A veces un experimento fracasa exactamente de la manera necesaria para terminar descubriendo algo más interesante. En 2022, un equipo de investigadores australianos colocó pequeños dispositivos GPS a cinco urracas australianas (Gymnorhina tibicen) con una misión relativamente sencilla: averiguar cómo se movían, socializaban y utilizaban su territorio.
Las aves tenían otros planes. Apenas 10 minutos después de colocar el último dispositivo, los científicos observaron a un ejemplar sin GPS utilizando el pico para intentar retirar el arnés de otro. Poco después apareció una hembra adulta, siguió trabajando sobre el sistema y terminó liberándolo. El primer GPS había desaparecido antes de cumplirse una hora.
El trabajo, publicado originalmente en Australian Field Ornithology, volvió a circular estos días. Y tiene una precisión importante frente a algunas versiones de la historia: las cinco aves no se quitaron los dispositivos en menos de una hora. La cooperación comenzó casi inmediatamente, la mayoría desapareció en cuestión de horas y para el tercer día los investigadores ya no encontraban ninguna de las aves etiquetadas con su GPS.
Los científicos habían diseñado el arnés precisamente para que fuese difícil de quitar

El experimento fue realizado por Joel Crampton, Celine Frère y Dominique Potvin. El equipo capturó un macho adulto, dos hembras adultas y dos juveniles y les colocó unos dispositivos Lotek junto con sus correspondientes arneses. El conjunto pesaba unos 2,7 gramos, mientras que el GPS por sí solo pesaba menos de un gramo.
Había además una idea bastante ingeniosa detrás del diseño. En lugar de volver a capturar a las aves para recuperar los datos, los investigadores las habían acostumbrado a visitar una estación de alimentación donde podían descargarse inalámbricamente los registros.
El arnés incorporaba un único punto débil, pensado para soltarse al entrar en contacto con un imán de esa estación. Para romperlo sin el mecanismo, una urraca tendría que localizar precisamente esa sección y aplicar fuerza de forma bastante localizada. Eso es prácticamente lo que hicieron.
Los científicos observaron directamente a cuatro de las aves manipulando los arneses. En uno de los casos, dos ejemplares llegaron a caer de una línea eléctrica mientras intentaban liberar a uno de ellos y, en lugar de abandonar, se trasladaron a un árbol cercano y continuaron con la operación.
Un experimento sobre movimientos terminó convirtiéndose en uno sobre cooperación

Para los autores, el comportamiento requiere al menos cierto grado de resolución de problemas y cooperación. Las urracas tenían que identificar qué parte del objeto impedía liberarlo y, más llamativamente, intervenir sobre el cuerpo de otro individuo sin obtener una recompensa inmediata. Eso llevó a los investigadores a hablar de un posible comportamiento de «rescate», algo documentado en muy pocas especies de aves. Hasta donde pudieron comprobar, era además el primer caso publicado de aves retirando dispositivos de rastreo de otros miembros de su misma especie.
No significa necesariamente que las urracas comprendieran qué era un GPS ni que estuvieran organizando deliberadamente una fuga colectiva. Los autores plantearon explicaciones más prudentes: podían haber percibido el arnés como un objeto extraño similar a un parásito, o estar respondiendo al estrés de sus compañeros mediante conductas sociales de acicalamiento.
Hay otro detalle curioso. La urraca australiana recibe ese nombre por su parecido blanco y negro con las urracas europeas, pero ni siquiera pertenece a la familia de los córvidos. Aun así, es una especie social conocida por sus capacidades para resolver problemas y por vivir en grupos cooperativos.
Los investigadores querían utilizar la tecnología para descubrir qué hacían aquellas aves cuando nadie miraba. Las urracas terminaron enseñándoles algo mucho antes de que pudieran empezar a seguirlas.