La última vez que humanos viajaron más allá de la órbita baja terrestre fue en 1972, durante el programa Apolo. Más de medio siglo después, ese paréntesis está a punto de cerrarse. NASA ha fijado el 6 de marzo como la fecha más temprana posible para el lanzamiento de Artemis II, el primer vuelo tripulado que rodeará la Luna en esta nueva era.
No será un alunizaje. Pero será mucho más que un simple sobrevuelo.
Un ensayo que lo cambia todo

Artemis II será el primer vuelo tripulado del gigantesco cohete Space Launch System (SLS), un lanzador de 98 metros que debutó sin astronautas en 2022. En aquella ocasión, la cápsula Orion orbitó la Luna y regresó para validar su escudo térmico y sistemas de navegación.
Ahora, esa misma nave transportará a cuatro astronautas —Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y el canadiense Jeremy Hansen— en una misión de diez días que los llevará por detrás del satélite y de regreso a la Tierra.
Antes del anuncio oficial, la NASA superó una prueba crítica: el llamado “ensayo general húmedo”, en el que el cohete fue cargado con propelentes criogénicos y se ejecutó la secuencia completa de cuenta regresiva. Un intento previo había fallado por una fuga de hidrógeno. Resolver ese problema era indispensable. Sin esa validación, no había misión.
Diez días que marcarán el futuro lunar

El plan es milimétrico. El primer día se mantendrán en órbita terrestre para comprobar todos los sistemas. Si todo funciona como previsto, encenderán el motor principal y comenzarán un viaje de unos cuatro días hacia la Luna.
La trayectoria los llevará por el llamado “lado oculto”, la región que no puede observarse desde la Tierra. Pasarán a una distancia de entre 6.500 y 9.500 kilómetros de la superficie lunar antes de iniciar el regreso, que culminará con un amerizaje en el Pacífico.
No habrá descenso, pero sí algo igual de importante: la validación real de un sistema diseñado para sostener misiones humanas en el espacio profundo.
Mucho más que una misión técnica

Artemis II es el paso previo indispensable para Artemis III, el programa que debería devolver astronautas a la superficie lunar hacia 2028. Para lograrlo, la NASA depende de un módulo de aterrizaje desarrollado por SpaceX, que utilizará su cohete Starship, aún en fase de pruebas.
Los retrasos acumulados obligaron a la agencia a exigir planes simplificados y alternativas. También ha solicitado propuestas a Blue Origin, buscando reforzar la arquitectura lunar y reducir riesgos.
Pero el verdadero trasfondo no es solo tecnológico. Es estratégico.
La Luna vuelve a ser territorio en disputa
Mientras Estados Unidos reactiva su programa lunar, China avanza con su propio plan tripulado y proyecta un alunizaje hacia 2030. Ambas potencias apuntan al polo sur lunar, una región clave por la posible presencia de hielo de agua en cráteres permanentemente en sombra.
Ese hielo no es solo un recurso científico: puede convertirse en agua potable, oxígeno respirable y combustible para futuras misiones. Quien controle esa infraestructura dará el siguiente paso hacia bases permanentes y, eventualmente, hacia Marte.
Artemis II, en ese contexto, es una señal política tan potente como científica.
Si el 6 de marzo el SLS despega sin contratiempos, comenzará oficialmente una nueva etapa en la exploración espacial. No será tan espectacular como el Apolo 11, pero podría ser igual de decisiva.
Porque después de medio siglo mirando la Luna desde lejos, la humanidad vuelve a acercarse. Y esta vez, no se trata solo de plantar una bandera, sino de quedarse.
[Fuente: Página 12]