Durante millones de años, las huellas permanecieron ocultas bajo capas de roca y sedimento, invisibles incluso para quienes trabajaban sobre ellas. Hasta que este verano, en una cantera del condado inglés de Oxfordshire, los paleontólogos descubrieron lo impensable: un camino fosilizado de casi 200 metros, formado por los pasos de un dinosaurio que cruzó esa antigua llanura hace 166 millones de años.
El hallazgo de un sendero jurásico

El descubrimiento se produjo en la cantera de Dewars Farm, al norte de Oxford, un terreno que hoy parece inerte pero que en el Jurásico medio fue una planicie húmeda bañada por ríos y mares poco profundos. Allí, un equipo del Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford y la Universidad de Birmingham excavó durante meses hasta exponer una secuencia de huellas gigantescas.
A principios de año ya habían aparecido 150 metros de rastros, pero el trabajo más reciente reveló algo excepcional: una línea continua de impresiones de casi 200 metros, una de las más largas jamás registradas. Las marcas, perfectamente delineadas, corresponden a un saurópodo, un dinosaurio herbívoro de cuello y cola largos, y cuerpo colosal.
“Estas huellas son increíblemente grandes”, explicó Emma Nicholls, conservadora del Museo de Historia Natural de Oxford. “Probablemente pertenecen a un Cetiosaurus, un dinosaurio que sabemos que habitó esta región”.
El gigante británico
El Cetiosaurus fue uno de los primeros dinosaurios descritos científicamente en el Reino Unido y uno de los gigantes más antiguos conocidos. Podía alcanzar los 18 metros de largo y pesar hasta 20 toneladas, con un cuello lo bastante largo como para alimentarse de la vegetación alta sin moverse demasiado.
Cada una de sus pisadas, impresa en la roca jurásica, mide cerca de un metro de diámetro y conserva detalles del barro original donde el animal caminó. La paleontóloga Kirsty Edgar, de la Universidad de Birmingham, lo resumió con asombro: “Estamos descubriendo algo nunca antes visto. Es muy raro encontrar un rastro tan grande y tan bien preservado.”
El hallazgo permite reconstruir no solo el tamaño, sino también la dirección y velocidad del desplazamiento.
Un paseo a dos metros por segundo

El profesor Peter Falkingham, de la Universidad John Moores de Liverpool, utilizó escáneres 3D para recrear digitalmente el recorrido del saurópodo. Su conclusión sorprendió a muchos: el dinosaurio no corría ni huía, simplemente caminaba a paso firme, a unos dos metros por segundo, una velocidad similar a la de un humano apresurado.
“En este caso, es un paseo”, explicó Falkingham. “Un animal de ese tamaño no necesita correr: su masa lo mueve con una energía constante”.
Cada zancada medía entre 2,5 y 3 metros, lo que indica un andar regular sobre terreno húmedo, probablemente junto a una antigua línea costera.
Las rocas que guardan movimiento
La mayoría de lo que sabemos sobre los dinosaurios proviene de sus huesos, pero las huellas ofrecen otro tipo de información: son instantáneas del comportamiento. En este caso, el rastro de Oxfordshire no solo muestra el tamaño y la velocidad, sino también el patrón de pisada, la orientación del cuerpo y la textura del suelo que lo sostuvo.
“El sedimento actúa como una cámara del tiempo”, explicó Richard Butler, profesor de Paleobiología en Birmingham. “Nos dice cómo vivían estos animales y cómo era su entorno hace millones de años”.
El análisis del barro fosilizado reveló una superficie blanda y saturada de agua, ideal para registrar el paso del gigante antes de endurecerse y convertirse en piedra. A su alrededor, se han encontrado restos de plantas y fósiles marinos que confirman que la zona era una llanura de mareas, donde los saurópodos vagaban en busca de alimento.
Un mapa del movimiento

El equipo de excavación planea conservar el rastro completo como parte del patrimonio geológico británico. Las huellas más representativas serán trasladadas al Museo de Historia Natural de Oxford, donde se exhibirán junto a reconstrucciones digitales del recorrido y modelos a escala del Cetiosaurus.
Este tipo de hallazgos son excepcionales no solo por su tamaño, sino porque permiten “ver” al dinosaurio en movimiento. Cada huella es un paso recuperado del tiempo, una conexión directa con un animal que respiró, comió y caminó sobre una Tierra completamente distinta.
El eco del pasado
Hace 166 millones de años, un saurópodo cruzó una llanura que hoy es una cantera. Su paso quedó impreso en el barro y, sin saberlo, dejó una firma que sobrevivió al colapso de continentes, a glaciaciones y a la historia entera de la humanidad.
Ahora, esos pasos vuelven a salir a la luz. Y en su silencio de piedra, cuentan una historia que ni los huesos pudieron conservar: la historia del movimiento mismo.