Cuando pensamos en hongos, casi siempre imaginamos bosques húmedos, troncos en descomposición o setas creciendo después de la lluvia. Es una imagen lógica, pero incompleta. También hay hongos en el mar. Viven en sedimentos, en algas, en madera sumergida, en el agua costera y en ecosistemas que rara vez asociamos con ese reino extraño que no es planta ni animal.
Durante mucho tiempo, esos hongos marinos quedaron en una zona gris de la investigación: estaban ahí, cumplían funciones ecológicas importantes, pero no formaban parte del gran relato de la biotecnología. Ahora eso empieza a cambiar.
En Plymouth, al suroeste de Inglaterra, un equipo de la Marine Biological Association reunió una colección de más de 500 cepas de hongos marinos obtenidas de agua de mar, sedimentos y algas. Según explicó el microbiólogo Michael Cunliffe en un artículo publicado por The Conversation y recogido por Phys.org, estas cepas se conservan a -80 °C y se estudian en condiciones parecidas a las de las costas donde fueron encontradas. La idea no es solo clasificarlas: es entender qué pueden hacer.
Una biblioteca congelada para explorar un mundo casi invisible
Los hongos son recicladores naturales. Descomponen materia orgánica, producen enzimas, generan moléculas químicas complejas y convierten residuos en nuevos recursos. Eso ya los volvió esenciales en industrias como la alimentación, la farmacología o la agricultura. La diferencia es que, hasta ahora, la mayor parte de esa exploración se había hecho con hongos terrestres.
Los marinos, en cambio, siguen siendo un territorio mucho menos conocido. Un artículo publicado en mBio ya advertía que, pese a su diversidad y a sus posibles funciones en los ciclos biogeoquímicos del océano, todavía sabemos poco sobre el papel real de los hongos en la biosfera marina. No es un detalle menor: si hemos estudiado durante décadas bacterias, algas y plancton, los hongos quedaron como un actor secundario en una obra donde quizá tenían bastante más diálogo del que pensábamos.
La colección de la Marine Biological Association funciona, en ese sentido, como una biblioteca viva. Cada cepa es una posibilidad: una enzima nueva, una molécula útil, una forma distinta de procesar algas o una pista sobre cómo sobreviven estos organismos en ambientes salinos, cambiantes y a veces extremos.
Del alga al plato: una vía para producir proteína sin tierra ni ganado

Una de las aplicaciones más prometedoras está en la alimentación. La industria de las algas en Europa viene creciendo y, según el informe Seaweed for Europe, citado por la FAO, el mercado europeo podría alcanzar hasta 9.300 millones de euros en 2030 si se dan las condiciones adecuadas.
Ahí los hongos marinos pueden encajar como una pieza inesperada. Las algas no necesitan tierra agrícola, agua dulce ni fertilizantes en la misma escala que los cultivos terrestres. WWF también destaca esa ventaja: el cultivo de algas puede producir alimento sin competir directamente por recursos agrícolas clásicos.
El siguiente paso sería usar hongos marinos para fermentar esa biomasa y convertirla en micoproteína, una fuente de proteína fúngica similar a la que ya existe en productos comerciales. Según Cunliffe, el equipo está probando combinaciones de distintas algas y hongos para ver qué cepas funcionan mejor y qué productos pueden obtenerse. No se trata de vender una hamburguesa futurista desde el primer día, sino de encontrar procesos más eficientes para transformar materia marina en alimento nutritivo.
La promesa es clara: proteína sin ganadería intensiva, sin grandes extensiones de tierra y con un enfoque más cercano a la economía circular. La parte difícil, claro, será escalarlo, hacerlo seguro, barato y aceptable para consumidores que todavía miran con desconfianza cualquier alimento que suene demasiado a laboratorio.
Medicina, antibióticos y una carrera contra bacterias cada vez más resistentes
La otra línea de investigación apunta a la salud. Los hongos llevan casi un siglo cambiando la medicina moderna: basta recordar la penicilina. El problema es que la resistencia antimicrobiana se ha convertido en una amenaza global. La Organización Mundial de la Salud estima que la resistencia bacteriana causó directamente 1,27 millones de muertes en 2019 y estuvo asociada a 4,95 millones.
En ese contexto, explorar ambientes menos estudiados tiene sentido. Los hongos marinos producen compuestos químicos para defenderse, competir y sobrevivir. Algunos de esos compuestos podrían tener propiedades antimicrobianas, antifúngicas o incluso aplicaciones farmacológicas más amplias. No significa que cada placa de laboratorio esconda el próximo gran antibiótico, pero sí que el océano ofrece una diversidad química que todavía no se ha explotado a fondo.
El propio Cunliffe subraya que los hongos marinos podrían convertirse en una fuente de nuevos tratamientos frente a infecciones resistentes. Y ahí está lo interesante: no hablamos de una fantasía remota, sino de una estrategia bastante lógica en bioprospección. Cuando las moléculas conocidas empiezan a quedarse cortas, se buscan moléculas nuevas en lugares poco explorados.
También podrían servir para cultivar de otra manera
La tercera pata de esta historia está en el campo. Los pesticidas químicos tradicionales siguen siendo importantes para la agricultura, pero arrastran varios problemas: resistencias, impacto sobre especies beneficiosas y contaminación ambiental. Por eso crece el interés por soluciones biológicas capaces de controlar plagas sin repetir exactamente los daños del modelo anterior.
Los hongos marinos podrían aportar compuestos útiles para desarrollar pesticidas o bioinsumos más específicos. Según la investigación de la Marine Biological Association, su arsenal químico natural abre una vía para pensar métodos de control de plagas más ecológicos, aunque todavía falta mucho trabajo antes de verlos convertidos en productos agrícolas reales.
Esa cautela es importante. El océano no es una máquina mágica de soluciones. Cada aplicación necesita pruebas, regulación, producción a escala y evaluación ambiental. Pero la dirección resulta interesante: usar organismos que ya saben reciclar, competir y adaptarse para diseñar tecnologías menos dependientes de procesos contaminantes.
El futuro puede estar en organismos que casi nadie mira
La biotecnología azul suele imaginarse con algas, bacterias, corales o enzimas extraídas de organismos extremos. Los hongos marinos no tenían tanto protagonismo. Quizá porque no se ven. Quizá porque no encajan en la imagen clásica del océano. O quizá porque, simplemente, todavía no les habíamos prestado suficiente atención.
La colección de la Marine Biological Association no promete resolver de golpe el hambre, las infecciones resistentes ni los problemas agrícolas. Pero sí ofrece algo igual de valioso: una plataforma concreta para investigar un grupo de organismos que podría tener aplicaciones enormes.
A veces, la revolución no empieza con una máquina nueva, sino con una placa de Petri, un congelador a -80 °C y una pregunta bastante simple: qué más puede hacer la vida cuando aprendemos a mirarla mejor.