueleto seguían siendo comparativamente primitivas. Algunas vértebras, por ejemplo, se parecen tanto a las de otros grandes temnospóndilos que podrían haberse identificado incorrectamente si hubieran aparecido aisladas.

En otras palabras, la transformación de la cabeza parece haber ido por delante de la transformación del resto del cuerpo.

Eso también ayuda a explicar por qué el hallazgo resulta tan útil: no es simplemente una nueva especie gigantesca, sino una pieza colocada cerca de uno de los primeros pasos evolutivos hacia los plagiosáuridos más extremos, animales todavía más bajos, anchos y especializados para una vida casi completamente acuática.

Lo más valioso del fósil ya no existe

El esqueleto apareció en depósitos marinos del Triásico Medio, algo compatible con la capacidad de algunos plagiosáuridos para desenvolverse en ambientes con distintos niveles de salinidad. Eso abre incluso la posibilidad de que Arctobatrachus frecuentase aguas costeras y que esa tolerancia ayudara al grupo a dispersarse por diferentes regiones de Pangea.

Pero hay algo todavía más llamativo.

Parte de la anatomía utilizada para describir esta nueva especie ya no está físicamente en el fósil. Sobrevive únicamente en las fotografías tomadas cuando apareció en 1948, antes de que casi cuatro décadas de hielo, agua y meteorización borraran algunos huesos. Los investigadores tuvieron que casar esas imágenes históricas con las piezas que todavía existen para reconstruir el cráneo.

El resultado es una paradoja difícil de mejorar: un animal permaneció enterrado durante más de 230 millones de años, sobrevivió hasta ser descubierto por humanos y estuvo a punto de perder información científica crucial en apenas 37.

Ahora sabemos que aquello que casi desaparece en una montaña del Ártico pertenecía al gigante de su familia.

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