Una computadora vieja puede parecer poco más que plástico, cables y placas sin valor. Sin embargo, escondidos entre sus componentes existen pequeñas cantidades de cobre, cobalto, plata y también oro.
No están allí por lujo. El oro conduce muy bien la electricidad, resiste la corrosión y resulta especialmente útil en contactos, conectores y otros componentes electrónicos donde la fiabilidad es fundamental.
El problema aparece cuando millones de dispositivos llegan al final de su vida útil. Buena parte de esos metales termina en la basura electrónica y recuperarlos puede requerir procesos costosos, mucha energía y sustancias químicas agresivas.
Investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich —ETH Zurich— desarrollaron una alternativa sorprendente: fabricar una especie de esponja con un residuo de la producción de queso y utilizarla para atrapar el oro de antiguas placas electrónicas.

De 20 placas base salió una pequeña pepita de oro
El equipo tomó componentes metálicos procedentes de 20 placas base de computadoras antiguas y los disolvió en una solución ácida para convertir los distintos metales en iones.
Después introdujo en la mezcla una esponja formada por nanofibrillas de proteínas.
Estas estructuras tienen una afinidad especialmente elevada por los iones de oro. Aunque otros metales también pueden quedar adheridos, el oro se une a las fibras con mucha mayor facilidad.
Una vez cargada, la esponja fue calentada. Los iones se transformaron nuevamente en pequeñas escamas metálicas que posteriormente pudieron fundirse.
El resultado fue una diminuta pepita de unos 450 miligramos, compuesta por aproximadamente un 91% de oro y un 9% de cobre. Esa pureza equivale a cerca de 22 quilates.
La parte más extraña procede de fabricar queso
La esponja no utiliza un material sintético extremadamente sofisticado. Los investigadores la fabricaron a partir de proteínas del suero de leche, un subproducto generado en grandes cantidades durante la elaboración de queso.
Las proteínas fueron desnaturalizadas mediante calor y condiciones ácidas hasta formar unas estructuras alargadas conocidas como fibrillas amiloides. Después se creó con ellas un gel que, tras secarse, se convirtió en un aerogel poroso capaz de capturar el oro.
De esta forma, el procedimiento aprovecha simultáneamente dos residuos: basura procedente de la industria electrónica y un subproducto de la industria alimentaria. El trabajo fue publicado en Advanced Materials.
No había 34.000 dólares escondidos en esas computadoras
Aquí aparece uno de los datos que más se ha deformado al circular por internet.
Los investigadores no recuperaron oro por valor de 34.000 dólares. Obtuvieron una pepita de 450 miligramos que además no era completamente de oro puro. Su valor económico es de apenas unas decenas de dólares y varía con la cotización internacional del metal.
Lo extraordinario está en el coste del procedimiento. Según los cálculos del equipo, el coste combinado de los materiales utilizados y de la energía necesaria para el proceso podría ser aproximadamente 50 veces inferior al valor del oro recuperado.
Tampoco es correcto afirmar que basta con triturar un televisor o una computadora para obtener una pepita. La concentración depende enormemente del tipo y la antigüedad de los componentes, y el procedimiento requiere tratamientos químicos que no deben realizarse en casa.
La basura electrónica se está convirtiendo en una mina urbana
El objetivo de los investigadores es ahora desarrollar el método hasta hacerlo viable a mayor escala. También estudian utilizarlo sobre residuos generados durante la fabricación de microchips y procesos industriales de recubrimiento con oro.
La tecnología todavía necesita pasar del laboratorio a instalaciones industriales, pero demuestra por qué los aparatos electrónicos desechados empiezan a verse como auténticas minas urbanas.
Una computadora vieja no contiene una fortuna. Lo que sí ocurre es que millones de computadoras, teléfonos y placas electrónicas juntas almacenan toneladas de materiales valiosos que hoy seguimos desechando.
Y para recuperar parte de ese oro, una de las herramientas más prometedoras podría terminar procediendo de algo tan cotidiano como fabricar queso.