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Ciencia

El universo debía volverse uniforme al observarlo desde distancias gigantescas. Un nuevo mapa de millones de galaxias encontró alineaciones que persisten mucho más allá de lo que predice la cosmología estándar

Un estudio publicado en Nature analizó datos del Dark Energy Spectroscopic Instrument y detectó estructuras anisotrópicas que se mantienen hasta escalas cercanas a un gigapársec. El resultado no derriba por sí solo el modelo cosmológico estándar, pero sí abre una pregunta incómoda: ¿cuándo, exactamente, el universo deja de tener direcciones preferentes?
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Durante décadas, la cosmología moderna ha descansado sobre una idea tan elegante como útil: si nos alejamos lo suficiente, el universo debería parecer más o menos igual en todas partes y en todas las direcciones. De cerca vemos galaxias, cúmulos, filamentos y vacíos inmensos. De muy lejos, en cambio, toda esa complejidad debería diluirse hasta formar una especie de promedio cósmico.

Un nuevo estudio publicado en Nature acaba de poner esa suposición bajo una luz bastante incómoda. Según el trabajo firmado por Francesco Sylos Labini y Marco Galoppo, la distribución de galaxias muestra estructuras anisotrópicas persistentes a escalas del orden de un gigapársec, es decir, más de 3.000 millones de años luz. No se trata de una pequeña irregularidad local, sino de una señal direccional que aparece justo en el territorio donde el universo ya debería empezar a comportarse de forma estadísticamente uniforme.

La palabra clave es “anisotropía”. En este contexto no significa que las galaxias estén girando todas hacia el mismo lado ni que sus formas estén orientadas de manera idéntica. Lo que los investigadores detectaron es algo más sutil: un exceso de pares de galaxias distribuidos en ciertas direcciones, como si parte de la red cósmica conservara una coherencia espacial mucho más grande de lo esperado.

Un mapa gigantesco para buscar una dirección que no debería estar ahí

El análisis se apoya en datos del Dark Energy Spectroscopic Instrument, más conocido como DESI. El instrumento completó en abril de 2026 su mapa tridimensional originalmente previsto del universo, con observaciones de más de 47 millones de galaxias y cuásares, muy por encima del objetivo inicial de 34 millones. También registró más de 20 millones de estrellas cercanas para estudiar la Vía Láctea.

DESI es importante porque no solo muestra dónde están las galaxias en el cielo, sino también a qué distancia se encuentran. Eso permite reconstruir una especie de cartografía tridimensional de la red cósmica: los filamentos donde se agrupan las galaxias, los cúmulos donde se amontonan y los grandes vacíos que se abren entre ellos.

Según explica Nature, Sylos Labini y Galoppo utilizaron una herramienta estadística llamada Angular Distribution of Pairwise Distances, o ADPD, diseñada para medir correlaciones direccionales entre pares de galaxias sin depender de parámetros arbitrarios. En lugar de preguntar únicamente cuántas galaxias hay a cierta distancia, el método observa si esos pares aparecen distribuidos de forma aleatoria o si muestran preferencias angulares.

Y ahí apareció lo extraño. Los datos reales de DESI mostraron “crestas” verticales en los mapas de ADPD: señales de un exceso de pares alineados en direcciones concretas, asociadas a estructuras filamentosas coherentes. En las simulaciones ΛCDM utilizadas como comparación, con la misma geometría y número de galaxias, esa distribución angular resultaba mucho más uniforme y no mostraba estructuras direccionales persistentes.

Las simulaciones no lograron reproducir la señal

El universo debía volverse uniforme al observarlo desde distancias gigantescas. Un nuevo mapa de millones de galaxias encontró alineaciones que persisten mucho más allá de lo que predice la cosmología estándar
© Francisco Villaescusa-Navarro.

El punto delicado de cualquier anomalía cosmológica es separar lo físico de lo instrumental. Una señal puede surgir por la forma del sondeo, por sesgos de selección, por distorsiones en las mediciones de distancia o simplemente por mala suerte estadística.

Los autores intentaron descartar esas posibilidades comparando los datos con distribuciones aleatorias, catálogos simulados y versiones modificadas de los propios datos. Según el artículo, el comportamiento observado se comparó con 200 realizaciones de Poisson y 330 catálogos simulados ΛCDM; en las muestras analizadas, la distribución real exhibió una señal anisotrópica sustancialmente mayor que la prevista.

También realizaron pruebas para comprobar si la geometría del sondeo podía estar generando el patrón, si la aleatorización angular hacía desaparecer la señal o si las distorsiones por velocidades peculiares de las galaxias podían explicar el efecto. En esas pruebas, la señal no se comportó como un artefacto sencillo del análisis, lo que refuerza la interpretación de que el patrón pertenece realmente a la distribución observada de galaxias.

La significación estadística también es relevante. Nature recoge que la detección supera los 3 sigma con un criterio conservador frente a controles isotrópicos y catálogos simulados ajustados a la geometría del sondeo. Dicho con cuidado: no es una curiosidad visual en un mapa bonito, sino una discrepancia estadística que merece seguimiento.

El principio cosmológico no cae, pero queda más incómodo

El principio cosmológico sostiene que, a escalas suficientemente grandes, el universo debe ser homogéneo e isótropo. Es decir: no debería haber lugares especiales ni direcciones privilegiadas. Esa hipótesis sostiene buena parte del modelo ΛCDM, el marco estándar que combina materia ordinaria, materia oscura, energía oscura y expansión cósmica.

El nuevo trabajo no demuestra que todo ese edificio esté equivocado. Esa sería una lectura demasiado apresurada. Lo que sí plantea es que la transición hacia la uniformidad podría ocurrir a escalas mayores de lo que se pensaba, o que las herramientas estadísticas tradicionales no estaban capturando toda la complejidad direccional de la red cósmica.

Phys.org resume bien la cautela: el estudio no identifica por sí solo el origen físico de la anisotropía, y todavía es posible que el universo termine volviéndose isótropo en escalas aún mayores. El problema es que, si futuras observaciones confirman que esa coherencia direccional persiste, habrá que revisar cómo se aplica el principio cosmológico en el universo real, no solo en sus modelos idealizados.

La próxima respuesta vendrá de mapas todavía más grandes

La gran pregunta ahora es si estamos viendo una propiedad profunda del cosmos o simplemente una limitación del volumen observado. Puede parecer absurdo hablar de “volumen insuficiente” cuando se trata de miles de millones de años luz, pero en cosmología las escalas engañan: incluso los mayores mapas disponibles siguen siendo una muestra finita del universo observable.

Ahí entran las próximas publicaciones de DESI y otros proyectos como Euclid, que permitirán ampliar el mapa, mejorar las estadísticas y comprobar si estas alineaciones se mantienen, cambian o desaparecen al mirar regiones más extensas. DESI, de hecho, seguirá observando para ampliar su cobertura del cielo y ajustar mejor las restricciones sobre energía oscura, materia oscura y estructura a gran escala.

Por ahora, el hallazgo deja una imagen sugerente: el universo quizá no sea tan suave cuando se lo observa desde muy lejos. O quizá aún no lo estamos observando desde lo bastante lejos. En cualquiera de los dos casos, el resultado es incómodo en el mejor sentido científico: no destruye una teoría de golpe, pero sí obliga a volver a mirar una de sus bases con menos confianza y mejores mapas.

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