El océano Austral protagonizó durante décadas una de las contradicciones más desconcertantes del cambio climático. Mientras el aumento de los gases de efecto invernadero calentaba la mayor parte de los océanos, algunas aguas que rodean la Antártida mostraban la tendencia opuesta: su superficie se enfriaba y, en determinadas regiones, el hielo marino incluso llegó a expandirse.
La explicación podría encontrarse muchos kilómetros por encima del mar. Un estudio publicado en Geophysical Research Letters sostiene que la destrucción del ozono estratosférico modificó los poderosos vientos que giran alrededor de la Antártida. Estas corrientes atmosféricas reorganizaron el movimiento del agua y transportaron frío hacia latitudes más septentrionales, contrarrestando temporalmente el calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero entre 1982 y 2005.
Conviene corregir una afirmación importante del material original: el agujero de ozono sí fue causado principalmente por los CFC y otras sustancias artificiales que contienen cloro y bromo. Las condiciones meteorológicas de la Antártida hicieron que la destrucción fuera especialmente intensa allí, pero el origen químico del fenómeno es humano y está ampliamente establecido.
Una alteración atmosférica que terminó llegando hasta el mar
La capa de ozono se encuentra en la estratosfera y absorbe gran parte de la radiación ultravioleta perjudicial procedente del Sol. Cuando su concentración disminuye sobre la Antártida, la estratosfera inferior se enfría y cambia la diferencia de temperatura existente entre el polo y las regiones tropicales.
Esa diferencia térmica ayuda a determinar la posición y la fuerza de los vientos del oeste que rodean el continente. Según indica el estudio dirigido por Shouwei Li, la pérdida de ozono intensificó estos vientos al sur de los 46 grados de latitud y desplazó parte de su acción hacia el polo. El cambio no quedó confinado en la atmósfera: alcanzó la superficie del océano y modificó el movimiento del agua.
El océano Austral no es una masa inmóvil. Está recorrido por la Corriente Circumpolar Antártica y sometido a algunos de los vientos más constantes del planeta. Una modificación relativamente pequeña en esas corrientes de aire puede reorganizar la distribución del calor, la salinidad y los nutrientes sobre una región inmensa.
La consecuencia inicial fue rápida. Los vientos reforzaron el desplazamiento de las aguas superficiales hacia el norte mediante un proceso conocido como transporte de Ekman.
Los vientos empujaron el frío lejos de la Antártida

Cuando el viento sopla sobre el océano, no mueve el agua exactamente en su misma dirección. La rotación terrestre desvía progresivamente las distintas capas de agua y produce un transporte neto lateral. En el hemisferio sur, el fortalecimiento de los vientos del oeste favoreció un desplazamiento superficial hacia el norte.
Este movimiento llevó agua fría desde las proximidades de la Antártida hacia regiones más alejadas del continente. La investigación encontró que el mecanismo fue especialmente importante al sur de los 46 grados y que el enfriamiento se reforzó entre los 46 y los 60 grados de latitud sur.
A medida que el agua fría avanzaba, también aumentaba el contraste de temperatura entre diferentes zonas del océano. Ese gradiente facilitaba que los vientos habituales continuaran desplazando agua más fría, creando una respuesta capaz de mantenerse durante años.
No se trataba de que el agujero de ozono hubiera reducido la energía total del calentamiento global. Estaba redistribuyendo el calor dentro del sistema climático. En aquella región concreta, el transporte horizontal de agua fría fue suficientemente intenso como para dominar temporalmente sobre la entrada de calor desde la atmósfera.
El estudio llegó a esta conclusión mediante simulaciones climáticas acopladas que aislaron la influencia de los cambios del ozono. Al comparar esos experimentos con simulaciones históricas y observaciones, los investigadores identificaron la huella específica que la alteración estratosférica dejó sobre los vientos y la temperatura superficial del mar.
Bajo la superficie ocurría justo lo contrario
El mecanismo incluye una segunda parte aparentemente contradictoria. Los mismos vientos que expandían el agua fría horizontalmente también podían intensificar el afloramiento, haciendo ascender agua procedente de capas más profundas.
En algunas regiones del océano Austral, esa agua subsuperficial es relativamente más cálida que la superficie. Su ascenso produce, por tanto, una tendencia al calentamiento que compensa parcialmente el enfriamiento inicial.
La respuesta se desarrolla en dos tiempos. Primero aparece un enfriamiento rápido, causado por el transporte horizontal de agua fría. Después surge un calentamiento más lento relacionado con el intercambio de calor, la mezcla vertical y el afloramiento de aguas profundas.
Según los autores, esos procesos opuestos no llegaron a cancelarse durante el periodo estudiado. El transporte horizontal se mantuvo durante suficiente tiempo como para conservar una señal neta de enfriamiento en la superficie entre 1982 y 2005.
Esta distinción también evita otra interpretación equivocada: el estudio no afirma que todo el océano Austral, desde la superficie hasta sus mayores profundidades, se estuviera enfriando. Analiza principalmente la temperatura superficial y cómo fue modificada por los vientos asociados a la pérdida de ozono.
Una explicación para el hielo que crecía en un mundo más cálido
El enfriamiento superficial también pudo favorecer la expansión regional del hielo marino antártico, especialmente en sectores como el mar de Ross. Durante años, ese crecimiento localizado fue utilizado como una supuesta contradicción del calentamiento global, aunque el comportamiento del hielo antártico siempre ha dependido de una mezcla compleja de vientos, corrientes, salinidad y variabilidad natural.
El nuevo trabajo proporciona una pieza adicional: la pérdida de ozono ayudó a mantener más frías determinadas aguas y creó condiciones favorables para conservar o expandir el hielo en algunas regiones. No explica por sí sola todos los cambios observados ni significa que la Antártida quedara protegida frente al cambio climático.
Cuando se incorporan los gases de efecto invernadero, los aerosoles y la variabilidad natural, el calentamiento continúa siendo la fuerza dominante a largo plazo. El agujero de ozono actuó como un freno regional y transitorio, no como un mecanismo capaz de detener el aumento global de las temperaturas.
La historia, además, todavía está cambiando. Gracias al Protocolo de Montreal y a la reducción de sustancias destructoras del ozono, la capa protectora se recupera lentamente. Las estimaciones internacionales sitúan su regreso a los niveles de 1980 alrededor de 2040 para el promedio casi global, pero no para la Antártida: allí la recuperación se espera aproximadamente hacia 2066.
A medida que el ozono antártico se regenere, su influencia sobre los vientos también puede modificarse. Eso eliminaría progresivamente parte del efecto refrigerante que ayudó a ocultar el calentamiento superficial del océano Austral.
El hallazgo no convierte al agujero de ozono en algo beneficioso. Revela algo mucho más incómodo: una alteración causada por la humanidad puede propagarse desde una delgada capa de la atmósfera hasta las corrientes oceánicas y producir consecuencias inesperadas durante décadas. El planeta se calentaba, pero alrededor de la Antártida el viento estaba moviendo las piezas de una forma que, durante un tiempo, consiguió disimularlo.