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Ciencia

Los científicos llevaban 30 años intentando explicar por qué podemos ver los detalles con tanta precisión. Una molécula derivada de la vitamina A acaba de cambiar la respuesta

Investigadores de Johns Hopkins cultivaron tejido de retina humana en el laboratorio y descubrieron cómo algunas células cambian su función antes del nacimiento. El hallazgo podría abrir nuevas vías para tratar la pérdida de visión.
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Leer las letras diminutas de una pantalla, reconocer un rostro a lo lejos o distinguir los detalles de una fotografía son tareas que realizamos prácticamente sin pensar. Sin embargo, todas dependen de una pequeña región del ojo cuya formación ha desconcertado a los científicos durante décadas. Ahora, investigadores de la Universidad Johns Hopkins, en Estados Unidos, descubrieron que parte de esa capacidad se construye antes del nacimiento mediante una transformación celular que nadie había conseguido explicar correctamente.

La clave está en una molécula derivada de la vitamina A y en las hormonas tiroideas. Ambas intervienen en el desarrollo de los conos, unas células de la retina responsables de la visión diurna y de distinguir colores. Lo sorprendente es que algunas de esas células no se desplazan hacia otras regiones del ojo, como se creía, sino que cambian su identidad.

El hallazgo, publicado en febrero de 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences, cuestiona una explicación aceptada durante unos 30 años y podría ayudar a desarrollar futuras terapias contra enfermedades que destruyen las células de la visión.

Una pequeña región de la retina es responsable de buena parte de lo que vemos

Los científicos llevaban 30 años intentando explicar por qué podemos ver los detalles con tanta precisión. Una molécula derivada de la vitamina A acaba de cambiar la respuesta
Imagen de microscopía de fluorescencia de una retina humana cultivada en laboratorio. Los colores identifican diferentes tipos de fotorreceptores, incluidos los conos responsables de la visión diurna y los bastones que intervienen en condiciones de poca luz. © Sarah Hadyniak/Johns Hopkins University.

Los investigadores centraron su atención en la fovéola, una diminuta zona situada en el centro de la retina que permite apreciar los detalles más finos. Aunque ocupa una fracción muy pequeña de su superficie, participa de manera decisiva en nuestra percepción visual. En esa región predominan dos tipos de conos, sensibles a longitudes de onda largas y medias, que suelen denominarse conos rojos y verdes. Los conos azules, en cambio, se distribuyen principalmente fuera de esta zona central.

Durante décadas, los científicos intentaron explicar cómo se conseguía una organización tan precisa. La teoría dominante sostenía que los conos azules aparecían inicialmente en el centro y después migraban hacia otras partes de la retina. Para comprobarlo, el equipo de Robert J. Johnston Jr. desarrolló organoides retinianos, pequeños conjuntos de tejido humano cultivados en el laboratorio que reproducen aspectos del desarrollo del ojo.

Los investigadores observaron su evolución durante varios meses, analizando cuándo aparecían los diferentes fotorreceptores y cómo cambiaba su identidad. Según el comunicado oficial de Johns Hopkins, los experimentos revelaron que la distribución final de los conos no dependía únicamente de su desplazamiento, sino de un proceso coordinado de transformación celular.

La vitamina A y las hormonas tiroideas trabajan juntas para construir nuestra visión

Los científicos llevaban 30 años intentando explicar por qué podemos ver los detalles con tanta precisión. Una molécula derivada de la vitamina A acaba de cambiar la respuesta
Sección de un organoide retiniano humano desarrollado a partir de células madre. Estas estructuras reproducen distintas capas de la retina y permiten estudiar cómo se forman las células sensibles a la luz. © National Institutes of Health (NIH).

La transformación comienza durante una etapa muy temprana del desarrollo fetal. Entre las semanas 10 y 12 aparecen algunos conos azules en la zona donde se formará la fovéola. Sin embargo, hacia la semana 14, parte de esas células adquiere características propias de los conos rojos y verdes.

Los investigadores identificaron dos mecanismos que contribuyen a este proceso. Primero, la degradación local del ácido retinoico, una molécula derivada de la vitamina A, reduce la formación de nuevos conos azules. Después, la señalización de las hormonas tiroideas favorece que los conos azules restantes adopten identidades asociadas a la percepción de longitudes de onda rojas y verdes. Esta coordinación permite establecer la distribución especializada de fotorreceptores que necesita la visión central.

La investigación resulta especialmente importante porque los ojos de los ratones y otros animales utilizados habitualmente en los laboratorios no desarrollan exactamente la misma organización que la retina humana. Por eso, los organoides permitieron estudiar un proceso que había sido difícil de reproducir con los modelos experimentales tradicionales.

El estudio original de Katarzyna Hussey y sus colaboradores aporta pruebas de un mecanismo de especificación y transición de identidad celular, aunque los autores reconocen que todavía no pueden descartar por completo otros procesos durante el desarrollo.

El descubrimiento podría ayudar a reparar retinas dañadas en el futuro

Los científicos llevaban 30 años intentando explicar por qué podemos ver los detalles con tanta precisión. Una molécula derivada de la vitamina A acaba de cambiar la respuesta
Microfotografía de fotorreceptores de un organoide retiniano, identificados mediante marcadores fluorescentes. Los investigadores utilizan estas técnicas para estudiar la maduración de las células encargadas de transformar la luz en señales nerviosas. © Felix Wagner / Technische Universität Dresden.

Comprender cómo se forman los conos tiene consecuencias que van más allá de explicar por qué vemos ciertos colores. La fovéola es una región especialmente importante en enfermedades como la degeneración macular, que puede destruir progresivamente la visión central y dificultar actividades cotidianas como leer o reconocer rostros. Si los investigadores consiguen reproducir con precisión la formación de los distintos tipos de fotorreceptores, podrían desarrollar tejidos retinianos más especializados para futuros tratamientos de reemplazo celular.

El objetivo a largo plazo sería cultivar células capaces de integrarse en una retina dañada y recuperar parte de su funcionamiento. Sin embargo, todavía faltan experimentos para demostrar que estos tejidos pueden trasplantarse de forma segura y restablecer la visión en pacientes. Tampoco significa que consumir más vitamina A mejore la vista. El estudio analiza señales moleculares durante el desarrollo fetal, no los efectos de tomar suplementos vitamínicos. Las dosis elevadas de vitamina A pueden resultar perjudiciales.

El descubrimiento aporta algo más fundamental: una explicación de cómo el organismo organiza determinadas células para construir la capacidad de observar el mundo con precisión. Y demuestra que, incluso después de décadas estudiando el ojo humano, todavía quedan procesos esenciales por comprender.

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