Hay rincones de la Patagonia donde la naturaleza todavía guarda secretos difíciles de encontrar, incluso para quienes llevan años estudiando sus ecosistemas. En algunos humedales, entre bosques fríos, arroyos y aguas alimentadas por el deshielo, vive un pequeño anfibio del que todavía conocemos sorprendentemente poco. Y, en esta ocasión, su descubrimiento ocurrió casi por accidente.
Un guardaparque del Parque Nacional Los Glaciares, en Santa Cruz, estaba realizando una inspección para detectar la presencia de un alga invasora cuando observó movimientos inesperados bajo el agua. Lo que parecía una simple recorrida de vigilancia terminó proporcionando la primera evidencia documentada de un sitio activo de reproducción de la Ranita de Chaltén dentro de ese parque nacional.
El hallazgo, difundido por medios regionales, ofrece a los investigadores algo especialmente valioso: un lugar concreto donde estudiar el desarrollo de una especie cuya biología sigue rodeada de incógnitas.
Todo comenzó con una inspección que buscaba algo completamente diferente

Sergio Goitía, guardaparque de Los Glaciares, recorría cuerpos de agua próximos al sendero de Laguna Azul, en la Seccional Moyano, cuando detectó pequeñas formas que se movían bajo la superficie.
Su trabajo consistía en buscar rastros de Didymosphenia geminata, conocida como Didymo, una diatomea invasora que puede proliferar en los cursos de agua y alterar las comunidades acuáticas. Sin embargo, aquellos movimientos no tenían relación con el organismo que intentaba localizar.
Goitía capturó temporalmente algunos ejemplares, los fotografió en alta resolución y los devolvió inmediatamente al mismo ambiente. Las imágenes fueron examinadas posteriormente por Evangelina Soledad Vettese, de la Fundación Anfibia, y Diego Barrasso, investigador del IDEAus-CONICET.
El análisis confirmó que se trataba de larvas de Chaltenobatrachus grandisonae, una rana pequeña que habita ambientes húmedos de la Patagonia austral argentina y chilena. La clave estaba en su desarrollo. Los renacuajos se encontraban en estadios tempranos e intermedios, todavía sin patas posteriores desarrolladas. Su presencia constituye una prueba importante de que aquel ambiente, o algún cuerpo de agua conectado, está siendo utilizado para la reproducción.
Una rana tan difícil de encontrar que todavía desconocemos buena parte de su vida

La Ranita de Chaltén fue descrita científicamente en 1975 a partir de ejemplares recolectados en el sur de Chile. Desde entonces, sus registros han sido escasos y dispersos. Se trata de un anfibio asociado a humedales, bosques australes y cuerpos de agua fríos, muchas veces situados en regiones remotas y de difícil acceso.
En 2023, una investigación publicada en la revista Gayana recopiló 65 registros de presencia distribuidos en 33 localidades y amplió considerablemente el área de distribución conocida de la especie. Ese trabajo también documentó aspectos de su reproducción, incluyendo ejemplares adultos en apareamiento y renacuajos en pequeños cuerpos de agua. Por eso, el descubrimiento de Los Glaciares no constituye el primer sitio reproductivo conocido en toda la Patagonia, sino el primer registro confirmado de reproducción dentro de ese parque nacional.
Existe además otro detalle importante: aunque algunas noticias presentan al anfibio como una especie en peligro de extinción, la base de datos de Parques Nacionales recoge la categoría internacional de Preocupación Menor. En determinadas evaluaciones nacionales, en cambio, ha sido clasificada con información insuficiente. Esto no significa que esté libre de amenazas, sino que todavía existen vacíos importantes de conocimiento sobre sus poblaciones y su ecología.
El verdadero valor del descubrimiento está en lo que permitirá investigar ahora

Encontrar ejemplares adultos puede demostrar que una especie habita una zona. Pero identificar renacuajos permite ir un paso más allá: estudiar dónde completa parte de su ciclo reproductivo.
Para los científicos, esa diferencia es fundamental. A partir de este registro podrán realizarse monitoreos periódicos para determinar si la reproducción se repite, cuánto dura el desarrollo larvario y qué condiciones ambientales favorecen la supervivencia de los ejemplares jóvenes. También será posible examinar cómo responden estas poblaciones a las variaciones de temperatura, la disponibilidad de agua y las alteraciones de sus hábitats.
Los anfibios resultan especialmente relevantes en este contexto porque sus ciclos vitales dependen estrechamente de los ambientes acuáticos y terrestres. Su piel permeable y sus fases larvarias pueden hacerlos sensibles a determinadas perturbaciones ambientales. Pero el hallazgo no permite concluir, por sí solo, que el ecosistema esté en perfecto estado ni que la población de la especie esté aumentando.
Lo que sí proporciona es un punto de partida excepcional para investigar y proteger uno de los anfibios menos conocidos de la Patagonia. Y todo comenzó porque un guardaparque, mientras buscaba una amenaza para el ecosistema, decidió observar con más atención unos movimientos diminutos bajo el agua.