Groenlandia no es solo una isla cubierta de hielo. Es una pieza clave del tablero geopolítico que ha obsesionado a Estados Unidos durante más de cien años. Lo que parece un terreno inhóspito, en realidad ha sido codiciado por su ubicación estratégica, sus recursos minerales y su papel en conflictos globales. Pero cada intento por apropiarse de ella ha encontrado la misma respuesta: resistencia.
Una fascinación que comenzó con la compra de Alaska

El interés de Estados Unidos por Groenlandia no es nuevo. Comenzó a finales del siglo XIX, cuando el secretario de Estado William Seward, tras comprar Alaska a Rusia, fijó su mirada en la isla ártica. Encargó un informe en 1868 que destacaba su potencial pesquero y mineral. Incluso creía que obtener Groenlandia podría ejercer presión sobre Canadá para que se uniera a Estados Unidos.
Sin embargo, aquel primer intento ignoró un aspecto fundamental: la población indígena que habitaba la isla desde hacía siglos, con profundas raíces culturales, sociales y económicas. La visión estadounidense fue puramente estratégica, y eso marcaría todos los intentos posteriores.
La Segunda Guerra Mundial: de la vigilancia al control

Groenlandia volvió al centro del interés estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Con Dinamarca ocupada por los nazis en 1940, Washington activó su Doctrina Monroe y firmó un acuerdo con el embajador danés en 1941 para instalar bases militares en la isla. La criolita, un mineral clave para fabricar aviones, y las estaciones meteorológicas, esenciales para planificar operaciones militares, reforzaron su importancia.
Al terminar la guerra, los daneses esperaban que los estadounidenses se retiraran. Pero Estados Unidos no tenía intención de irse. La ubicación de Groenlandia entre América y Europa la convertía en una plataforma ideal para la defensa en plena Guerra Fría.
La propuesta secreta de oro y el rechazo danés

En 1946, Washington dio un paso más. Según registros desclasificados, ofreció 100 millones de dólares en oro por la compra de Groenlandia y también consideró intercambiar territorios ricos en petróleo en Alaska. El argumento era claro: la isla era “indispensable para la seguridad” frente a la Unión Soviética.
Pero esta vez la reacción danesa fue contundente. “Aunque le debemos mucho a Estados Unidos, no creo que les debamos toda la isla”, dijo el ministro danés de Exteriores. La oferta no prosperó y el intento fue silenciado durante décadas, hasta que fue revelado en 1991 por un periódico danés.
En 1951, Dinamarca y EE.UU. firmaron un nuevo acuerdo que permitió a los estadounidenses seguir operando bases militares, ahora bajo el paraguas de la OTAN. Esto consolidó la presencia estadounidense durante la Guerra Fría, sin necesidad de poseer la isla.
Hoy, con el Ártico calentándose y abriendo nuevas rutas marítimas y recursos por explotar, Groenlandia vuelve al foco geopolítico. Pero la respuesta sigue siendo firme: “Groenlandia pertenece al pueblo de Groenlandia”, sentenció en redes sociales la primera ministra Múte Egede. “Nuestra lucha por la independencia es asunto nuestro”.
Greenland’s Prime Minister Múte Egede said he has no interest in Greenland becoming part of the U.S., insisting that the island is not for sale.https://t.co/HdPnMlvcVV
— Globalnews.ca (@globalnews) January 7, 2025
Lo que para muchos parece solo un desierto blanco, para otros sigue siendo la joya más estratégica del norte. Y el capítulo final de esta historia, aún no está escrito.
[Fuente: National Geographic]