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El 23 de junio, doce niños de entre 13 y 16 años se adentraron junto a su entrenador en el complejo de cuevas Tham Luang, al norte de Tailandia, para escribir su nombre en una pared. Era parte de un ritual de iniciación de su club de fútbol. La lluvia anegó el camino y quedaron atrapados. Hasta esta semana.

Ocho niños han salido ya de la cueva gracias a una labor de rescate en la que participan desde hace semanas decenas de militares y expertos. No está siendo fácil. La mayoría de los niños no sabe nadar (algo común en Tailandia) y el camino de vuelta tiene partes tan estrechas que los buzos se ven obligados a separarse momentáneamente de sus tanques de oxígeno para avanzar. La muerte de uno de los rescatistas militares ilustra de forma trágica el peligro.

Pero los niños están saliendo con seguridad. Un equipo de 10 buceadores practicó la extracción durante días y les enseñó técnicas de buceo al tiempo que las bombas drenaban el 40% del agua que había en la cueva. Desde el domingo han salido cuatro niños por día. Llevan una máscara de cara completa conectada a un tanque, y van atados y abrazados por los buzos.

Cada niño tarda tres horas en recorrer el sinuoso pasillo de cuatro kilómetros que conduce a la entrada de la cueva. El primer kilómetro es el más peligroso: algunas partes se estrechan hasta los 70 centímetros y deben cruzarse de uno en uno, sin tanque de oxígeno. Después, el camino se vuelve considerablemente más fácil: las bombas de drenaje han secado varias partes que antes estaban inundadas y ahora pueden hacerse a pie.

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Cuando salen, los niños son puestos en cuarentena para evitar que contraigan infecciones por su debilitado estado de salud (o contagien a otros de los posibles patógenos que traen de la cueva). Luego son transportados a un hospital de Chiang Rai para una evaluación médica. Según las autoridades, tienen hambre pero gozan de buena salud.

Hoy en la cueva quedan cuatro niños y el entrenador de fútbol, de 25 años, que está especialmente débil porque cedió su comida a los niños en los primeros días de esta pesadilla. Aunque no hay comunicación telefónica con ellos, los buzos les permiten mandar notas manuscritas a sus familias. Pipat “Nick” Poti, de 15 años, escribió:

“Mamá, papá, los quiero (y también a mi hermanita Toi). Si salgo, por favor, llévenme a comer barbacoa de cerdo. Los amo, papá, mamá”.

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[Univision Noticias]