El Sistema Solar parece una maquinaria extraordinariamente estable. Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno llevan miles de millones de años orbitando alrededor del Sol, siguiendo trayectorias que, aunque cambian lentamente, han conseguido mantener un delicado equilibrio gravitacional.
Durante mucho tiempo, los astrónomos pensaron que ese orden sobreviviría incluso a la muerte de nuestra estrella. Los planetas exteriores continuarían girando alrededor de su remanente durante miles de millones de años, hasta que algún encuentro con otra estrella terminara por alterar sus órbitas. Pero un nuevo estudio sugiere que el verdadero peligro podría venir del propio Sol. Y no porque vaya a explotar, sino por la manera en que perderá sus capas exteriores cuando se convierta en una gigante roja.
Los investigadores realizaron 672 simulaciones y encontraron escenarios en los que Saturno termina expulsado al espacio interestelar, Urano y Neptuno alteran su orden orbital y todo el sistema exterior comienza a desestabilizarse antes de que nuestra estrella complete su transformación final.
Los planetas gigantes parecían tener asegurado su futuro. Un detalle del Sol podría cambiarlo todo

Dentro de aproximadamente 5.000 millones de años, el Sol comenzará a abandonar su etapa actual. Agotará el hidrógeno de su núcleo, se expandirá hasta convertirse en una gigante roja y terminará desprendiéndose de buena parte de sus capas exteriores.
Mercurio y Venus probablemente serán engullidos. El destino de la Tierra resulta más incierto, aunque mucho antes habrá dejado de reunir condiciones adecuadas para la vida. En cambio, los gigantes exteriores parecían relativamente protegidos.
Una investigación publicada en The Astrophysical Journal Letters, dirigida por Konstantin Batygin y Jim Fuller, del Instituto de Tecnología de California, junto con Fred Adams, de la Universidad de Míchigan, cuestiona esa tranquilidad.
Los modelos anteriores suponían que el Sol perdería masa de manera gradual y aproximadamente uniforme. Como consecuencia, su atracción gravitatoria disminuiría y las órbitas planetarias se ampliarían sin perder necesariamente su estabilidad. Pero las observaciones astronómicas apuntan a una posibilidad diferente: las estrellas moribundas pueden expulsar materia de forma irregular y recibir pequeños impulsos en distintas direcciones.
Si algo parecido ocurre con el Sol, cada expulsión podría modificar ligeramente su movimiento y alterar las órbitas de los planetas.
Los científicos simularon miles de sacudidas solares y el resultado fue sorprendente

Para estudiar ese escenario, el equipo desarrolló 672 simulaciones que incorporaron expulsiones de materia de diferentes tamaños y direcciones. En su escenario de referencia, el Sol experimentaba unos 4.600 impulsos durante su evolución final. Individualmente, los cambios eran pequeños, pero sus consecuencias podían acumularse.
El trabajo científico completo, disponible en arXiv, explica que estas perturbaciones pueden modificar la excentricidad de las órbitas y reducir las separaciones gravitacionales entre planetas vecinos. Cuando las trayectorias comienzan a cruzarse, los encuentros cercanos pueden provocar cambios violentos o expulsar alguno de los mundos hacia el espacio interestelar.
En las simulaciones que extendían las expulsiones irregulares a distintas fases de la evolución gigante del Sol, aproximadamente el 40% de los sistemas sufrió inestabilidades importantes antes de formarse la enana blanca.
Las consecuencias también aparecieron posteriormente. Dentro de los 3.000 millones de años siguientes, el 96% de los escenarios de referencia más amplios presentó inestabilidad. Cuando las expulsiones se restringían a una fase más tardía, la cifra descendía al 83%.
La revista Nature destacó el descubrimiento porque sugiere que el desmantelamiento del Sistema Solar podría producirse muchísimo antes de lo previsto por algunos modelos anteriores.
La muerte del Sol podría expulsar planetas, pero todavía hay una gran incógnita
El resultado cambia una idea importante: los planetas exteriores no necesitarían obligatoriamente la perturbación de otra estrella para perder su estabilidad.
La propia evolución solar podría bastar. Sin embargo, los científicos advierten que las cifras dependen de cómo se produzcan las expulsiones de gas. Todavía no sabemos con suficiente precisión si el Sol perderá materia mediante episodios suficientemente intensos e irregulares como para generar esos efectos.
Las simulaciones describen futuros posibles, no una predicción definitiva sobre el destino de cada planeta. El estudio también podría ayudar a explicar por qué algunas enanas blancas contienen rastros de material planetario y cómo ciertos planetas gigantes terminan convertidos en mundos errantes, sin una estrella alrededor de la cual orbitar.
La ironía es difícil de ignorar. Durante miles de millones de años, la gravedad solar ha mantenido unidos a los planetas. Pero cuando nuestra estrella llegue al final de su existencia, ese mismo vínculo podría convertirse en el origen del desorden que termine separándolos.