A simple vista, Andrómeda no parece una galaxia en retirada. Sus brazos espirales todavía contienen gas, polvo y enormes regiones donde nacen estrellas. Tampoco está muerta ni cerca de convertirse en una colección inmóvil de astros antiguos. Sin embargo, algo importante lleva medio millón de milenios apagándose en su interior.
Un estudio elaborado a partir de observaciones del telescopio espacial Hubble revela que la tasa de formación estelar de Andrómeda ha caído alrededor de un 80% durante los últimos 500 millones de años. En aquel momento convertía cada año material equivalente aproximadamente a la masa del Sol en nuevas estrellas. En la actualidad, apenas alcanza una quinta parte de esa cantidad.
La caída tampoco ha sido uniforme. El descenso se volvió mucho más acusado durante los últimos 40 millones de años y parece concentrarse especialmente en un enorme anillo situado a unos 32.000 años luz del centro galáctico. Allí se encontraba buena parte de la actividad reciente de Andrómeda. Ahora esa gigantesca guardería cósmica está perdiendo fuerza.
Hubble leyó la historia de Andrómeda estrella por estrella

Estudiar una galaxia no consiste únicamente en fotografiarla y contar sus puntos luminosos. Las estrellas funcionan como un archivo: su masa, color, brillo y temperatura permiten estimar cuándo se formaron y qué estaba sucediendo en su entorno durante aquella época.
Las estrellas grandes y azules viven rápido y desaparecen en pocos millones de años. Por eso, encontrar muchas en una región indica que allí hubo nacimientos estelares recientemente. Las más pequeñas y rojizas pueden sobrevivir durante miles de millones de años, de manera que dominan las zonas donde la formación de nuevos astros lleva tiempo debilitándose.
El equipo combinó dos de los grandes estudios panorámicos realizados por Hubble: PHAT y PHAST. Juntos cubren cerca de dos tercios del disco de Andrómeda y permitieron analizar individualmente alrededor de 200 millones de estrellas.
Después, los investigadores dividieron el mapa galáctico en miles de cuadrados de unos 300 años luz de lado. Cada parcela se convirtió en una pequeña excavación arqueológica: al comparar las poblaciones estelares, pudieron reconstruir cómo había cambiado la actividad durante los últimos 500 millones de años.
El resultado muestra una desaceleración prolongada. Hace 500 millones de años, la galaxia formaba cerca de una masa solar de estrellas al año. Hace 40 millones de años, la cifra había caído aproximadamente a la mitad. Desde entonces se desplomó hasta las 0,2 masas solares anuales actuales.
Andrómeda no se quedó sin gas: simplemente dejó de aprovecharlo

La explicación más evidente sería pensar que Andrómeda está agotando su materia prima. Las estrellas nacen cuando grandes nubes de gas frío colapsan bajo su propia gravedad; sin suficiente combustible, la producción termina deteniéndose.
Sin embargo, los datos no indican que esa sea la causa principal. La galaxia aún conserva material con el que formar estrellas. Lo que parece estar ocurriendo es una pérdida progresiva de eficiencia tras un periodo especialmente activo de su historia.
Hace unos 2.000 millones de años, Andrómeda atravesó una gran explosión de formación estelar, posiblemente provocada por una interacción o fusión con otra galaxia. Desde entonces, la actividad ha ido disminuyendo. Tobin Wainer, autor principal del estudio y astrónomo de la Universidad de Washington, lo compara con la pausa posterior a correr una maratón: la galaxia todavía puede continuar, pero necesita recuperar el aliento.
Gran parte del descenso procede de su conocido anillo de formación estelar. Esa estructura, situada a unos 32.000 años luz del núcleo, concentra numerosas nubes de gas y estrellas jóvenes. Al desacelerarse allí los nacimientos, la tasa global de Andrómeda también se hunde. En otras palabras, no todas sus fábricas se están apagando al mismo tiempo. Se está debilitando precisamente la región que soportaba buena parte de la producción.
M32 estaba demasiado cerca como para no levantar sospechas
El estudio también señala a una posible responsable: M32, una pequeña galaxia satélite que aparece junto al disco de Andrómeda. Vista desde la Tierra, M32 se encuentra separada de su enorme vecina por unos 16.000 años luz. Su posición tridimensional exacta, sin embargo, todavía no se conoce con suficiente precisión. Eso impide determinar cuándo atravesó o se aproximó al disco de Andrómeda y qué consecuencias pudo tener ese encuentro.
La pista está en la distribución de la caída. La región de Andrómeda próxima a M32 presenta una reducción de la formación estelar mayor que otras zonas. Allí, la desaceleración habría comenzado hace unos 60 millones de años, una fecha que podría ayudar a reconstruir una antigua interacción entre ambas galaxias.
Por ahora, los astrónomos no pueden afirmar que M32 sea la culpable. La coincidencia espacial y temporal la convierte en la sospechosa más evidente, pero todavía falta demostrar que su paso alteró el gas, desestabilizó el anillo o expulsó parte del material necesario para fabricar estrellas.
Andrómeda no está muriendo y seguirá produciendo astros durante mucho tiempo. Lo fascinante es que Hubble ha conseguido ver cómo una galaxia gigantesca cambia de ritmo casi en directo. Para el universo, 500 millones de años no son una eternidad: son el momento preciso en que nuestra gran vecina comenzó a apagar las luces.