Hay misiones espaciales diseñadas para obtener resultados en unos meses. Otras necesitan décadas. Fermi Explorer Mission propone trabajar con una escala temporal bastante más incómoda: lanzar una sonda en 2029 y esperar aproximadamente 80.000 años hasta que llegue a Alfa Centauri.
Quienes la construyan no verán el resultado. Tampoco sus hijos, sus países o probablemente las instituciones responsables del proyecto. Ni siquiera podemos asegurar que nuestra especie continúe existiendo cuando la nave alcance el sistema estelar más próximo al Sol.
Ese no es un inconveniente imprevisto. Es prácticamente el argumento central de la misión.
La nave pesará hasta 200 kilos, costará menos de 15 millones de dólares y todavía existe únicamente sobre el papel

Primero, las cifras. La organización sin ánimo de lucro Fermi Explorer Mission quiere fabricar una sonda de entre 100 y 200 kilogramos, equipada con al menos un kilogramo de carga útil y un sistema de propulsión eléctrica. Su presupuesto máximo sería de 15 millones de dólares, una cantidad diminuta para una misión interestelar. Los responsables aseguran haber recibido una propuesta compatible con ese límite por parte de un importante fabricante de satélites, aunque todavía no han revelado qué empresa construiría la nave.
Tampoco se ha definido completamente su carga científica. Es importante subrayarlo: el lanzamiento de 2029 es por ahora un objetivo anunciado, no una misión aprobada, financiada y preparada para despegar. El proyecto está aceptando donaciones y todavía debe resolver numerosos detalles técnicos, según la información presentada por su presidente, Philip Johnston, y recogida por Space.com.
La propulsión eléctrica no permitirá alcanzar velocidades cercanas a la luz. Su ventaja es mucho más pragmática: ya existe, consume propelente con gran eficiencia y puede mantener un empuje pequeño durante periodos prolongados. Después, la nave continuaría avanzando prácticamente por inercia durante decenas de miles de años.
Las Voyager ya escaparon de la heliosfera, pero nunca tuvieron otra estrella como destino de su misión

La comparación inevitable. Voyager 1 y Voyager 2 fueron lanzadas en 1977 para explorar los planetas exteriores. Tras completar sus encuentros, continuaron alejándose del Sol y comenzaron a estudiar los límites de su influencia. Voyager 1 entró en el espacio interestelar en 2012. Voyager 2 lo hizo en 2018. Son las únicas naves que han operado fuera de la heliosfera y todavía envían información mediante la Red del Espacio Profundo, según el seguimiento oficial de la NASA.
Decir que avanzan “sin rumbo” no es totalmente exacto: ambas siguen trayectorias perfectamente conocidas. La diferencia es que no fueron dirigidas hacia una estrella concreta para alcanzarla. Fermi Explorer, en cambio, nacería con Alfa Centauri como destino deliberado.
Eso no significa que pueda funcionar al llegar. El plan actual no contempla que la sonda despierte dentro de 80.000 años, estudie el sistema y transmita fotografías a la Tierra. Ningún componente electrónico disponible puede garantizar una supervivencia semejante. Su valor sería principalmente simbólico: demostrar que una civilización tecnológica decidió enviar intencionadamente un objeto hacia otra estrella.
La alternativa tardaría unas décadas, pero necesita una tecnología que todavía está muy lejos de existir
El otro extremo es Breakthrough Starshot. El proyecto planteó enviar pequeñas sondas de apenas unos gramos hacia Proxima Centauri utilizando velas empujadas por una gigantesca batería de láseres. Si alcanzaran el 20% de la velocidad de la luz, podrían completar el viaje en unos 20 años.
El problema es que requerirían láseres con una potencia cercana a los 100 gigavatios, velas extremadamente ligeras capaces de soportar la aceleración y sistemas de comunicación miniaturizados. El propio proyecto Starshot reconoce que su objetivo consiste en demostrar si esa tecnología puede llegar a construirse.
Fermi Explorer propone exactamente lo contrario: aceptar una velocidad desesperadamente lenta para poder despegar con componentes alcanzables.
La pregunta más interesante, por tanto, no es qué encontrará la sonda. Es quién recordará que existe. Para verla llegar haría falta que la humanidad sobreviviera 80 milenios, conservara los registros de su trayectoria y siguiera mirando hacia la misma estrella. El desafío verdaderamente interestelar no sería fabricar la nave, sino mantener viva durante todo ese tiempo la historia de por qué la enviamos.