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Ciencia

Durante años nadie entendió por qué la “ameba comecerebros” iba directo al cerebro. Un nuevo estudio apunta a una respuesta inquietante

Naegleria fowleri mata a casi todas las personas que infecta, pero nunca estuvo claro por qué consigue llegar hasta el cerebro. Un nuevo estudio apunta a una adaptación mucho más inocente: su obsesión por meterse en lugares estrechos.
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El apodo probablemente no le hace justicia. Naegleria fowleri no evoluciona buscando cerebros humanos para alimentarse de ellos. De hecho, puede pasar toda su vida sin acercarse siquiera a una persona. Es una ameba de vida libre que prospera en aguas dulces cálidas y normalmente se dedica a algo bastante menos terrorífico: comer bacterias.

El desastre comienza únicamente cuando agua contaminada entra con suficiente fuerza por la nariz. Desde allí, la ameba puede atravesar el epitelio nasal, avanzar siguiendo los nervios olfativos, cruzar la lámina cribosa que separa la cavidad nasal del cráneo y finalmente alcanzar el cerebro. El resultado es la meningoencefalitis amebiana primaria (PAM), una infección extraordinariamente rara y casi siempre mortal. 

Sabíamos desde hacía años por dónde viajaba. Lo que resultaba bastante más misterioso era por qué una criatura acostumbrada a vivir en el fondo de un estanque parecía tan capacitada para recorrer precisamente ese camino.

Ahora hay una pista sorprendente: quizá está haciendo exactamente lo mismo que hace cuando busca comida.

Hay amebas a las que los espacios pequeños parecen gustarles

Durante años nadie entendió por qué la “ameba comecerebros” iba directo al cerebro. Un nuevo estudio apunta a una respuesta inquietante
© Indian J Microbiol. 2024.

Investigadores de varias universidades estadounidenses estudiaron a Naegleria gruberi, una pariente cercana de N. fowleri que no provoca esta enfermedad y resulta mucho más segura para trabajar en laboratorio.

Colocaron las amebas frente a microcanales de apenas unos micrómetros de ancho sin utilizar sustancias químicas que las atrajeran hacia ellos. Y las células insistían en entrar. Entre el 65% y el 100% de las que encontraron canales de 8 micrómetros terminaron metiéndose dentro. Una vez confinadas, modificaban incluso su manera de desplazarse: abandonaban otras protrusiones y avanzaban utilizando exclusivamente pequeñas expansiones de membrana conocidas como blebs. 

En canales de ocho micrómetros alcanzaron de media unos 30,9 micrómetros por minuto, prácticamente el doble que las células situadas fuera. Algunas superaron momentáneamente los 50 μm/min y recorrieron casi dos milímetros sin darse la vuelta.

Los investigadores han bautizado esa preferencia con un término fantástico: “claustrofilia”.

Una habilidad para cazar bacterias puede convertirse en una ruta hacia el cerebro

Durante años nadie entendió por qué la “ameba comecerebros” iba directo al cerebro. Un nuevo estudio apunta a una respuesta inquietante
© Indian J Microbiol. 2024.

La hipótesis es que este comportamiento no tiene nada que ver originalmente con infectar animales. Naegleria vive entre sedimentos, restos vegetales y diminutos huecos del fondo de estanques, lugares donde también se acumulan las bacterias que consume. Para sobrevivir allí, evolucionar hacia células capaces de investigar grietas, introducirse en espacios angostos y continuar avanzando sin perder la dirección sería una ventaja extraordinaria.

El cuerpo humano ofrece accidentalmente un escenario parecido. Los axones del nervio olfatorio se agrupan en haces y atraviesan diminutos orificios de la lámina cribosa. Los autores proponen que, una vez dentro de los senos nasales, esa misma tendencia a buscar confinamiento podría conducir a la ameba hacia esos espacios y facilitar su viaje hasta el cerebro.

Hay que mantener un asterisco importante. Los experimentos se realizaron con N. gruberi, no directamente con la peligrosa N. fowleri. Por tanto, todavía no demuestran que este sea el mecanismo exacto utilizado durante una infección humana. Pero el trabajo, que inicialmente apareció como preprint, ya fue revisado por pares y publicado en septiembre de 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences. Y ayuda a explicar una paradoja especialmente siniestra.

La “ameba comecerebros” probablemente nunca desarrolló una habilidad especial para encontrar cerebros. Desarrolló una habilidad excelente para encontrar bacterias escondidas en pequeños agujeros. Nuestro nervio olfativo puede ser simplemente el agujero equivocado en el lugar equivocado.

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