Photo: Getty

Las tasas de vacunación están cayendo en muchos países desarrollados. A menudo se piensa que esta peligrosa tendencia es el resultado del discurso de los antivacunas calando en la sociedad, pero la gente que se opone a la vacunación es una minoría muy específica como para gozar de ese poder.

Según Samantha Vanderslott, investigadora postdoctoral en la Universidad de Oxford, la influencia del movimiento antivacunas está siendo exagerada. En realidad, la cantidad de personas que no se vacunan por convicción (suya o de sus padres) tiende a ser muy pequeña. En Estados Unidos, el 2%. ¿Puede ese 2% influir en tantos otros con un tema tan serio?

Advertisement

Es un asunto demasiado complejo para asegurar nada, pero las tendencias del pasado lo ponen en duda. Cada vez que ha habido una caída histórica en las tasas de vacunación ha sido por algún evento o controversia en concreto y no porque la gente empezara a estar en contra de las vacunas. Por ejemplo, la vacuna contra el virus del papiloma humano se suele asociar con preocupaciones morales: hay quien piensa que una inyección contra un virus que se transmite sexualmente es “inapropiada” para los niños.

Más allá de eso, la actual creencia de que existe un vínculo entre las vacunas y el autismo no es para nada actual. Se venía gestando durante años antes de que Andrew Wakefield publicara su famoso artículo, y era algo conocido entre las comunidades de padres de niños autistas. Pero no caló.

Los grupos antivacunas existen desde principios del siglo XIX; es decir, desde que existen las vacunas. Sin embargo, nunca en la historia han tenido un impacto sustancial, salvo en poblaciones pequeñas (como el terrible brote de sarampión de 2017 en una comunidad de inmigrantes somalíes de Minneapolis que había sido presa del peligroso discurso antivacunas).

Advertisement

Ni siquiera podemos estar seguros de que las personas que se declaran abiertamente en contra de la vacunación hayan dejado de vacunar a sus hijos. En las encuestas que miden el escepticismo en torno a las vacunas, este rara vez se corresponde con las bajas tasas de vacunación, salvo en el caso de Ucrania, donde han aumentado los casos de sarampión. De acuerdo con Vanderslott, esta incongruencia se explica bien por efecto de la presión social o bien por el miedo de los padres a las repercusiones de no vacunar.

La conclusión es que la cobertura mediática y la atención que se presta a los antivacunas es desproporcionadamente alta en comparación con el impacto real de su discurso. Y eso es lo peligroso. Los antivacunas son pocos, pero los padres en duda son un grupo mucho más grande y significativo. Padres que, como todos nosotros, están constantemente expuestos al discurso de charlatanes como Andrew Wakefield.

El problema es cómo contamos la historia de los antivacunas. Parece que estén los provacunas y los antivacunas argumentando unos contra otros, con un tono cada vez más elevado. Esta falsa dicotomía (impulsada por las redes sociales) no solo refuerza las ideas preconcebidas de los padres que están duda, también produce una falsa sensación de que los antivacunas son un grupo mucho más grande de lo que son en realidad.

Advertisement

[The Conversation]