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Ciencia

Durante años buscamos el “agua” de la Tierra mirando a los océanos. Un estudio sugiere que la mayor reserva de hidrógeno está enterrada en el núcleo del planeta

El hidrógeno, ingrediente básico del agua y de la vida, podría encontrarse en cantidades colosales en el centro mismo de la Tierra. Un nuevo trabajo apunta a que el núcleo metálico del planeta almacena un volumen de este elemento muy superior al de los océanos superficiales, obligándonos a repensar cómo y cuándo llegó el agua a nuestro mundo.
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Cuando pensamos en el agua de la Tierra, la imagen es inmediata: océanos que cubren la mayor parte de la superficie, nubes, glaciares, ríos. Parece lógico suponer que ahí está la mayor parte del hidrógeno del planeta, el ingrediente esencial que da forma al agua y a buena parte de la química de la vida. Sin embargo, una nueva línea de investigación apunta a una idea mucho más contraintuitiva: la principal reserva de hidrógeno de la Tierra podría no estar en la superficie, sino atrapada en el corazón metálico del planeta.

El interior de la Tierra como almacén invisible

Durante años buscamos el “agua” de la Tierra mirando a los océanos. Un estudio sugiere que la mayor reserva de hidrógeno está enterrada en el núcleo del planeta
© Universidad de Pekín.

El núcleo terrestre es un entorno que no podemos observar directamente. Se encuentra a miles de kilómetros bajo nuestros pies, sometido a presiones y temperaturas que superan cualquier experiencia cotidiana. Tradicionalmente se lo ha descrito como una gigantesca esfera de hierro y níquel fundidos, responsable de generar el campo magnético que protege a la Tierra del viento solar. Lo que ahora empieza a emerger es una imagen más compleja: ese océano metálico podría estar “cargando” hidrógeno en cantidades enormes.

Según explican los científicos en Nature Communications, la idea no es que exista agua líquida en el núcleo, sino que el hidrógeno —uno de los componentes del agua— se disuelve en el metal bajo condiciones extremas. En ese entorno, el hidrógeno deja de comportarse como un gas ligero y se integra en la estructura del hierro fundido. El resultado sería un reservorio invisible, inaccesible, pero potencialmente colosal.

Un giro en la historia del origen del agua

Este planteamiento tiene consecuencias profundas para una de las grandes preguntas de la geología planetaria: de dónde viene el agua de la Tierra. Durante años se ha debatido si la mayor parte del agua llegó después de la formación del planeta, transportada por cometas y asteroides ricos en hielo, o si ya estaba presente desde el principio en los materiales que formaron la Tierra.

Si el núcleo retuvo grandes cantidades de hidrógeno desde las primeras fases del planeta, eso sugiere que el agua no fue solo un “regalo tardío” del espacio exterior, sino una consecuencia directa de cómo se ensambló la Tierra. El planeta habría incorporado su propio stock de hidrógeno desde el inicio, quedando gran parte de él atrapado en el interior profundo.

Cómo se mide lo que no se puede ver

El gran desafío es evidente: no podemos perforar hasta el núcleo para comprobarlo. Los científicos recurren a experimentos de laboratorio que intentan reproducir las condiciones extremas del interior terrestre. Usando presiones gigantescas y temperaturas elevadas, se observa cómo el hidrógeno interactúa con el hierro y otros elementos bajo escenarios que imitan, de forma aproximada, lo que ocurre a miles de kilómetros de profundidad.

Estas aproximaciones no están exentas de incertidumbre. Medir hidrógeno es especialmente complicado porque es el elemento más ligero y tiende a escaparse de las muestras experimentales. Aun así, las nuevas técnicas de análisis a escala atómica permiten empezar a poner números a algo que antes solo se podía intuir de forma indirecta.

Un planeta con “océanos” que no vemos

Durante años buscamos el “agua” de la Tierra mirando a los océanos. Un estudio sugiere que la mayor reserva de hidrógeno está enterrada en el núcleo del planeta
© ChatGPT.

Si la hipótesis es correcta, la Tierra sería, en cierto modo, un planeta con múltiples capas de agua potencial: una pequeña fracción visible en la superficie, otra almacenada en el manto y una reserva gigantesca en el núcleo. No se trata de océanos como los conocemos, sino de hidrógeno integrado en materiales sólidos y líquidos bajo condiciones extremas. Pero el impacto conceptual es potente: lo que vemos en la superficie podría ser solo una mínima parte del inventario total de hidrógeno del planeta.

Esta visión cambia la forma en que entendemos la estructura interna de la Tierra. El núcleo ya no sería solo el motor del campo magnético, sino también un archivo químico de los primeros momentos del planeta, donde quedaron atrapados elementos clave para la historia del agua y, en última instancia, de la vida.

Lo que aún no sabemos

Como ocurre con cualquier modelo indirecto, quedan preguntas abiertas. Cuánta cantidad exacta de hidrógeno hay realmente en el núcleo, cómo se distribuye entre las distintas capas internas del planeta y qué papel jugó ese reservorio en la evolución térmica y magnética de la Tierra son cuestiones que todavía se están afinando. También está por ver cuánto hidrógeno pudo escapar del núcleo hacia el manto y la superficie a lo largo de miles de millones de años.

Lo que sí empieza a quedar claro es que el agua de la Tierra no es solo una historia de océanos y lluvias. Es una historia profunda, enterrada en la estructura misma del planeta. Y eso nos recuerda algo incómodo: gran parte de lo que define a nuestro mundo —su agua, su campo magnético, su habitabilidad— se decide en regiones a las que nunca podremos viajar, pero que condicionan todo lo que ocurre en la superficie.

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