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Ciencia

Un grupo de científicos disparó 191 veces para resolver un misterio de la prehistoria que esta irresuelto. El resultado obliga a replantear cómo cazaban los primeros Homo sapiens en Eurasia hace 40.000 años

Un experimento arqueológico ha puesto a prueba una idea clave sobre la caza en la prehistoria. Las conclusiones sugieren que los primeros Homo sapiens no seguían una evolución simple de armas, sino algo mucho más complejo.
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Durante décadas, la historia parecía clara. Primero la lanza. Después el propulsor. Mucho más tarde, el arco y la flecha. Una evolución ordenada, casi escolar, que ayudaba a entender cómo avanzaba la tecnología en la prehistoria.

El problema es que la realidad rara vez sigue un guion tan limpio. Un nuevo estudio, publicado en iScience, acaba de sacudir esa idea con algo tan simple como contundente: 191 disparos.

El experimento que reabre un debate clásico

Un grupo de científicos disparó 191 veces para resolver un misterio de la prehistoria que esta irresuelto. El resultado obliga a replantear cómo cazaban los primeros Homo sapiens en Eurasia hace 40.000 años
© Shutterstock / Nicolas Primola.

El punto de partida era una duda incómoda. La mayoría de las armas prehistóricas estaban hechas de madera, fibras o cuero. Materiales que no sobreviven. Lo único que suele quedar son las puntas, muchas veces fabricadas en hueso, asta o marfil. Y ahí está el problema: llevamos décadas interpretando esas puntas como si fueran una especie de “firma” del arma que las utilizaba.

El equipo liderado por Keiko Kitagawa decidió comprobar hasta qué punto eso era cierto. Para hacerlo, replicaron puntas del Paleolítico superior temprano y las probaron en condiciones controladas: flechas, lanzas y dardos lanzados con propulsor. Después analizaron fracturas, desgaste y patrones de impacto. La conclusión fue tan clara como incómoda. Las huellas se parecen demasiado.

Cuando una punta no te dice toda la verdad

Uno de los resultados más relevantes es que las marcas de impacto de flechas y dardos se solapan mucho más de lo que se pensaba. En otras palabras: una punta ósea no permite identificar con seguridad qué tipo de arma la lanzó. Esto cambia bastante las reglas del juego.

Durante años, ciertos tipos de fractura se asociaban directamente con lanzas o propulsores. Ahora sabemos que esas mismas señales podrían haber sido producidas por flechas. Y eso abre una posibilidad que hasta hace poco parecía poco probable. Que el arco ya estuviera en uso hace 40.000 años en Eurasia.

No era una cuestión de arma, sino de sistema

Un grupo de científicos disparó 191 veces para resolver un misterio de la prehistoria que esta irresuelto. El resultado obliga a replantear cómo cazaban los primeros Homo sapiens en Eurasia hace 40.000 años
© Keiko Kitagawa et al., iScience (2025).

El estudio también desmonta otra idea bastante extendida: que las puntas pequeñas eran poco eficaces para la caza mayor. Las pruebas muestran que incluso proyectiles ligeros podían penetrar lo suficiente como para causar heridas letales. Eso sí, con matices.

La profundidad de penetración dependía tanto del material como del tamaño de la punta. El asta, por ejemplo, mostró mejor resistencia que el hueso. Es decir, no se trataba solo de qué arma usaban, sino de cómo combinaban materiales, formas y contextos. Más que una evolución lineal, lo que aparece es algo mucho más interesante: una estrategia.

Una caja de herramientas, no una línea temporal

Un grupo de científicos disparó 191 veces para resolver un misterio de la prehistoria que esta irresuelto. El resultado obliga a replantear cómo cazaban los primeros Homo sapiens en Eurasia hace 40.000 años
© Keiko Kitagawa et al., iScience (2025).

Si algo deja claro este trabajo es que los primeros Homo sapiens no pensaban en términos de “reemplazar” una tecnología por otra. Más bien todo lo contrario. Podían combinar varias armas según el entorno, la presa o la situación.

En paisajes abiertos, quizá una lanza o un dardo. En otros contextos, proyectiles más ligeros y precisos. La idea de una secuencia rígida (lanza, luego propulsor, luego arco) empieza a quedarse corta. Y eso encaja bastante bien con lo que sabemos de su expansión por Eurasia: entornos distintos, desafíos distintos, soluciones distintas.

Lo que cambia en nuestra imagen de la prehistoria

Este estudio no afirma que el arco fuera el arma dominante en aquella época. Pero sí obliga a aceptar algo importante: podría haber estado presente mucho antes de lo que creíamos. Y eso tiene implicaciones más profundas de lo que parece.

Habla de planificación, de adaptación, de conocimiento de materiales. De una inteligencia tecnológica más flexible, menos rígida y probablemente más avanzada de lo que solemos imaginar cuando pensamos en la prehistoria. Al final, la imagen que queda es menos ordenada… pero mucho más real.

Porque si algo demuestra este experimento es que nuestros antepasados no seguían manuales. Improvisaban, probaban, combinaban. Y en ese caos aparente, tal vez estaba su mayor ventaja.

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