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Ciencia

El macho de este pez se derrite dentro de la hembra hasta compartir su propia sangre: perdió los ojos, el estómago y hasta el sistema inmune para poder reproducirse

En la oscuridad absoluta de las profundidades oceánicas, encontrar pareja una sola vez en la vida puede ser la diferencia entre la extinción y la supervivencia de toda una especie. Algunos peces abisales resolvieron ese problema de una manera que rompe casi todas las reglas conocidas de la biología de vertebrados: fusionándose literalmente con su pareja hasta compartir el mismo torrente sanguíneo
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El naturalista inglés James Yate Johnson recolectó el 24 de diciembre de 1863, en aguas cercanas a la isla de Madeira, el primer ejemplar conocido de Melanocetus johnsonii, uno de los peces abisales más característicos y estudiados. La descripción científica formal de la especie llegó un año después, en 1864, de la mano del zoólogo Albert Günther, quien la bautizó en honor a Johnson.

Desde entonces, el conocimiento sobre estos peces avanzó enormemente, aunque persiste una pregunta que sigue generando curiosidad: ¿cómo logran encontrarse y reproducirse animales que viven en la oscuridad total, a más de mil metros de profundidad?

Machos diez veces más chicos que las hembras

Ilustracion Del Melanocetus Johnsonii
Ilustración del Melanocetus johnsonii © Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=54328

En la gran mayoría de las especies de peces abisales pescadores, el dimorfismo sexual es extremo: los machos suelen medir apenas unos pocos centímetros, mientras que las hembras pueden ser diez veces más grandes. Solo las hembras conservan la característica espina dorsal transformada en señuelo bioluminiscente, propia de estos peces. Los machos, en cambio, compensan su tamaño diminuto con un sentido del olfato extraordinario, que usan para rastrear a las hembras guiándose por feromonas en medio de la oscuridad absoluta.

Un apéndice inseparable

Una vez que el macho localiza a una hembra, se aferra a su costado con sus dientes afilados. A partir de ahí, su vida cambia por completo: poco a poco se fusiona con ella hasta convertirse en un apéndice permanente, en una estrategia reproductiva conocida como parasitismo sexual. El macho termina extrayendo todos los recursos que necesita directamente de la hembra, al punto de perder la capacidad de usar sus propios ojos y de desarrollar un sistema digestivo cada vez más atrofiado con el paso del tiempo.

Lo más extremo de esta fusión es que, en las especies con adhesión permanente, hasta los sistemas circulatorios de ambos individuos terminan conectados entre sí, compartiendo literalmente el mismo flujo sanguíneo. El resultado final es que el macho queda reducido, en la práctica, a un par de gónadas adheridas a la hembra, encargadas de fecundarla cuando ella libera las hormonas que activan su función reproductiva. Se han documentado incluso casos de hembras con más de un macho fusionado a su cuerpo al mismo tiempo.

Una quimera autofertilizante

Aunque la unión física es tan íntima que ambos individuos terminan compartiendo circulación sanguínea, el material genético de cada uno sigue siendo distinto. Los investigadores del Instituto Max Planck de Inmunobiología y Epigenética Jeremy Swann y Thomas Boehm, autores de un estudio publicado en la revista Science, describen a la pareja fusionada como una quimera autofertilizante: dos organismos genéticamente diferentes conviviendo dentro de un mismo cuerpo funcional.

El truco inmunológico que lo hace posible

En cualquier otro vertebrado, el sistema inmunológico de la hembra debería reconocer el tejido del macho como un cuerpo extraño y rechazarlo, tal como ocurre con un trasplante de órgano incompatible. Para que la fusión funcione sin ese rechazo, estos peces linterna atravesaron un proceso evolutivo que degeneró o eliminó por completo partes críticas de su sistema inmunológico adaptativo.

El investigador Noah Isakov, de la Universidad Ben Gurion del Néguev, en Israel, documentó en un estudio publicado en la revista Life que estas especies carecen de genes funcionales para componentes clave del sistema inmune, como el complejo mayor de histocompatibilidad de clase I y II, receptores de células T como CD4 y CD8, e incluso los genes RAG, encargados de estructurar los anticuerpos. Esa ausencia es lo que les permite tolerar de por vida el tejido genéticamente ajeno de su pareja, sin desencadenar una respuesta de rechazo.

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