A veces, un hallazgo pequeño en apariencia es capaz de agitar las aguas de toda una disciplina. Eso es lo que ha ocurrido con unos dientes fosilizados descubiertos en Etiopía, que para algunos científicos pertenecen a una especie desconocida de australopiteco y, para otros, son simplemente testigos de la lenta transformación de Lucy hacia los primeros humanos.
Un hallazgo marcado por la tragedia

El 14 de febrero de 2018, el buscador de fósiles Omar Abdulla recorría la inhóspita Afar con su fusil al hombro cuando gritó de emoción: había encontrado un diente de más de dos millones y medio de años. Junto a la paleoantropóloga Kaye Reed, pronto halló otros más, diez en total, que parecían no encajar en ningún registro conocido. Abdulla sería asesinado tres años después, pero su hallazgo acabaría en la portada de Nature.
Reed y su equipo sostienen que los dientes, de gran tamaño y rasgos singulares, revelan la existencia de una nueva especie de australopiteco que convivió con los primeros representantes del género Homo. El escenario, afirman, sería el de un mosaico de linajes humanos compartiendo territorio y recursos en un momento decisivo de la evolución.
Ciencia, escepticismo y un árbol enmarañado

El descubrimiento no ha convencido a todos. Figuras como Tim White, célebre por el hallazgo de Lucy, creen que los dientes encajan dentro de la variabilidad de Australopithecus afarensis y que no hay pruebas suficientes para declarar una nueva especie. Otros investigadores, como Marina Martínez de Pinillos y Leslea Hlusko, recuerdan que trabajar con dientes aislados puede llevar a confusiones: no hay dos iguales, y la frontera entre variación natural y salto evolutivo es difusa.
La controversia subraya una realidad que cada vez más paleoantropólogos asumen: la evolución humana no fue una línea recta, sino un frondoso árbol de ramas que se cruzan, se bifurcan y, en muchos casos, se extinguen sin dejar herederos. En ese bosque evolutivo, cada fósil es una pista… y una incógnita.