En muchos desiertos, el suelo no es solo arena suelta. Si se mira de cerca, a veces está cubierto por una fina capa oscura y rugosa, apenas de unos milímetros, que mantiene unidos los granos. No es tierra común: es una comunidad viva de microorganismos, conocida como costra biológica del suelo. Y en China, un grupo de científicos aprendió a fabricarla.
El trabajo se desarrolla en la estación experimental de Shapotou, en el borde del desierto de Tengger, en el noroeste del país. La estación, que depende de la Academia China de Ciencias, desarrolló una especie de semilla de cianobacterias que permite crear estas costras de forma artificial en terrenos arenosos.
Qué es una costra biológica

Las costras biológicas están formadas por cianobacterias, algas, musgos y líquenes que viven en la superficie del suelo. Según la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, cubren alrededor del 12% de la superficie terrestre del planeta, sobre todo en las zonas áridas.
Las cianobacterias son las pioneras de estas comunidades. Son microorganismos que hacen fotosíntesis y que se encuentran entre las formas de vida más antiguas de la Tierra: fueron responsables de llenar de oxígeno la atmósfera primitiva hace más de 2.000 millones de años. Al crecer, segregan sustancias pegajosas que unen las partículas de arena y forman una capa estable. Algunas especies, además, fijan el nitrógeno del aire, un nutriente esencial para las plantas.
Una vez formada, la costra reduce el movimiento de la arena con el viento, ayuda a retener la humedad y los nutrientes, y crea las condiciones para que otras plantas puedan establecerse. El problema es que, en la naturaleza, este proceso puede llevar muchísimo tiempo.
De un siglo a tres años
El equipo de Shapotou trabaja en el tema desde hace años. Primero desarrolló un método para rociar cianobacterias a presión sobre la arena, con el que logró reducir el tiempo de formación de la costra de unos 15 años a uno o dos, con una tasa de supervivencia superior al 60%.
El nuevo avance es una versión sólida de ese inóculo. Los investigadores mezclan una solución de cianobacterias con materia orgánica y partículas finas hasta formar una pasta que luego se endurece. Esas semillas son fáciles de transportar y se pueden esparcir sobre el desierto sin equipos complejos. Cuando llueve, las cianobacterias se activan y comienzan a formar la costra.
Según Zhao Yang, subdirector de la estación, la técnica permite reducir el tiempo necesario para fijar la arena de un desierto de unos cien años a unos tres. Zhao comparó el proceso de mezcla con el del cemento: requiere la proporción y el método de mezclado exactos. China planea usarla para rehabilitar entre 5.300 y 6.700 hectáreas en los próximos cinco años, dentro del programa de cinturones forestales de los Tres Nortes, conocido como la Gran Muralla Verde.
Una alternativa a plantar árboles
La técnica tiene un interés especial porque la estrategia tradicional de China contra la desertificación, basada en plantar millones de árboles, recibió críticas. En zonas muy secas, muchos árboles mueren o consumen agua subterránea que el ecosistema necesita. Las costras biológicas, en cambio, son parte natural de los ambientes áridos y no compiten por el agua de la misma manera.
La idea no es exclusiva de China. La restauración con costras biológicas se investiga en distintas regiones áridas del mundo, y la Convención de la ONU contra la Desertificación la incluye entre sus herramientas para combatir las tormentas de arena y polvo. Recomienda, ante todo, proteger las costras existentes del pastoreo, los vehículos y el pisoteo, ya que destruirlas es mucho más fácil que recuperarlas.
Los desafíos siguen siendo importantes. Las costras artificiales necesitan tiempo para madurar y alcanzar toda su eficacia, y las variaciones de lluvia y temperatura pueden hacer fracasar la restauración. Pero si la técnica funciona a gran escala, uno de los organismos más antiguos del planeta podría convertirse en un aliado clave para frenar el avance de los desiertos.