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Tecnología

El “Chernóbil volador” de Rusia no solo llevaría una ojiva nuclear: el problema es que su propio vuelo podría contaminar el cielo

Durante años, el misil ruso Burevestnik fue tratado como una mezcla de propaganda, misterio tecnológico y amenaza nuclear. Ahora, un análisis del MIT sugiere algo todavía más inquietante: su reactor no solo le daría un alcance extraordinario, sino que podría dejar un rastro radiactivo mientras vuela.
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Rusia resucitó una idea que Estados Unidos había enterrado

La idea de un misil impulsado por energía nuclear no nació en Rusia. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos trabajó en Project Pluto, un programa que buscaba crear un misil de alcance casi ilimitado gracias a un reactor nuclear. El concepto era tan ambicioso como brutal: un arma capaz de volar durante largos periodos y atacar desde rutas imprevisibles.

El problema era evidente. Para funcionar, aquel sistema implicaba mover aire a través de un reactor y expulsarlo después, con el riesgo de liberar contaminación radiactiva durante el vuelo. Estados Unidos terminó cancelando el programa en 1964, no porque la física fuera imposible, sino porque el arma resultaba demasiado peligrosa, incluso para los estándares de la Guerra Fría.

Rusia volvió a esa idea décadas después con el Burevestnik, conocido por la OTAN como Skyfall. Vladimir Putin lo presentó en 2018 como una de sus armas estratégicas más avanzadas: un misil nuclear con alcance prácticamente ilimitado, capaz de esquivar defensas al tomar rutas impredecibles. Pero desde el principio tuvo un apodo mucho menos glorioso: “Chernóbil volador”.

El “Chernóbil volador” de Rusia no solo llevaría una ojiva nuclear: el problema es que su propio vuelo podría contaminar el cielo
© The Sun – Youtube.

El MIT puso números a una sospecha inquietante

El nuevo análisis de investigadores del MIT no parte de información secreta, sino de datos abiertos, imágenes públicas y modelado técnico. Aun así, sus conclusiones son importantes. Según el estudio, el Burevestnik probablemente no usa un ramjet nuclear como el viejo Project Pluto, sino un sistema más compacto: un turbojet nuclear de ciclo directo.

Dicho de forma simple, el misil tomaría aire de la atmósfera, lo calentaría mediante un reactor nuclear y lo expulsaría para generar empuje. Esa arquitectura permite reducir tamaño y peso, algo clave para meter un reactor dentro de un misil. Pero también trae una consecuencia difícil de ignorar: el aire que entra limpio podría salir activado o contaminado.

El estudio estima que el vuelo de un sistema así generaría trazas radiactivas detectables, incluyendo gases producidos por la activación del aire. Y ese es el punto que cambia la lectura del arma. Un misil nuclear convencional es peligroso por lo que puede hacer al impactar. El Burevestnik, en cambio, podría empezar a ser un problema desde el momento en que despega.

Un arma que contamina antes de llegar

La promesa militar del Burevestnik es clara: volar durante muchas horas, evitar rutas predecibles y atacar desde direcciones difíciles de anticipar. Para una potencia nuclear, eso puede parecer una forma de garantizar capacidad de represalia incluso frente a sistemas antimisiles.

Pero el precio de esa promesa es enorme. Si el misil deja un rastro radiactivo durante el vuelo, cada prueba y cada despliegue se convierten en un problema ambiental y político. No haría falta que impacte para generar preocupación: bastaría con que vuele, falle, caiga o tenga que ser recuperado.

Ese riesgo no es teórico. En 2019, una explosión en el Mar Blanco mató a cinco especialistas rusos de Rosatom y fue vinculada por analistas occidentales al programa Burevestnik. Moscú nunca ofreció una explicación completamente transparente, pero el episodio reforzó la idea de que manipular reactores nucleares miniaturizados en armas experimentales puede ser tan peligroso como usarlos.

Quizá importa más como experimento que como misil

El análisis del MIT también enfría parte de la propaganda rusa. El Burevestnik no parece ser un arma capaz de cambiar por completo el equilibrio estratégico. Sería subsónico, detectable y vulnerable a ciertos sistemas defensivos si es localizado. Además, el propio reactor y los materiales del misil se degradarían durante vuelos prolongados, lo que limita la idea de “alcance infinito”.

Por eso, su importancia quizá esté en otro lugar. Más que un arma decisiva, el Burevestnik podría ser un experimento extremo para validar tecnologías de propulsión nuclear atmosférica. Si Rusia logra sostener vuelos largos con un reactor compacto, ese conocimiento podría aplicarse a otros sistemas: drones persistentes, plataformas de vigilancia o futuras capacidades aeroespaciales.

La paradoja es que el éxito técnico puede ser justamente lo más inquietante. Rusia habría demostrado que una tecnología abandonada por su peligrosidad vuelve a estar sobre la mesa. Y eso abre una pregunta que va más allá de un misil concreto: si una potencia decide aceptar el riesgo de poner reactores voladores en la atmósfera, ¿qué impediría que otras intenten seguir el mismo camino?

El Burevestnik no es solo una amenaza militar. Es una advertencia sobre una nueva carrera tecnológica donde el límite ya no es si algo puede hacerse, sino cuánto daño estamos dispuestos a tolerar para demostrarlo.

 

 

Fuente: Xataka.

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