Saltar al contenido
Ciencia

Una expedición británica abandonó un fósil en la cima de una isla ártica en 1948 por no poder cargarlo: 78 años después resultó ser el mayor depredador de su especie jamás hallado

Le sacaron algunas fotos, se llevaron un par de huesos sueltos y dejaron el resto expuesto al viento y la lluvia polar. Nadie volvió a pensar en ese fósil durante 37 años, hasta que un grupo de geólogos noruegos tropezó con él por pura casualidad. Ni ellos, ni nadie, imaginó en ese momento que estaban por reescribir el árbol genealógico de uno de los grupos de depredadores acuáticos más extraños del Triásico
Por

Tiempo de lectura 3 minutos

Comentarios (0)

Un equipo liderado por el paleontólogo Rainer Schoch, del Museo Estatal de Historia Natural de Stuttgart, describió una nueva especie de anfibio gigante extinto a partir de un esqueleto hallado en la isla de Bjørnøya (Isla del Oso), en el mar de Barents, cerca de Noruega. El trabajo se publicó en la revista Papers in Palaeontology, y bautizó a la nueva especie Arctobatrachus urdensis.

El esqueleto había sido descubierto originalmente en 1948, en la cima de la isla, por una expedición británica que no pudo trasladar la pieza completa: se limitó a fotografiarla y a recuperar algunos fragmentos sueltos, dejando el resto expuesto al clima ártico. Recién en agosto de 1984, un grupo de geólogos noruegos liderado por Atle Mørk, del Instituto de la Plataforma Continental de Noruega, volvió a dar con el fósil por casualidad. La excavación completa demandó una expedición de una semana en 1985, organizada por el Museo Paleontológico de Oslo.

37 años de intemperie que casi destruyen la pieza

Durante los 37 años transcurridos entre el hallazgo original y la recuperación final, el clima polar provocó numerosas fracturas adicionales y el desplazamiento de varios fragmentos óseos, además de la pérdida de piezas clave del cráneo. Para reconstruir las partes faltantes, el equipo de Schoch tuvo que recurrir a las fotografías tomadas por la propia expedición británica en 1948, antes de que la intemperie terminara de deteriorar el hallazgo.

El gigante más grande jamás hallado de su familia

Arctobatrachus urdensis pertenece a los plagiosáuridos, un grupo de anfibios extintos de cuerpo aplanado que vivían en el fondo de ríos, lagos y mares durante el período Triásico, hace entre 251 y 201 millones de años. Con una longitud que supera ampliamente los 2 metros, cerca de 2,7 metros según las estimaciones del estudio, se trata por lejos del mayor ejemplar conocido de toda la familia.

Su cráneo, de 70 centímetros de ancho por apenas 21 centímetros de largo, tenía una forma inusual: mucho más ancho que largo, con un contorno que dibuja casi un semicírculo perfecto. Schoch describió esa anatomía característica de los plagiosáuridos señalando que el cráneo se asemeja a un bumerán.

Una boca diseñada para emboscar, no para perseguir

Según el estudio, estos animales aguardaban inmóviles en el fondo del agua a que pasaran sus presas, y las succionaban abriendo bocas muy amplias recubiertas de pequeños dientes, además de hileras de dientes más grandes intercalados con colmillos en el paladar y la mandíbula. El tamaño excepcional de Arctobatrachus urdensis, sumado a la amplitud de su boca, sugiere que pudo haber funcionado como un depredador activo, y posiblemente el primer superdepredador conocido dentro de su familia.

Una pista sobre los ancestros de todo el grupo

Los fósiles de plagiosáuridos ya se habían hallado en regiones tan distantes como Brasil y China, pero el ejemplar de Bjørnøya resultó distinto a todos los conocidos hasta ahora. El análisis filogenético lo ubicó entre los miembros más tempranos del grupo, lo que ofrece una referencia inédita para reconstruir cómo pudieron ser los ancestros de los plagiosáuridos, antes de que la evolución los empujara hacia formas más sedentarias y con el cuerpo todavía más aplanado.

Schoch destacó además que la especie logró sobrevivir a un período de calor extremo que había provocado una extinción masiva pocos millones de años antes, lo que convierte al hallazgo en una ventana directa hacia un momento particularmente convulsionado de la historia del planeta, hace unos 240 millones de años.

Compartir esta historia

Artículos relacionados